martes, 11 de agosto de 2009

Disertaciones insensatas y vanidosas sobre la lectoescritura...

Tlapalería. Elena Poniatowska. Y yo sin quehacer el segundo día de clases de este último año de licenciatura. Me puse a leer. Hace tanto que no leía por gusto. Al menos, no prosa. Cuando se estudia Literatura Dramática, las obras teatrales ocupan la lista de lectura todo el año. Pero hoy hasta el hambre se me olvidó (acontecimiento extraordinario) por quedarme a leer toda la tarde en la biblioteca. Fue así como, metida hasta la nariz en los cuentos de ésta mujer, una lucecita que hace tiempo no veía se encendió en mi cabeza.

Una sola línea en medio de un relato. "...Eres sólo un árbol. Y me voy porque si me quedo, este cuchillo que ahora estoy enterrándote a ti entre la corteza, se lo habría encajado a él en la espalda. Pero tú eres sólo un árbol, sólo eso, un árbol...". Entonces tuve la certeza de que la autora había dejado al descubierto toda su rabia, su dolor, o los de alguien más, en ese fragmento del relato y los había dejado ahí para que alguien en algún momento los descubriera. Y fui yo quien los encontró. Y me sentí avergonzada. Apenadísima. Como quien sorprende accidentalmente a una amiga a medio vestir.

Como dramaturga y aspirante a artista escénica, creo que este es el más alto goce, la aspiración más loca que un escritor (o cualquier artista) puede imaginar: que entre el "público" se encuentre (¡por fin!) alguien que entienda la obra de arte creada. Pero esto es también el peligro y el terror más íntimo. Cuando yo, lector, acaricio las hojas de los árboles en una novela de Poniatowska, cuando miro en los ojos grandes de las mujeres de Mastretta o escucho la poesía de la Sor Juana de Castellanos, me acerco íntima y peligrosamente al interior de todas ellas. Soy capaz de escuchar sus pensamientos (disculpen mi vanidad, son mis autoras favoritas). Las invado. Pero me autodisculpo por la invasión, porque creo también que es esto lo que busca todo el que se expresa con la palabra escrita: dejar parte de sí en las páginas, grabar los propios dedos en la hoja, sangrar al corazón en la tinta y esperar con fe que haya alguien, así sea sólo una persona, a quien podamos transmitirle nuestro sentir.

Todo aquel que se dedica al arte hace lo propio. El que canta intenta tocar tus recuerdos con su voz y que tú toques su vida coréandolo de vuelta. El pintor quiere quedarse a vivir en tus ojos y que lo lleves contigo a ver las cosas que verás tú. Yo, con lo que escribo y con las obras con que trabajo, intento gritarle al oído al espectador. Sacudir sus entrañas con lo que hago que digan los personajes. Encenderle un fuego en el alma con cada historia que cuento. A veces lo más que consigo es que escuchen un susurro, que sientan un mínimo estremecimiento o apenas un bochornito pequeño. Y con eso me basta, porque entonces me asusto y soy yo quien escucha el grito en mi propio oído, soy quien siente la sacudida y el ardor del fuego en el corazón al darme cuenta de que he dejado la puerta abierta. He permitido que algún espectador receptivo (si acaso) tenga la oportunidad de mirar dentro de mí de la misma forma en que yo creo ver dentro del alma de Elena, de Ángeles y Rosario. Ese es mi deseo más loco y aterrorizante. Es a la vez el más sublime.

He aquí la ilusión que me sostiene de pie mi teatrito del día a día. Que en medio del aplauso, alguien, sólo una persona entre el público, haya entendido lo que le quise decir. Peor aún. Que pueda entender por qué quise decir eso. Quizá él o ella se acercarán peligrosamente a mi interior. Escucharán mis pensamientos. Invadirán. Qué maravilla.