miércoles, 25 de junio de 2014

De alas e historias.

De alas e historias.

A diferencia del resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras, Luis nació de un pensamiento. Luego de un arrebato literario en el que leyó veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta: salió de detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un zorro que deseaba ser domesticado. Era un niño hermoso, de piel tostada, ojos chispeantes, sonrisa diáfana y el corazón alegre de todos los nacidos en el límite entre la Huasteca y el Totonacapan.

Durante los primeros meses de su fantástica existencia, sus padres tuvieron dificultades económicas. Alimentar a un niño hecho de letras y ficción no era tarea fácil; habían de comprar más de cinco libros al mes para poder leerle algunos párrafos a la hora de la comida, o no probaba bocado, y lo poco que su padre ganaba en su empleo de mecánico no alcanzaba para tanto. Una mañana, justo cuando ya no quedaban en casa más alhajas por empeñar, el abuelo materno tuvo una idea luminosa: cuando el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente por muchos años. El abuelo nunca supo explicar a sus parientes de dónde había sacado tal ocurrencia, pero a nadie le importó demasiado, aliviados de no tener que preocuparse por el sustento diario.

Con el pasar de los años, el pequeño fue creciendo en tamaño y aventuras, y su niñez se convirtió en una historia digna de contarse. Apenas tuvo edad suficiente para salir a jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su espalda.

¿Ya mencioné que tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas, heredadas quizá de sus antepasados, hombres-pájaro que cruzaban los cielos en danzas aéreas dedicadas a los dioses, y que a Luis le ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.  

Cuando, demasiado cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse bajo el árbol de palo mulato, en las claras arenas de un solar abandonado, Luis se paraba sobre una piedra alta, y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho pero dueño de un gran sentido del honor, que se creía Caballero Andante, y de su fiel escudero Sancho; sazonándolo todo con detalles salidos de su propia imaginación.

Cualquier día, al relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, nuestro niño alado se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y osado del mismísimo Edmond Dantès. Estos arrebatos histriónicos provocaban un ligerísimo temor a los niños vecinos, que podían aceptar sin problemas las alas emplumadas de Luis, pero les provocaba una profunda desconfianza el hecho de que éste prefiriera pasar las tardes leyendo, que viendo caricaturas; de cualquier forma, le perdonaban su naturaleza rara a cambio de verlo ascender algunos centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente emocionante. Además, pensaban, era mucho más barato estar ahí escuchándolo que ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor.

Con el paso del tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes, literalmente. Todos los días, a las siete de la mañana, pasaba frente a su casa una chica de coquetos ojos rasgados que lo hacía suspirar tan fuerte, que se elevaba poco a poco, centímetro a centímetro, hasta ir dejando esta tierra. Una vez subió tan alto, que parecía un blanco papalote, al que algún niño despistado había dejado ir con el viento, hasta perderlo de vista entre las nubes. Ese día, los vecinos salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas corrieron, enfurruñadas, a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los aperlados nubarrones que se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que bajar, a falta de mejor escalera. 

Así, entre libros y vuelos, fue pasando la vida.

Un día de muchos, habiéndose leído ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó una decisión inesperada. Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera una sábana limpia;  envolvió en esa sábana un poco de ropa, sus tres libros más queridos y todos los recuerdos de su infancia, le hizo un nudo y la dejó junto a la puerta; casi inmediatamente, se acercó a su madre para ayudarla con las labores de la casa, como siempre; después de desayunar, alcanzó a su padre en el cobertizo, donde éste peleaba contra un motor ennegrecido, y lo ayudó a desmontarlo cuidadosamente; más tarde, pasó a la cocina, donde encontró a su abuela haciendo arroz  con leche y le regaló el más fuerte de los abrazos. Se estaba despidiendo de su familia.

La hora de la comida, el momento en que todos se reunían para contar cómo les había ido en el día, fue el momento que eligió Luis para hablar: les contó de las mil y un proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes, ni siquiera su madre, acostumbrada como estaba al asombro que le causaba ese muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia; su hijo tenía ya diecisiete años y una dificultad crónica para quedarse quieto, por lo que se limitó a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.  

Así, con una sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas, suaves como el algodón, ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las páginas de un libro nuevo. Se fue a las cuatro de la tarde de un lunes de noviembre; el sol empezaba a bostezar, relajando la inclemencia de sus rayos sobre la humanidad e invitando a disfrutar del fresco atardecer. El vientecito que soplaba desde la playa lejana le ayudó a tomar impulso, levantándolo en medio de un remolino de polvo y hojas secas, que hizo bailar la ropa limpia en los tendederos de toda la calle y que acabó de volver locas a las pobres vecinas, que cuidaban con celo de madre las camisas y calzones recién lavados de sus maridos.

Una vez en el aire, no fue difícil fijar rumbo: pensó en el primer lugar que quería visitar y de inmediato vinieron a su mente los paisajes verdes, a veces rodeados de montañas, a veces llenos de palmeras, cercados por mares inmensos o por ríos de agua cenagosa, siempre gobernados por un calor sofocante, adornados con helechos y flores de colores que él nunca había visto; a su corazón de pájaro acudieron imágenes de lugares irremediablemente sudamericanos, dibujados en la mente de Luis por las mil historias salidas de la pluma de un señor colombiano de cabello ondulado y bigotes cínicos, que ya había ganado muchos premios por su escritura, mucho antes de que él viniera al mundo; revolotearon por su pensamiento las novelas que leía su madre, escritas por una mujer llamada Isabel, de la que Luis sólo sabía que era chilena y que escribía de una forma tan cálida como su abuela lo acariciaba de bebé. Así las cosas, dirigió su vuelo hacia donde él creía que estaba el sur.

Voló varias horas, sintiendo la caricia del viento en sus mejillas totonacas. De tanto en tanto cerraba los ojos, en medio del inmenso placer que debe sentir cualquiera que se sabe dueño de sí mismo y del propio futuro, confiado de la fuerza y la altura que le conferían sus maravillosas alas. Tanto voló, que cuando se dio cuenta ya había cruzado dos estados y más de un ciento de municipios diferentes. Decidió parar a descansar. Jamás se habría imaginado que una decisión tan pequeña iba a cambiar su suerte para el resto de sus días; probablemente porque las emociones más alucinantes que nos regala nuestra experiencia humana se encuentran escondidas detrás de la sencillez y la cotidianeidad de la vida misma.

Bajó a la tierra en una isla grande, con mucha gente y pocos árboles. Eran cerca de las nueve de la noche, y todos los comercios estaban ya cerrados. Todos, menos una tienda de abarrotes adaptada en el porche de una casa vieja, de paredes blancas, cuya única fuente de iluminación provenía de un diminuto bombillo en la entrada. Se acercó y tocó una campanita de metal que permanecía atada al mostrador por un mecate de ixtle, a buen resguardo de las manos de algún cliente cleptómano; pidió un vaso de agua de horchata y una bolsa llena de hojuelas de plátano frito; engulló con avidez y, cuando hubo terminado, ofreció pagar por todo con trabajo.

¿Olvidé decir que Luis era un chalán excepcional, cierto? Pues resulta que, gracias a sus benditas alas, era buenísimo pintando casas, bajando telarañas, podando árboles, acomodando cables de teléfono, entre varias otras tareas; supongo que pensó que no le tomaría más de media hora pagar por lo que se había comido. ¿Quién sabe? Quizá en otro sitio, en otra ciudad, tal ofrecimiento habría sido aceptado de buen grado; quizá, incluso, algún alma caritativa, al verlo tan cansado, le habría procurado alojamiento; sin embargo, esta isla, otrora famosa por su producción pesquera, era ya una importante sede de la industria petrolera más importante del país, y sus habitantes, pescadores ofuscados y oficinistas aburridos, habían olvidado lo que significaba la caridad. La dueña de la tienda casi lo mata a chanclazos; pero lo salvó la voz dulce, dulcísima de Inés, hija de ésta.

Inés era una quinceañera guapísima, morena, chaparrita y poseedora de unos ojos tan claros como su corazón, herencia de su padre, un cocinero inglés que se fue un día en un barco grandote y no volvió jamás. Entre ruegos, logró convencer a su madre de que necesitaban a alguien que bajara los cocos de las palmeras del patio, para  vender a los turistas en la playa principal, y que el recién llegado tenía pinta de que podría hacerlo sin dificultades. Además, la antena de televisión había estado dando lata durante semanas, sin que nadie decidiera aún subir al techo a arreglarla, y Luis podría solucionar eso en segundos. Lo dejaron quedarse.

Luis nunca había dormido en una hamaca, colgada en medio de dos palmeras, con el cielo estrellado por techo, en un patio lleno de chaquistes, hormigas  y bichos extraños; sin embargo, éste era el sitio que Doña Elenita le había asignado para descansar, a prudente distancia del dormitorio de su hermosa hija. Fue un desastre: las alas se le atoraron entre los hilos de la hamaca, haciéndole perder algunas plumas; los mosquitos le picotearon las piernas; el calor no lo dejaba respirar, y cuando, resignado a no dormir, sacó de la sábana-equipaje su libro de poemas de Benedetti, se dio cuenta de que tampoco podía concentrarse. Todavía no lo sabía, pero Luis acababa de perder la mitad de su corazón para siempre.

Mientras tanto, Inés les pedía a todos los santos que conocía, que a su madre le hiciera efecto el  té de hierbas que le había dado en la cena, sin que ella supiera, para hacerla dormir. Estaba intrigadísima por el recién llegado. Se preguntaba de qué lugares lejanos vendría, qué paisajes habría visto, de qué colores tendría pintada el alma, qué historias habría vivido antes de llegar a la isla, a quiénes habría querido, y sobre todo, de dónde le habían salido esas alas tan bonitas. Finalmente, Doña Elenita cayó rendida en su cama, víctima de una somnolencia insoportable que le impidió apagar la televisión del cuarto, y mucho menos advertir que su hija, en ese mismo instante, salió de su habitación corriendo hacia el patio.

El resto de los acontecimientos de esa noche no me constan, pero creo que usted, querido lector, no tendrá dificultades para imaginar todo lo que puede derivarse de una conversación que empieza con un “¿Qué estás leyendo?”.

Luis e Inés se enamoraron como sólo los inconscientes pueden hacerlo: total, definitiva, desesperada, eterna e impacientemente. Se tenían tantísimo amor, que éste no tardó en crecer: en menos de un año, se convirtieron en padres de un pequeño niño que nació con la piel morena de su madre, los ojos chispeantes de su padre y nada de alas. Luis estaba tan loco de amor por ese hijo suyo, que no se fue jamás, si no que olvidó por muchos años su deseo de volar hacia el sur como los pájaros, quedándose por un largo tiempo en esa isla de arenas doradas  y agua clara.

Yo lo conocí un día en que llegó a mi oficina, a solicitar un empleo en la compañía para la que trabajo. Al parecer, su pequeño hijo era ya lo que los adultos damos en llamar un adolescente y ahora sus necesidades económicas excesivas para alguien cuyo sustento dependía de trabajos esporádicos. Me llamó la atención el par de alas que trataba de esconder dentro del saco gris que lo sofocaba, dándole un aspecto triste, de ave enjaulada. En lugar de hacerle la entrevista usual, donde yo hago preguntas inútiles como “¿Qué sabe hacer?” y “¿Cuántos años tiene de experiencia?”, o “¿De qué universidad egresó?”, decidí dejar que él hiciera las preguntas. Lo primero que preguntó fue dónde había conseguido el libro que adornaba el segundo nivel de la estantería junto a mi escritorio, el que estaba justo entre una foto de mi familia y una carpeta llena de hojas. Era un ejemplar muy viejo de El Eterno Femenino. Le presumí mi hallazgo: lo había rescatado de un bote de basura, afuera de una tienda de abarrotes, hacía pocos años, y era la única obra de teatro que realmente me gustaba leer, era divertida y ligera.

Luis se soltó a llorar. Resultó que ese libro era uno de los tres que había empacado al partir de su hogar, hacía menos de veinte años. Había acabado en la basura poco después de que perdiera a su esposa. Al parecer, entre los sueños  insatisfechos y las necesidades económicas apremiantes, el amor no resistió; la morenita de quince años se le fue convirtiendo en una mujer triste y avejentada, con el fastidio metido en el cuerpo y el desencanto en los ojos; se fue secando lentamente hasta que, una tarde de huracán, el viento acabó por disolverla entre la arena de patio. Aún así, todo el amor que alguna vez se tuvieron continuaba vivo, intacto, en su único hijo, quien para ese momento ya era todo un joven, igual de intrépido y ávido de historias nuevas que su alado padre.  

Me contó toda su historia, desde el principio hasta ese momento, incluyendo los últimos años de su vida como padre soltero y la inquietud de su hijo por irse lejos, viajar y conocer otras personas, otras vidas, otras historias. Luis estaba convencido de que si podía darle al joven todo lo que necesitaba, quizá éste ya no querría dejar el nido, y lo contaba con tal convicción, que uno no podía si no sentir piedad por este pobre ángel paternal. De pronto, Luis se echó a reír, en lo que a todas luces parecía un arrebato de entendimiento repentino. Le pregunté qué ocurría y ya no me respondió, si no que salió corriendo, y una vez que alcanzó la calle, se quitó el saco y se echó a volar, hasta que llegó su casa.

Entró directamente a la habitación de su hijo, lo encontró sentado en la cama oyendo música y lo abrazó con todo el amor que le cabía en el pecho. Inmediatamente después, quién sabe gracias a qué procedimiento misterioso, Luis se quitó las alas con las que había nacido, las miró, las acarició, y finalmente se las puso en las manos a su hijo adolescente. –Ten- le dijo-, úsalas como puedas, conoce tantos lugares, gente, historias y colores como te sea posible, pero dales un buen uso-.

Luis y yo somos buenos amigos desde entonces; compartimos el gusto por los libros y cada mes nos reunimos en su casa para esperar la vuelta de su hijo, ver el futbol y escuchar las aventuras fantásticas que tiene para contarnos. A veces me pregunto si extraña sus alas, pero entonces recuerdo la forma en que él mira a su hijo, como si mirara una biblioteca entera, y entiendo que hay más de una forma de volar.




miércoles, 11 de septiembre de 2013

De la infelicidad y sus ventajas. Parte II

La mujer que lo había sacado de su deprimente vida en las calles resultó ser una bruja, o al menos eso le parecía a él: Apenas lo tuvo en su casa, se apresuró a recortarle los largos bigotes grises y a untarle manteca en las patas, lo que lo mantuvo molesto y ocupado (lamiéndose a conciencia) durante días.
Fuera de ese incidente, la vida había transcurrido con tranquilidad. Diariamente, tres o cuatro veces al día, el otrora quejumbroso felino encontraba un oloroso menjurge de pescado, pollo y menudencias en un platito azul junto a la escalera. Ya no tenía que hurgar en los botes de basura con el estómago rugiendo. Además, la mujer tenía el vientre más suave y calentito de lo que Tristán habría podido imaginar: todos los días los sentaba en su regazo y dedicaba una hora entera a cepillarlo y acariciar su espalda. Le contaba  de sus sueños y quería conocer los suyos, le preguntaba sobre sus vidas anteriores, conversaba con él a maullidos y, en las tardes, cantaba tonadas dulces y sencillas hasta que lo veía quedarse dormido.

Tristán estaba enojadísimo. De una semana a otra, la mujer le había quitado toda razón para quejarse, y siendo así ¿qué maldito sentido le quedaba a la vida? ¿qué pasaría con él, ahora que sentía una asquerosa felicidad llenando su cuerpecito peludo?

Fue así que tomó una decisión: todos los días haría evidente lo mucho que detestaba su nuevo estado de gato casero. Clavaría sus pequeñas garras en sus piernas cuando lo acariciara y vomitaría hasta el último trozo de comida en la alfombra; cuando la hija pequeña de la mujer no lo viera, se escabulliría entre su clóset y dejaría su olor sobre cada zapato y cada suéter de lana; como último recurso, rascaría hasta  destrozar las raíces de las flores del jardín que la mujer tanto cuidaba, poniendo especial cuidado en cagarse en las buganvilias.  
Así lo hizo. Durante seis insufribles meses (en los que toda la familia puso a prueba su propia paciencia, su gusto por los animales y su velocidad al atrapar al gato que intentaba escapar todas las noches), Tristán se dedicó a hacerles la vida imposible, hasta que logró su propósito. Un día, la mujer comunicó al resto de la familia que era hora de dejar ir al negro gato, que habían intentado ya de todo para hacerlo sentirse a gusto en su casa sin tener éxito y que era una crueldad mantenerlo con ellos cuando era tan evidente lo mal que la pasaba. Le abrieron la puerta y se despidieron de él con tristeza, viéndolo correr veloz hacia no se sabe dónde.

Pocas horas después, Tristán se dio cuenta de que algo le faltaba. Había dejado entre las largas faldas de esa mujer su capacidad de quejarse de todo lo que encontraba. Sintió de pronto un golpe arriba del ombligo, una sensación de vacío muy extraña, similar a lo que se siente cuando se echa de menos a alguien querido, pero este gato era demasiado orgulloso para aceptar que extrañaba a sus humanos, así que caminó y caminó hasta que notó que ya no sabía dónde estaba. Ahora camina solo, extraviado, pero satisfecho: ha vuelto a ser el gato solitario, de maullido lastimero, que fue siempre. Ya nadie le rasca la panza, y ha tenido que volver a buscar entre las sobras de la basura para comer algo, pero al menos tiene su dignidad.




lunes, 26 de agosto de 2013

Vidas paralelas.



Se conocieron por una de esas casualidades perfectamente planeadas de la vida.
Una semana cualquiera, la familia de ella se mudó a una casa que la madre de él había puesto en renta hacía pocos días. Unas semanas antes, él había decidido regresar de la ciudad que había elegido para escapar y estudiar la universidad. Se vieron de lejos, buenas tardes, con permiso, se saludaron de vez en cuando. Quién sabe cuándo empezaron a quererse. Un día, cada uno por su lado, comenzaron a buscarse los ojos, a querer encontrarse en las azoteas, a leer cuanto libro encontraban a su paso y a esculcar el cielo nocturno como quien busca una respuesta que se le escapa. Nadie encontró nada raro en tales acciones, teniendo como tenían ambos la frescura que inunda los años cercanos a la primera veintena.
De alguna manera lograron hablarse, voy a salir con amigos, ven con nosotros, te invito un café, vamos al cine; cuando se dieron cuenta ya eran lo que, de tanto ver cuatro piernas caminando a un ritmo todo el tiempo, la gente da en llamar "pareja". Siendo él algunos años mayor que ella, la licenciatura mantenía ocupadas la mayor parte de sus horas, por lo que durante los primeros meses de aquel noviazgo temprano sólo pudieron verse los fines de semana. Algo debía tener de encantadora esta situación, que les permitía guardar todas las preguntas que les cabían en la memoria y en los corazones, todas las ideas nuevas que ella iba hilando en el bachillerato de niñas bien educadas en el que estudiaba, todos los besos frescos y húmedos que podían aguantar en los bolsillos y todo el calor que les cabía en los pantalones para las tardes de los sábados y las mañanas de los domingos, porque sobrevivieron a la distancia durante un año que transcurrió sabroso y veloz.
Ella concluyó sus estudios y se apresuró, entusiasmada, a la experiencia de vivir sola (excepto cuando él la visitaba) y estudiar en la ciudad más grande del mundo. Él siguió viviendo entre la universidad y la casa materna. Durante muchos meses y pocos años fueron fieles al ritual de comerse las bocas, los pensamientos y los bostezos; juntos habitaron casas, hoteles, pensiones, sueños, planes, camas y noches. Se vieron y se encontraron tantas veces como les fue posible, incluso tuvieron la oportunidad de jugar a vivir juntos como los adultos que nunca fueron y siempre creyeron ser. Eran buenísimos para hacer las compras en equipo: hacían una lista de lo indispensable (pan, queso, mayonesa, naranjas, jamón, leche, café y manzanas), y luego llegaban a la fila del supermercado con el carrito cargado de mermeladas, crema de avellanas, sushi y vinos dulces. También eran expertos en dormir juntos, soñar con los padres que nunca tuvieron, en buscar nombres para los muchos hijos que tendrían cuando fueran lo suficientemente autosuficientes; se volvieron maestros en el arte de estar en silencio, de apoyar al otro y de llenarse de ánimos para seguir adelante cuando la vida se ponía demasiado perra. Se querían  bien, con prisa, con ansia, con generosidad, sin tiempo, sin permisos familiares, inconscientes.

Después, nada.
La vida, el tiempo, las ganas, las dudas, las heridas previas que no fueron capaces de sanar, las horas huérfanas, la inexperiencia, los berrinches, la niñez tardía, la adultez prematura, todo les cayó encima. Crecieron sin darse cuenta, por separado. Se les arrugaron las caras como dos pasas de uva, quizá por los celos callados, por los enojos chiquitos, que fueron creciendo hasta envejecerles los corazones, quizá porque así pasa con las historias que se vuelven recuerdos, quizá porque no todas las historias fueron escritas para acabar en un final feliz.
Un poco antes de convertirse en profesionistas exitosos, cuando estaban casi a punto de quedarse ciegos de tristeza, decidieron separarse. Era tanto el amor, que no les cupo en los corazones; tal el grado de unión al momento de la ruptura, que sus almas no pudieron despegarse del todo.
Ahora ambos viven en tres dimensiones distintas. Hay una en la que nunca volvieron a verse: ella juntó los pedacitos de su corazón, se casó, tiene cuatro hijos hermosos y un marido muy guapo, y él es un importante abogado que vive con una mujer de cabello negro, ojos verdes, carnosos labios rojos, tetas gloriosas y un tatuaje de Marilyn Monroe en un antebrazo. Hay otra, una que se formó cuando se despidieron con un último beso, en ésa ambos se encendieron en una chispa ofuscada e inacabable, convirtiéndose en una sola estrella; desde entonces viven colgados en el segundo piso de un firmamento alfombrado con vista al mundo entero. Hay, además, otra dimensión, en la que ambos viven cerca uno del otro, sintiéndose sin verse ni tocarse. En esta última dimensión lograron ser medianamente amigos, no se odian ni se quieren, se cuidan de no encontrarse, pero permanecen pendientes uno del otro (un día, ella ganó un premio por su trayectoria profesional y él estuvo aplaudiéndole en primera fila). En esta tercera vida, los dos aprendieron a ganar su propio dinero y a comprar sólo lo necesario los martes de plaza en el mercado. Cambiaron los sándwiches de nutella y los rollos de pescado crudo de  los fines de semana, por sopas y ensaladas de lunes a domingo. Hay días en que la nostalgia los sacude y les dan ganas de estar cerca, de gritarse cuando menos, para volver a sentir que aún existen en el otro, aunque sea en el fastidio. Ninguno de los dos sabe cuál de estas vidas paralelas es la verdadera, pero hay algo en el fondo de sus corazones que les hace pensar que todas son reales, que el amor no tiene que acabar en "felices para siempre", que no siempre hay un final, y que nada es casualidad.














miércoles, 29 de mayo de 2013

Las alhajas familiares

En la familia De La Vega nunca se oyó hablar de carencias. Nadie sabía qué significaba esa palabra. La bonanza vivía en su casa desde quién sabe qué siglo, y todos y cada uno de sus miembros habían estado rodeados siempre de lujos y opulencia.

Habitaban en uno de los pocos palacios que existían en ese pequeño país, asolado por la sequía, el hambre y la ignorancia; una mansión hecha de mármol y granito, que extendía sus vigas hasta el cielo, rascando las nubes con su tejado de ónices. Tan amplio era el terreno abarcado por la casa y los jardines, que en los pueblos cercanos corrían rumores de que ninguno de sus habitantes conocía por completo el palacio en que vivían desde antes de nacer, aunque probablemente esto podía achacarse a la fatiga crónica que padecían todos los De La Vega, sujetos regordetes y sonrosados, cuyas papadas temblaban aterrorizadas ante la posibilidad de que sus dueños decidieran caminar más de treinta metros de un jalón.

Cada domingo, durante el tiempo del almuerzo, el patriarca en turno organizaba competencias. La mesa se llenaba totalmente con pasteles de diferentes sabores, cremas y helados muy dulces, chocolates con todo tipo de nueces, galletas, pastas, salsas, suaves perniles de cerdos alegres, pavos pechugones y jugosos, tartas, quesos y tantas conservas como sea posible imaginar.  El concurso consistía en engullir cuanta comida pudieran, comer y seguir comiendo hasta sentir sus corazones protestar, y entonces comer un poco más. Se declaraba ganador al primero que hiciera reventar una gargantilla hecha enteramente de rubíes, con la que todos miembros de la familia adornaban sus cuellos, independientemente de su edad o sexo. Así las cosas, se dedicaban a engordar tranquilamente sin preocuparse por nada que no fuera comer y adquirir más joyas.

Para encargarse del mantenimiento y la limpieza de una casa tan grande, hacían falta más de cien sirvientes, entre los que se contaban jardineros, cocineras, lavanderas, barrenderos, costureras, fontaneros, pintores y vigilantes, además de cuatro amas de llaves (una por cada punto cardinal, para ocuparse en conjunto de toda la propiedad y dirigir las actividades de los empleados de cada ala: norte, sur, este y oeste), dos relojeros y un joyero.  Este último poseía una habitación propia en el tercer piso del palacio, privilegio del que gozaba por ser el proveedor de las alhajas que usaba toda la familia. Era tal su extensión que parecía una casa dentro de otra casa. Nadie recordaba cuándo había llegado el joyero a vivir con ellos; mucho menos sabían bien a bien qué edad tenía, pero esto nunca los preocupó demasiado, porque lo importante era que les entregara puntualmente las joyas que reventaban semana a semana.

Lo que jamás pudieron imaginar fue que el joyero tuviera métodos especiales para conseguir los brillantes rubíes con que confeccionaba los collares que esa familia usaba en cada comilona dominical.

Por las noches salía a caminar por los jardines que rodeaban el palacio. En cada ocasión, sin falta, se encontraba a algún poblador de las comunidades cercanas que, atraído por las historias de amigos o vecinos sobre la abundancia y suntuosidad que derrochaban los De La Vega, se decidía a adentrarse furtivamente en sus terrenos, esperando conseguir aunque fuera sólo uno de los rubíes que saltaban de los gordos cuellos de aquella gente o, en el caso de que la suerte no les sonriera, hurtar de los cestos de basura de las cocinas las sobras de los banquetes nocturnos.

Al verse descubierto por la mirada inquisitiva del joyero en medio de la noche y la espesura del jardín, el intruso se deshacía en excusas y súplicas, disculpándose por el atrevimiento y justificando la invasión con el argumento de su pobreza patética. El joyero, entonces, escuchaba atento, respondiendo a la apología con un ademán de comprensión y empatía; le invitaba a pasar al interior del palacio donde, prometía, podría gozar de una cena abundante y ¿quién sabe? quizá ya adentro, tendría la oportunidad de hurgar entre las grietas del piso para encontrar algún brillante que hubiera escapado a la escoba implacable de las amas de llaves.
El invasor, sorprendido por la bondad y clemencia mostradas por su descubridor, agradecía encaminándose sonriente y estúpido hacia el interior del palacio, donde era recibido con un golpe seco y veloz en la nuca.

Después, el procedimiento era de lo más sencillo: se le extraía hasta la última gota de sangre de las arterias y, echando mano de oscuros rituales de alquimia, dicha sangre se endurecía hasta convertirse en piedra, en una piedra roja y brillante que el joyero pulía hasta darle la forma estilizada que caracteriza a los rubíes. Finalmente, esa piedra de sangre era engarzada para formar parte del nuevo collar que adornaría la garganta de algún miembro de la familia De La Vega el siguiente domingo.

Limpieza profunda.

Uno de esos días en los que la canción del aguacero sobre el río la hacía sentirse particularmente sola, tomó la decisión de esperarlo. Se sentía lista.
Empezó por abrir las ventanas de los ojos, para dejar entrar la luz hasta el último rincón de su cuerpo-casa. Luego, antes de empezar la limpieza, puso música en sus oídos para inspirarse. Entonces comenzó a sacudir: con estornudos, alergias y una nariz llorosa, se deshizo de los dolores pasados y del aserrín que habían ido dejando las experiencias previas.
Poco a poco fue sacando cajas y más cajas de miedos e inseguridades enmohecidas. De alguna esquina salió brincando una cucaracha gris con cara de baja autoestima, pero un pisotón certero acabó con su rastrera existencia.
Lavó y cepilló muy bien las paredes de sus pulmones, los pintó de turquesa y aire fresco. Los dejó listos para colgarles suspiros profundos.
Casi al final, recordó las telarañas que le quedaban en el vientre. Sin pensarlo, se hizo cosquillas despacio hasta que acabó con todas. Estaba lista. Se miró al espejo, todavía tenía muy pocos años a cuestas y muchos por venir. Volvió a mirarse y se dedicó una sonrisa cómplice.
Revisó su casa-cuerpo, que ahora, de tan limpia y ordenada, se veía mucho más amplia, y se sintió satisfecha. De verdad estaba lista ya.
Ahora podía esperarlo.
No tenía ni la más remota idea de quién carambolas sería él, pero estaba tan cierta de que debía prepararse para su llegada, como lo está la mañana de que el sol la va a alumbrar.
"Tengo que dejarte espacio", repetía, convencida de que ni en todo su corazón podría guardarse a alguien como el que venía.
Llegó.
Sí llegó.
Pero describir un encuentro semejante me tomaría semanas, así que este texto se queda aquí, con mi heroína preparada como un alpinista antes de comenzar el ascenso más escabroso de su vida.

Continuará (obviamente).





jueves, 25 de abril de 2013

Conspiración y un novio.


La cabeza del Yoda en el librero vibró a la hora exacta en que debía hacerlo, anunciando, como todo buen despertador, que era momento de levantarse. Para el muchacho que permanecía hecho bola sobre la cama, fue sencillo desactivar la alarma porque él estaba despierto desde horas antes. Después de permanecer con el ojo pelón durante toda la noche, atendiendo a la tradición que lo obligó a irse de fiesta acompañado de amigos, mujeres y alcohol antes del "día final", esa mañana se había levantado más temprano de lo necesario gracias a un cosquilleo burbujeante que sentía subir desde la punta de su dedo chiquito hasta el último pelo detrás de sus orejas.
Tomó su cuaderno de dibujo del buró junto a la cama, lo hojeó con cuidado y recordó los meses pasados. Volvió a dejarlo, convencido de que sus trazos cada vez tenían más personalidad y mejor color.
Saltó de la cama y fue a caer directamente sobre las
pantuflas de garras monstruosas, decidido a aprovechar al máximo los últimos cinco minutos de toda su vida en los que estaría solo. Caminó hacia el escritorio, donde su laptop fiel lo esperaba mirándolo con nostalgia, pasó junto al librero sin poner atención a la multitud de personajes de lucha libre, que adornaban el rincón derecho del viejo mueble con posturas dignas de ser presumidas en cualquier cuadrilátero, y que ahora lo saludaban agitando en el aire sus manitas de plástico duro, en señal de júbilo; una vez frente a la máquina, le hizo un guiño a la chica de ojos dulces que aparecía junto a él en la foto al fondo de la pantalla, e inmediatamente después puso a cantar al buen Robert Smith.
Se miró al espejo antes de continuar, habían aparecido en su cara tres arrugas nuevas, como surcos rodeándole la boca. Al revisarse, notó que eran las marcas de la sonrisa permanente que se había instalado en él desde el día en que la conoció en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común: parada junto a una mesa llena de chicharrones, papas y cuanta basura comestible se pueda imaginar, ella parecía sufrir de un ataque de epilepsia, pero en realidad estaba bailando de forma muy extraña junto a un fulano con cara de susto que la miraba moverse sin ritmo, sensualidad ni vergüenza. Nunca supo bien por qué le gustó tanto esa chica, quizá algo encontró divertido en su anárquica forma de bailar (o tal vez en su blusa, con la máscara de Darth Vader al frente) porque se acercó para presentarse y, después de medio vaso de cerveza, se puso solidario y acabó igual que ella, agitando pies y brazos en un movimiento incontrolable al ritmo de Just like heaven.
Diez años después, ahí estaba él. Le habían dicho que sentiría como un agujero negro en el estómago, absorbiendo toda su energía y su libertad hacia otra dimensión, pero no era así; sentía la ansiedad mordiéndole la panza, sí, pero al mismo tiempo, una ráfaga de impaciencia le movía las piernas, instándolo a estar listo lo antes posible para no perderse ni un minuto de la felicidad completa que veía llegar.
No podía esperar a levantarse todos los días con la boca perfumada a ella, quería pasar cada uno de los inviernos venideros hecho bola en un sillón jugando videojuegos con ella, moría por hacer comida poco nutritiva (sándwiches de mermelada, crema de cacahuate y nutella) para mandársela de lonche a ella, e irse a trabajar cada mañana con un enorme beso, también de ella. Siempre, todos los días. Sólo de pensarlo sentía ganas de aventarse en paracaídas, volar en parapente, escalar una montaña, brincar de un tren en movimiento y hacerlo todo al mismo tiempo.
La canción terminó justo cuando él, aspirando a fondo una bocanada de aire fresco, se metió por fin al baño, dispuesto a lavarse bien todos sus rinconcitos. Apenas terminaba de enjabonarse las axilas, cuando escuchó un murmullo detrás de la puerta seguido de tres golpes ligeros. Sonaba como si alguien quisiera entrar, y recordando que su familia llegaría temprano para ayudarlo a arreglarse, preguntó quién era. Como respuesta escuchó una docena de voces agudas que exigían a gritos se les dejara pasar. Extrañadísimo, abrió la puerta y, casi al instante, se vio atacado por un ejército de figuras de acción, cómics de edición especial y una consola de juegos que blandía su cable amenazadora.
-Sabemos que planeas casarte hoy- dijo una figura de cabellera rojiza y ojos pizpiretos- mi Espada del Augurio me ha permitido verlo.
- ¡Hemos venido a dejar en claro quién manda! Y a ver qué van a dar de comer... - continuó la miniatura de Miguel Ángel, la tortuga ninja, que al parecer conservaba la personalidad y el apetito del original.
- Tranquilos todos - terció el luchador de la máscara azul y blanca para luego dirigirse a él: -No queremos asustarte, hijo, sólo nos bajamos de la repisa del librero para felicitarte por tu boda y para aclarar algunos puntos que nos preocupan.
¡En la madre! ¡Leon-O, Blue Demon y las Tortugas Ninja se habían organizado en su contra (y con ellos el resto de los objetos en su librero, incluyendo unos cassettes viejísimos que escupían polvo e intentaban amarrarle pies y manos con su cinta), justamente el día de su boda! Ahora lo tenían amagado en el piso del baño. No sabía si gritar de pavor o dar brincos de alegría por ver cumplido el sueño de la infancia de ver a todos sus muñecos de plástico hablando con él y entre sí.
Poco a poco, el despertador con forma de Yoda y un pequeño ewok de peluche se fueron abriendo paso entre los insurrectos hasta llegar junto al oído del pobre muchacho que yacía en el piso a medio bañar. Le expusieron brevemente sus preocupaciones y demandas, las cuales versaban, principalmente, sobre el sitio que ocuparían ellos en el nuevo hogar de la pareja y el tiempo que se les dedicaría a la semana, pues habían oído decir a alguno de los amigos de su futura mujer que "durante la luna de miel, ni siquiera se acordaría de otra cosa".
-Algo más nuestra inquietud causa - dijo su despertador pausadamente-, tal vez reproducirte y perpetuar tu especie desees, y bien sabido es que los pequeños humanos todo lo que encuentran babear quieren.
-¡Sobre todo a los personajes que se ven más amigables! -gritó alguien entre la multitud.
Ante estas últimas palabras el ewok se estremeció asustado, pero el hombre tirado en el suelo tuvo una reacción distinta: de golpe, en su cabeza, se formó la imagen de un bebé con los mismos ojos risueños de la mujer con la que iba a casarse. Se imaginó viéndolo crecer, enseñándole cada uno de sus cómics favoritos. Cuando fuera un poco más grande ¡seguro que juntos jugarían a las luchas con los muñecos de Octagón y Máscara Sagrada! Qué raro, antes siempre le había dado pavor la sola idea de tener hijos, pero ahora podía incluso imaginar la cabecita de ese niño imaginario adornada con un peinado a lo mohicano y luciendo en su pecho la misma camisa que llevaba su madre cuando la conoció.
Fue con este pensamiento que se despertó, tendido junto al lavabo, con un enorme chichón en la cabeza, justo en el momento en que sus parientes tocaban la puerta del baño, asustados por el golpe que habían oído cuando resbaló y cayó. Después de asegurarles mil veces que estaba bien, como pudo se levantó y terminó de bañarse. Al salir, después de vestirse y mirarse por octava vez en el espejo, pasó junto al librero y, chocando en el aire sus manos con las manitas de cada personaje, les aseguró que todo estaría bien, que a él no dejarían de importarle y que, probablemente, seguirían estando con él y su nueva familia durante muchos años más. Tal vez algunos de ellos, de los más amigables, tendría que sacrificar su cubierta de peluche y ser babeado por un pequeño, pero eso ya no se los dijo, apurado como estaba por llegar a tiempo al encuentro con el resto de su vida.

miércoles, 16 de enero de 2013

Sin título (aún).


A diferencia del resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras, Luis nació de un pensamiento: luego de un arrebato literario en el que leyó veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta. Salió de detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un zorro que deseaba ser domesticado.
Durante sus primeros meses de vida, sus padres tuvieron dificultades económicas -ya se sabe que alimentar a un niño así no podía ser tarea fácil, habían de comprar más de cinco libros al mes para poder leerle a diario- así que a su abuelo se le ocurrió una idea luminosa: una mañana, cuando el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente por muchas generaciones.
Pero no sólo su aparición en el mundo fue de fábula, también su niñez se convirtió en una historia digna de contarse; apenas tuvo edad suficiente para salir a jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su espalda -¿Ya mencioné que tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas- que lo ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.  

Cuando, demasiado cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse sobre las claras arenas del solar, él se paraba sobre una piedra alta y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho pero dueño de un gran sentido del honor, y de su fiel escudero Sancho, sazonándolo todo con detalles salidos de su propia imaginación. Cualquier día, al relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y decidido del mismísimo Conde de Montecristo (esto último asustaba un poco a los niños vecinos, pero se lo perdonaban rápidamente porque era muy divertido verlo elevarse algunos centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente emocionante y porque era mucho más barato estar ahí escuchándolo que ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor). 

Con el paso del tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes. Literalmente: todos los días a las siete de la mañana pasaba frente a su casa una chica de ojos coquetos que lo hacía suspirar y suspirar elevándose hasta que poco a poco iba dejando esta tierra. Una vez subió tan alto que los vecinos salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas corrieron enfurruñadas a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los nubarrones aperlados que se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que bajar, a falta de mejor escalera. 

Así, entre libros y vuelos, fue pasando la vida. 

Un día de tantos, habiéndose bebido ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre: viviría su propia historia.
Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera una sábana limpia, envolvió en esa sábana un poco de ropa y sus tres libros más queridos, le hizo un nudo y se echó el envoltorio a la espalda. Pasó a la cocina por un vaso de leche fresca y luego fue a despedirse de su familia; les contó de las mil y un proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes. Acostumbrados como estaban al asombro que les causaba ese muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia, se limitaron a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.  
Así, con una sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas suaves como el algodón ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las páginas de un libro nuevo. Yo tuve la suerte de conocerlo en una ocasión en que tocó tierra para descansar, pero ya habrá tiempo para contar esa historia después.