jueves, 25 de abril de 2013

Conspiración y un novio.


La cabeza del Yoda en el librero vibró a la hora exacta en que debía hacerlo, anunciando, como todo buen despertador, que era momento de levantarse. Para el muchacho que permanecía hecho bola sobre la cama, fue sencillo desactivar la alarma porque él estaba despierto desde horas antes. Después de permanecer con el ojo pelón durante toda la noche, atendiendo a la tradición que lo obligó a irse de fiesta acompañado de amigos, mujeres y alcohol antes del "día final", esa mañana se había levantado más temprano de lo necesario gracias a un cosquilleo burbujeante que sentía subir desde la punta de su dedo chiquito hasta el último pelo detrás de sus orejas.
Tomó su cuaderno de dibujo del buró junto a la cama, lo hojeó con cuidado y recordó los meses pasados. Volvió a dejarlo, convencido de que sus trazos cada vez tenían más personalidad y mejor color.
Saltó de la cama y fue a caer directamente sobre las
pantuflas de garras monstruosas, decidido a aprovechar al máximo los últimos cinco minutos de toda su vida en los que estaría solo. Caminó hacia el escritorio, donde su laptop fiel lo esperaba mirándolo con nostalgia, pasó junto al librero sin poner atención a la multitud de personajes de lucha libre, que adornaban el rincón derecho del viejo mueble con posturas dignas de ser presumidas en cualquier cuadrilátero, y que ahora lo saludaban agitando en el aire sus manitas de plástico duro, en señal de júbilo; una vez frente a la máquina, le hizo un guiño a la chica de ojos dulces que aparecía junto a él en la foto al fondo de la pantalla, e inmediatamente después puso a cantar al buen Robert Smith.
Se miró al espejo antes de continuar, habían aparecido en su cara tres arrugas nuevas, como surcos rodeándole la boca. Al revisarse, notó que eran las marcas de la sonrisa permanente que se había instalado en él desde el día en que la conoció en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común: parada junto a una mesa llena de chicharrones, papas y cuanta basura comestible se pueda imaginar, ella parecía sufrir de un ataque de epilepsia, pero en realidad estaba bailando de forma muy extraña junto a un fulano con cara de susto que la miraba moverse sin ritmo, sensualidad ni vergüenza. Nunca supo bien por qué le gustó tanto esa chica, quizá algo encontró divertido en su anárquica forma de bailar (o tal vez en su blusa, con la máscara de Darth Vader al frente) porque se acercó para presentarse y, después de medio vaso de cerveza, se puso solidario y acabó igual que ella, agitando pies y brazos en un movimiento incontrolable al ritmo de Just like heaven.
Diez años después, ahí estaba él. Le habían dicho que sentiría como un agujero negro en el estómago, absorbiendo toda su energía y su libertad hacia otra dimensión, pero no era así; sentía la ansiedad mordiéndole la panza, sí, pero al mismo tiempo, una ráfaga de impaciencia le movía las piernas, instándolo a estar listo lo antes posible para no perderse ni un minuto de la felicidad completa que veía llegar.
No podía esperar a levantarse todos los días con la boca perfumada a ella, quería pasar cada uno de los inviernos venideros hecho bola en un sillón jugando videojuegos con ella, moría por hacer comida poco nutritiva (sándwiches de mermelada, crema de cacahuate y nutella) para mandársela de lonche a ella, e irse a trabajar cada mañana con un enorme beso, también de ella. Siempre, todos los días. Sólo de pensarlo sentía ganas de aventarse en paracaídas, volar en parapente, escalar una montaña, brincar de un tren en movimiento y hacerlo todo al mismo tiempo.
La canción terminó justo cuando él, aspirando a fondo una bocanada de aire fresco, se metió por fin al baño, dispuesto a lavarse bien todos sus rinconcitos. Apenas terminaba de enjabonarse las axilas, cuando escuchó un murmullo detrás de la puerta seguido de tres golpes ligeros. Sonaba como si alguien quisiera entrar, y recordando que su familia llegaría temprano para ayudarlo a arreglarse, preguntó quién era. Como respuesta escuchó una docena de voces agudas que exigían a gritos se les dejara pasar. Extrañadísimo, abrió la puerta y, casi al instante, se vio atacado por un ejército de figuras de acción, cómics de edición especial y una consola de juegos que blandía su cable amenazadora.
-Sabemos que planeas casarte hoy- dijo una figura de cabellera rojiza y ojos pizpiretos- mi Espada del Augurio me ha permitido verlo.
- ¡Hemos venido a dejar en claro quién manda! Y a ver qué van a dar de comer... - continuó la miniatura de Miguel Ángel, la tortuga ninja, que al parecer conservaba la personalidad y el apetito del original.
- Tranquilos todos - terció el luchador de la máscara azul y blanca para luego dirigirse a él: -No queremos asustarte, hijo, sólo nos bajamos de la repisa del librero para felicitarte por tu boda y para aclarar algunos puntos que nos preocupan.
¡En la madre! ¡Leon-O, Blue Demon y las Tortugas Ninja se habían organizado en su contra (y con ellos el resto de los objetos en su librero, incluyendo unos cassettes viejísimos que escupían polvo e intentaban amarrarle pies y manos con su cinta), justamente el día de su boda! Ahora lo tenían amagado en el piso del baño. No sabía si gritar de pavor o dar brincos de alegría por ver cumplido el sueño de la infancia de ver a todos sus muñecos de plástico hablando con él y entre sí.
Poco a poco, el despertador con forma de Yoda y un pequeño ewok de peluche se fueron abriendo paso entre los insurrectos hasta llegar junto al oído del pobre muchacho que yacía en el piso a medio bañar. Le expusieron brevemente sus preocupaciones y demandas, las cuales versaban, principalmente, sobre el sitio que ocuparían ellos en el nuevo hogar de la pareja y el tiempo que se les dedicaría a la semana, pues habían oído decir a alguno de los amigos de su futura mujer que "durante la luna de miel, ni siquiera se acordaría de otra cosa".
-Algo más nuestra inquietud causa - dijo su despertador pausadamente-, tal vez reproducirte y perpetuar tu especie desees, y bien sabido es que los pequeños humanos todo lo que encuentran babear quieren.
-¡Sobre todo a los personajes que se ven más amigables! -gritó alguien entre la multitud.
Ante estas últimas palabras el ewok se estremeció asustado, pero el hombre tirado en el suelo tuvo una reacción distinta: de golpe, en su cabeza, se formó la imagen de un bebé con los mismos ojos risueños de la mujer con la que iba a casarse. Se imaginó viéndolo crecer, enseñándole cada uno de sus cómics favoritos. Cuando fuera un poco más grande ¡seguro que juntos jugarían a las luchas con los muñecos de Octagón y Máscara Sagrada! Qué raro, antes siempre le había dado pavor la sola idea de tener hijos, pero ahora podía incluso imaginar la cabecita de ese niño imaginario adornada con un peinado a lo mohicano y luciendo en su pecho la misma camisa que llevaba su madre cuando la conoció.
Fue con este pensamiento que se despertó, tendido junto al lavabo, con un enorme chichón en la cabeza, justo en el momento en que sus parientes tocaban la puerta del baño, asustados por el golpe que habían oído cuando resbaló y cayó. Después de asegurarles mil veces que estaba bien, como pudo se levantó y terminó de bañarse. Al salir, después de vestirse y mirarse por octava vez en el espejo, pasó junto al librero y, chocando en el aire sus manos con las manitas de cada personaje, les aseguró que todo estaría bien, que a él no dejarían de importarle y que, probablemente, seguirían estando con él y su nueva familia durante muchos años más. Tal vez algunos de ellos, de los más amigables, tendría que sacrificar su cubierta de peluche y ser babeado por un pequeño, pero eso ya no se los dijo, apurado como estaba por llegar a tiempo al encuentro con el resto de su vida.

2 comentarios:

  1. Amo este. Pero así: ¡lo amo!

    Es de los más increíbles que has escrito y me encanta.

    Me declaro megafans!

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  2. Jo, jo, apenas vi tu comentario.
    Muchas gracias, tu entusiasmo me anima a seguir escribiendo.

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