miércoles, 29 de mayo de 2013

Limpieza profunda.

Uno de esos días en los que la canción del aguacero sobre el río la hacía sentirse particularmente sola, tomó la decisión de esperarlo. Se sentía lista.
Empezó por abrir las ventanas de los ojos, para dejar entrar la luz hasta el último rincón de su cuerpo-casa. Luego, antes de empezar la limpieza, puso música en sus oídos para inspirarse. Entonces comenzó a sacudir: con estornudos, alergias y una nariz llorosa, se deshizo de los dolores pasados y del aserrín que habían ido dejando las experiencias previas.
Poco a poco fue sacando cajas y más cajas de miedos e inseguridades enmohecidas. De alguna esquina salió brincando una cucaracha gris con cara de baja autoestima, pero un pisotón certero acabó con su rastrera existencia.
Lavó y cepilló muy bien las paredes de sus pulmones, los pintó de turquesa y aire fresco. Los dejó listos para colgarles suspiros profundos.
Casi al final, recordó las telarañas que le quedaban en el vientre. Sin pensarlo, se hizo cosquillas despacio hasta que acabó con todas. Estaba lista. Se miró al espejo, todavía tenía muy pocos años a cuestas y muchos por venir. Volvió a mirarse y se dedicó una sonrisa cómplice.
Revisó su casa-cuerpo, que ahora, de tan limpia y ordenada, se veía mucho más amplia, y se sintió satisfecha. De verdad estaba lista ya.
Ahora podía esperarlo.
No tenía ni la más remota idea de quién carambolas sería él, pero estaba tan cierta de que debía prepararse para su llegada, como lo está la mañana de que el sol la va a alumbrar.
"Tengo que dejarte espacio", repetía, convencida de que ni en todo su corazón podría guardarse a alguien como el que venía.
Llegó.
Sí llegó.
Pero describir un encuentro semejante me tomaría semanas, así que este texto se queda aquí, con mi heroína preparada como un alpinista antes de comenzar el ascenso más escabroso de su vida.

Continuará (obviamente).





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