miércoles, 29 de mayo de 2013

Las alhajas familiares

En la familia De La Vega nunca se oyó hablar de carencias. Nadie sabía qué significaba esa palabra. La bonanza vivía en su casa desde quién sabe qué siglo, y todos y cada uno de sus miembros habían estado rodeados siempre de lujos y opulencia.

Habitaban en uno de los pocos palacios que existían en ese pequeño país, asolado por la sequía, el hambre y la ignorancia; una mansión hecha de mármol y granito, que extendía sus vigas hasta el cielo, rascando las nubes con su tejado de ónices. Tan amplio era el terreno abarcado por la casa y los jardines, que en los pueblos cercanos corrían rumores de que ninguno de sus habitantes conocía por completo el palacio en que vivían desde antes de nacer, aunque probablemente esto podía achacarse a la fatiga crónica que padecían todos los De La Vega, sujetos regordetes y sonrosados, cuyas papadas temblaban aterrorizadas ante la posibilidad de que sus dueños decidieran caminar más de treinta metros de un jalón.

Cada domingo, durante el tiempo del almuerzo, el patriarca en turno organizaba competencias. La mesa se llenaba totalmente con pasteles de diferentes sabores, cremas y helados muy dulces, chocolates con todo tipo de nueces, galletas, pastas, salsas, suaves perniles de cerdos alegres, pavos pechugones y jugosos, tartas, quesos y tantas conservas como sea posible imaginar.  El concurso consistía en engullir cuanta comida pudieran, comer y seguir comiendo hasta sentir sus corazones protestar, y entonces comer un poco más. Se declaraba ganador al primero que hiciera reventar una gargantilla hecha enteramente de rubíes, con la que todos miembros de la familia adornaban sus cuellos, independientemente de su edad o sexo. Así las cosas, se dedicaban a engordar tranquilamente sin preocuparse por nada que no fuera comer y adquirir más joyas.

Para encargarse del mantenimiento y la limpieza de una casa tan grande, hacían falta más de cien sirvientes, entre los que se contaban jardineros, cocineras, lavanderas, barrenderos, costureras, fontaneros, pintores y vigilantes, además de cuatro amas de llaves (una por cada punto cardinal, para ocuparse en conjunto de toda la propiedad y dirigir las actividades de los empleados de cada ala: norte, sur, este y oeste), dos relojeros y un joyero.  Este último poseía una habitación propia en el tercer piso del palacio, privilegio del que gozaba por ser el proveedor de las alhajas que usaba toda la familia. Era tal su extensión que parecía una casa dentro de otra casa. Nadie recordaba cuándo había llegado el joyero a vivir con ellos; mucho menos sabían bien a bien qué edad tenía, pero esto nunca los preocupó demasiado, porque lo importante era que les entregara puntualmente las joyas que reventaban semana a semana.

Lo que jamás pudieron imaginar fue que el joyero tuviera métodos especiales para conseguir los brillantes rubíes con que confeccionaba los collares que esa familia usaba en cada comilona dominical.

Por las noches salía a caminar por los jardines que rodeaban el palacio. En cada ocasión, sin falta, se encontraba a algún poblador de las comunidades cercanas que, atraído por las historias de amigos o vecinos sobre la abundancia y suntuosidad que derrochaban los De La Vega, se decidía a adentrarse furtivamente en sus terrenos, esperando conseguir aunque fuera sólo uno de los rubíes que saltaban de los gordos cuellos de aquella gente o, en el caso de que la suerte no les sonriera, hurtar de los cestos de basura de las cocinas las sobras de los banquetes nocturnos.

Al verse descubierto por la mirada inquisitiva del joyero en medio de la noche y la espesura del jardín, el intruso se deshacía en excusas y súplicas, disculpándose por el atrevimiento y justificando la invasión con el argumento de su pobreza patética. El joyero, entonces, escuchaba atento, respondiendo a la apología con un ademán de comprensión y empatía; le invitaba a pasar al interior del palacio donde, prometía, podría gozar de una cena abundante y ¿quién sabe? quizá ya adentro, tendría la oportunidad de hurgar entre las grietas del piso para encontrar algún brillante que hubiera escapado a la escoba implacable de las amas de llaves.
El invasor, sorprendido por la bondad y clemencia mostradas por su descubridor, agradecía encaminándose sonriente y estúpido hacia el interior del palacio, donde era recibido con un golpe seco y veloz en la nuca.

Después, el procedimiento era de lo más sencillo: se le extraía hasta la última gota de sangre de las arterias y, echando mano de oscuros rituales de alquimia, dicha sangre se endurecía hasta convertirse en piedra, en una piedra roja y brillante que el joyero pulía hasta darle la forma estilizada que caracteriza a los rubíes. Finalmente, esa piedra de sangre era engarzada para formar parte del nuevo collar que adornaría la garganta de algún miembro de la familia De La Vega el siguiente domingo.

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