miércoles, 11 de septiembre de 2013

De la infelicidad y sus ventajas. Parte II

La mujer que lo había sacado de su deprimente vida en las calles resultó ser una bruja, o al menos eso le parecía a él: Apenas lo tuvo en su casa, se apresuró a recortarle los largos bigotes grises y a untarle manteca en las patas, lo que lo mantuvo molesto y ocupado (lamiéndose a conciencia) durante días.
Fuera de ese incidente, la vida había transcurrido con tranquilidad. Diariamente, tres o cuatro veces al día, el otrora quejumbroso felino encontraba un oloroso menjurge de pescado, pollo y menudencias en un platito azul junto a la escalera. Ya no tenía que hurgar en los botes de basura con el estómago rugiendo. Además, la mujer tenía el vientre más suave y calentito de lo que Tristán habría podido imaginar: todos los días los sentaba en su regazo y dedicaba una hora entera a cepillarlo y acariciar su espalda. Le contaba  de sus sueños y quería conocer los suyos, le preguntaba sobre sus vidas anteriores, conversaba con él a maullidos y, en las tardes, cantaba tonadas dulces y sencillas hasta que lo veía quedarse dormido.

Tristán estaba enojadísimo. De una semana a otra, la mujer le había quitado toda razón para quejarse, y siendo así ¿qué maldito sentido le quedaba a la vida? ¿qué pasaría con él, ahora que sentía una asquerosa felicidad llenando su cuerpecito peludo?

Fue así que tomó una decisión: todos los días haría evidente lo mucho que detestaba su nuevo estado de gato casero. Clavaría sus pequeñas garras en sus piernas cuando lo acariciara y vomitaría hasta el último trozo de comida en la alfombra; cuando la hija pequeña de la mujer no lo viera, se escabulliría entre su clóset y dejaría su olor sobre cada zapato y cada suéter de lana; como último recurso, rascaría hasta  destrozar las raíces de las flores del jardín que la mujer tanto cuidaba, poniendo especial cuidado en cagarse en las buganvilias.  
Así lo hizo. Durante seis insufribles meses (en los que toda la familia puso a prueba su propia paciencia, su gusto por los animales y su velocidad al atrapar al gato que intentaba escapar todas las noches), Tristán se dedicó a hacerles la vida imposible, hasta que logró su propósito. Un día, la mujer comunicó al resto de la familia que era hora de dejar ir al negro gato, que habían intentado ya de todo para hacerlo sentirse a gusto en su casa sin tener éxito y que era una crueldad mantenerlo con ellos cuando era tan evidente lo mal que la pasaba. Le abrieron la puerta y se despidieron de él con tristeza, viéndolo correr veloz hacia no se sabe dónde.

Pocas horas después, Tristán se dio cuenta de que algo le faltaba. Había dejado entre las largas faldas de esa mujer su capacidad de quejarse de todo lo que encontraba. Sintió de pronto un golpe arriba del ombligo, una sensación de vacío muy extraña, similar a lo que se siente cuando se echa de menos a alguien querido, pero este gato era demasiado orgulloso para aceptar que extrañaba a sus humanos, así que caminó y caminó hasta que notó que ya no sabía dónde estaba. Ahora camina solo, extraviado, pero satisfecho: ha vuelto a ser el gato solitario, de maullido lastimero, que fue siempre. Ya nadie le rasca la panza, y ha tenido que volver a buscar entre las sobras de la basura para comer algo, pero al menos tiene su dignidad.




No hay comentarios:

Publicar un comentario