De alas e
historias.
A diferencia del
resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras,
Luis nació de un pensamiento. Luego de un arrebato literario en el que leyó
veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta: salió de
detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una
paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las
que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un
zorro que deseaba ser domesticado. Era un niño hermoso, de piel tostada, ojos
chispeantes, sonrisa diáfana y el corazón alegre de todos los nacidos en el
límite entre la Huasteca y el Totonacapan.
Durante los
primeros meses de su fantástica existencia, sus padres tuvieron dificultades económicas.
Alimentar a un niño hecho de letras y ficción no era tarea fácil; habían de
comprar más de cinco libros al mes para poder leerle algunos párrafos a la hora
de la comida, o no probaba bocado, y lo poco que su padre ganaba en su empleo
de mecánico no alcanzaba para tanto. Una mañana, justo cuando ya no quedaban en
casa más alhajas por empeñar, el abuelo materno tuvo una idea luminosa: cuando
el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la
cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para
depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el
mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como
casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para
construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente
por muchos años. El abuelo nunca supo explicar a sus parientes de dónde había
sacado tal ocurrencia, pero a nadie le importó demasiado, aliviados de no tener
que preocuparse por el sustento diario.
Con el pasar de los
años, el pequeño fue creciendo en tamaño y aventuras, y su niñez se convirtió
en una historia digna de contarse. Apenas tuvo edad suficiente para salir a
jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban
sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su
espalda.
¿Ya mencioné que
tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas, heredadas quizá de sus
antepasados, hombres-pájaro que cruzaban los cielos en danzas aéreas dedicadas
a los dioses, y que a Luis le ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una
rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.
Cuando, demasiado
cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse bajo el árbol de palo
mulato, en las claras arenas de un solar abandonado, Luis se paraba sobre una
piedra alta, y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la
travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les
compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho
pero dueño de un gran sentido del honor, que se creía Caballero Andante, y de
su fiel escudero Sancho; sazonándolo todo con detalles salidos de su propia
imaginación.
Cualquier día, al
relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, nuestro niño alado
se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada
invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y osado del
mismísimo Edmond Dantès. Estos arrebatos histriónicos provocaban un ligerísimo
temor a los niños vecinos, que podían aceptar sin problemas las alas emplumadas
de Luis, pero les provocaba una profunda desconfianza el hecho de que éste
prefiriera pasar las tardes leyendo, que viendo caricaturas; de cualquier
forma, le perdonaban su naturaleza rara a cambio de verlo ascender algunos
centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente
emocionante. Además, pensaban, era mucho más barato estar ahí escuchándolo que
ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor.
Con el paso del
tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un
espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes, literalmente. Todos los
días, a las siete de la mañana, pasaba frente a su casa una chica de coquetos ojos
rasgados que lo hacía suspirar tan fuerte, que se elevaba poco a poco,
centímetro a centímetro, hasta ir dejando esta tierra. Una vez subió tan alto,
que parecía un blanco papalote, al que algún niño despistado había dejado ir con
el viento, hasta perderlo de vista entre las nubes. Ese día, los vecinos
salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas
corrieron, enfurruñadas, a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas
de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los aperlados nubarrones que
se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron
en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de
teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que
bajar, a falta de mejor escalera.
Así, entre libros y
vuelos, fue pasando la vida.
Un día de muchos,
habiéndose leído ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó una decisión
inesperada. Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera
una sábana limpia; envolvió en esa
sábana un poco de ropa, sus tres libros más queridos y todos los recuerdos de
su infancia, le hizo un nudo y la dejó junto a la puerta; casi inmediatamente,
se acercó a su madre para ayudarla con las labores de la casa, como siempre; después
de desayunar, alcanzó a su padre en el cobertizo, donde éste peleaba contra un
motor ennegrecido, y lo ayudó a desmontarlo cuidadosamente; más tarde, pasó a
la cocina, donde encontró a su abuela haciendo arroz con leche y le regaló el más fuerte de los
abrazos. Se estaba despidiendo de su familia.
La hora de la
comida, el momento en que todos se reunían para contar cómo les había ido en el
día, fue el momento que eligió Luis para hablar: les contó de las mil y un
proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores
increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los
escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de
su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después
alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes, ni
siquiera su madre, acostumbrada como estaba al asombro que le causaba ese
muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia;
su hijo tenía ya diecisiete años y una dificultad crónica para quedarse quieto,
por lo que se limitó a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a
menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.
Así, con una
sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas,
suaves como el algodón, ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las
páginas de un libro nuevo. Se fue a las cuatro de la tarde de un lunes de
noviembre; el sol empezaba a bostezar, relajando la inclemencia de sus rayos
sobre la humanidad e invitando a disfrutar del fresco atardecer. El vientecito
que soplaba desde la playa lejana le ayudó a tomar impulso, levantándolo en
medio de un remolino de polvo y hojas secas, que hizo bailar la ropa limpia en
los tendederos de toda la calle y que acabó de volver locas a las pobres
vecinas, que cuidaban con celo de madre las camisas y calzones recién lavados
de sus maridos.
Una vez en el aire,
no fue difícil fijar rumbo: pensó en el primer lugar que quería visitar y de
inmediato vinieron a su mente los paisajes verdes, a veces rodeados de
montañas, a veces llenos de palmeras, cercados por mares inmensos o por ríos de
agua cenagosa, siempre gobernados por un calor sofocante, adornados con helechos
y flores de colores que él nunca había visto; a su corazón de pájaro acudieron
imágenes de lugares irremediablemente sudamericanos, dibujados en la mente de
Luis por las mil historias salidas de la pluma de un señor colombiano de
cabello ondulado y bigotes cínicos, que ya había ganado muchos premios por su
escritura, mucho antes de que él viniera al mundo; revolotearon por su
pensamiento las novelas que leía su madre, escritas por una mujer llamada
Isabel, de la que Luis sólo sabía que era chilena y que escribía de una forma tan
cálida como su abuela lo acariciaba de bebé. Así las cosas, dirigió su vuelo
hacia donde él creía que estaba el sur.
Voló varias horas,
sintiendo la caricia del viento en sus mejillas totonacas. De tanto en tanto
cerraba los ojos, en medio del inmenso placer que debe sentir cualquiera que se
sabe dueño de sí mismo y del propio futuro, confiado de la fuerza y la altura
que le conferían sus maravillosas alas. Tanto voló, que cuando se dio cuenta ya
había cruzado dos estados y más de un ciento de municipios diferentes. Decidió
parar a descansar. Jamás se habría imaginado que una decisión tan pequeña iba a
cambiar su suerte para el resto de sus días; probablemente porque las emociones
más alucinantes que nos regala nuestra experiencia humana se encuentran
escondidas detrás de la sencillez y la cotidianeidad de la vida misma.
Bajó a la tierra en
una isla grande, con mucha gente y pocos árboles. Eran cerca de las nueve de la
noche, y todos los comercios estaban ya cerrados. Todos, menos una tienda de
abarrotes adaptada en el porche de una casa vieja, de paredes blancas, cuya
única fuente de iluminación provenía de un diminuto bombillo en la entrada. Se
acercó y tocó una campanita de metal que permanecía atada al mostrador por un
mecate de ixtle, a buen resguardo de las manos de algún cliente cleptómano;
pidió un vaso de agua de horchata y una bolsa llena de hojuelas de plátano
frito; engulló con avidez y, cuando hubo terminado, ofreció pagar por todo con
trabajo.
¿Olvidé decir que
Luis era un chalán excepcional, cierto? Pues resulta que, gracias a sus
benditas alas, era buenísimo pintando casas, bajando telarañas, podando
árboles, acomodando cables de teléfono, entre varias otras tareas; supongo que
pensó que no le tomaría más de media hora pagar por lo que se había comido. ¿Quién
sabe? Quizá en otro sitio, en otra ciudad, tal ofrecimiento habría sido
aceptado de buen grado; quizá, incluso, algún alma caritativa, al verlo tan
cansado, le habría procurado alojamiento; sin embargo, esta isla, otrora famosa
por su producción pesquera, era ya una importante sede de la industria
petrolera más importante del país, y sus habitantes, pescadores ofuscados y
oficinistas aburridos, habían olvidado lo que significaba la caridad. La dueña
de la tienda casi lo mata a chanclazos; pero lo salvó la voz dulce, dulcísima
de Inés, hija de ésta.
Inés era una
quinceañera guapísima, morena, chaparrita y poseedora de unos ojos tan claros
como su corazón, herencia de su padre, un cocinero inglés que se fue un día en
un barco grandote y no volvió jamás. Entre ruegos, logró convencer a su madre
de que necesitaban a alguien que bajara los cocos de las palmeras del patio,
para vender a los turistas en la playa
principal, y que el recién llegado tenía pinta de que podría hacerlo sin
dificultades. Además, la antena de televisión había estado dando lata durante
semanas, sin que nadie decidiera aún subir al techo a arreglarla, y Luis podría
solucionar eso en segundos. Lo dejaron quedarse.
Luis nunca había
dormido en una hamaca, colgada en medio de dos palmeras, con el cielo
estrellado por techo, en un patio lleno de chaquistes, hormigas y bichos extraños; sin embargo, éste era el sitio
que Doña Elenita le había asignado para descansar, a prudente distancia del dormitorio
de su hermosa hija. Fue un desastre: las alas se le atoraron entre los hilos de
la hamaca, haciéndole perder algunas plumas; los mosquitos le picotearon las
piernas; el calor no lo dejaba respirar, y cuando, resignado a no dormir, sacó
de la sábana-equipaje su libro de poemas de Benedetti, se dio cuenta de que
tampoco podía concentrarse. Todavía no lo sabía, pero Luis acababa de perder la
mitad de su corazón para siempre.
Mientras tanto,
Inés les pedía a todos los santos que conocía, que a su madre le hiciera efecto
el té de hierbas que le había dado en la
cena, sin que ella supiera, para hacerla dormir. Estaba intrigadísima por el recién
llegado. Se preguntaba de qué lugares lejanos vendría, qué paisajes habría
visto, de qué colores tendría pintada el alma, qué historias habría vivido
antes de llegar a la isla, a quiénes habría querido, y sobre todo, de dónde le
habían salido esas alas tan bonitas. Finalmente, Doña Elenita cayó rendida en
su cama, víctima de una somnolencia insoportable que le impidió apagar la
televisión del cuarto, y mucho menos advertir que su hija, en ese mismo
instante, salió de su habitación corriendo hacia el patio.
El resto de los
acontecimientos de esa noche no me constan, pero creo que usted, querido
lector, no tendrá dificultades para imaginar todo lo que puede derivarse de una
conversación que empieza con un “¿Qué estás leyendo?”.
Luis e Inés se
enamoraron como sólo los inconscientes pueden hacerlo: total, definitiva, desesperada,
eterna e impacientemente. Se tenían tantísimo amor, que éste no tardó en
crecer: en menos de un año, se convirtieron en padres de un pequeño niño que
nació con la piel morena de su madre, los ojos chispeantes de su padre y nada
de alas. Luis estaba tan loco de amor por ese hijo suyo, que no se fue jamás,
si no que olvidó por muchos años su deseo de volar hacia el sur como los
pájaros, quedándose por un largo tiempo en esa isla de arenas doradas y agua clara.
Yo lo conocí un día
en que llegó a mi oficina, a solicitar un empleo en la compañía para la que
trabajo. Al parecer, su pequeño hijo era ya lo que los adultos damos en llamar un
adolescente y ahora sus necesidades económicas excesivas para alguien cuyo
sustento dependía de trabajos esporádicos. Me llamó la atención el par de alas
que trataba de esconder dentro del saco gris que lo sofocaba, dándole un
aspecto triste, de ave enjaulada. En lugar de hacerle la entrevista usual,
donde yo hago preguntas inútiles como “¿Qué sabe hacer?” y “¿Cuántos años tiene
de experiencia?”, o “¿De qué universidad egresó?”, decidí dejar que él hiciera
las preguntas. Lo primero que preguntó fue dónde había conseguido el libro que
adornaba el segundo nivel de la estantería junto a mi escritorio, el que estaba
justo entre una foto de mi familia y una carpeta llena de hojas. Era un ejemplar
muy viejo de El Eterno Femenino. Le presumí mi hallazgo: lo había rescatado de
un bote de basura, afuera de una tienda de abarrotes, hacía pocos años, y era
la única obra de teatro que realmente me gustaba leer, era divertida y ligera.
Luis se soltó a
llorar. Resultó que ese libro era uno de los tres que había empacado al partir
de su hogar, hacía menos de veinte años. Había acabado en la basura poco
después de que perdiera a su esposa. Al parecer, entre los sueños insatisfechos y las necesidades económicas
apremiantes, el amor no resistió; la morenita de quince años se le fue
convirtiendo en una mujer triste y avejentada, con el fastidio metido en el cuerpo
y el desencanto en los ojos; se fue secando lentamente hasta que, una tarde de
huracán, el viento acabó por disolverla entre la arena de patio. Aún así, todo
el amor que alguna vez se tuvieron continuaba vivo, intacto, en su único hijo,
quien para ese momento ya era todo un joven, igual de intrépido y ávido de
historias nuevas que su alado padre.
Me contó toda su
historia, desde el principio hasta ese momento, incluyendo los últimos años de
su vida como padre soltero y la inquietud de su hijo por irse lejos, viajar y
conocer otras personas, otras vidas, otras historias. Luis estaba convencido de
que si podía darle al joven todo lo que necesitaba, quizá éste ya no querría
dejar el nido, y lo contaba con tal convicción, que uno no podía si no sentir
piedad por este pobre ángel paternal. De pronto, Luis se echó a reír, en lo que
a todas luces parecía un arrebato de entendimiento repentino. Le pregunté qué
ocurría y ya no me respondió, si no que salió corriendo, y una vez que alcanzó
la calle, se quitó el saco y se echó a volar, hasta que llegó su casa.
Entró directamente
a la habitación de su hijo, lo encontró sentado en la cama oyendo música y lo
abrazó con todo el amor que le cabía en el pecho. Inmediatamente después, quién
sabe gracias a qué procedimiento misterioso, Luis se quitó las alas con las que
había nacido, las miró, las acarició, y finalmente se las puso en las manos a
su hijo adolescente. –Ten- le dijo-, úsalas como puedas, conoce tantos lugares,
gente, historias y colores como te sea posible, pero dales un buen uso-.
Luis y yo somos buenos
amigos desde entonces; compartimos el gusto por los libros y cada mes nos reunimos en su casa para
esperar la vuelta de su hijo, ver el futbol y escuchar las aventuras fantásticas que tiene para
contarnos. A veces me pregunto si extraña sus alas, pero entonces recuerdo la forma en
que él mira a su hijo, como si mirara una biblioteca entera, y entiendo que hay
más de una forma de volar.
Excelente trabajo, le felicito.
ResponderEliminarPuede transmitir de una manera ejemplar a nosotros los lectores los sentimientos de Luis, Inés y de ese hijo.
Gracias.
Gracias a usted por leer.
ResponderEliminarMes sumo a las felicitaciones, muy bello texto
ResponderEliminarMuchas gracias :)
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