miércoles, 25 de junio de 2014

De alas e historias.

De alas e historias.

A diferencia del resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras, Luis nació de un pensamiento. Luego de un arrebato literario en el que leyó veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta: salió de detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un zorro que deseaba ser domesticado. Era un niño hermoso, de piel tostada, ojos chispeantes, sonrisa diáfana y el corazón alegre de todos los nacidos en el límite entre la Huasteca y el Totonacapan.

Durante los primeros meses de su fantástica existencia, sus padres tuvieron dificultades económicas. Alimentar a un niño hecho de letras y ficción no era tarea fácil; habían de comprar más de cinco libros al mes para poder leerle algunos párrafos a la hora de la comida, o no probaba bocado, y lo poco que su padre ganaba en su empleo de mecánico no alcanzaba para tanto. Una mañana, justo cuando ya no quedaban en casa más alhajas por empeñar, el abuelo materno tuvo una idea luminosa: cuando el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente por muchos años. El abuelo nunca supo explicar a sus parientes de dónde había sacado tal ocurrencia, pero a nadie le importó demasiado, aliviados de no tener que preocuparse por el sustento diario.

Con el pasar de los años, el pequeño fue creciendo en tamaño y aventuras, y su niñez se convirtió en una historia digna de contarse. Apenas tuvo edad suficiente para salir a jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su espalda.

¿Ya mencioné que tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas, heredadas quizá de sus antepasados, hombres-pájaro que cruzaban los cielos en danzas aéreas dedicadas a los dioses, y que a Luis le ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.  

Cuando, demasiado cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse bajo el árbol de palo mulato, en las claras arenas de un solar abandonado, Luis se paraba sobre una piedra alta, y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho pero dueño de un gran sentido del honor, que se creía Caballero Andante, y de su fiel escudero Sancho; sazonándolo todo con detalles salidos de su propia imaginación.

Cualquier día, al relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, nuestro niño alado se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y osado del mismísimo Edmond Dantès. Estos arrebatos histriónicos provocaban un ligerísimo temor a los niños vecinos, que podían aceptar sin problemas las alas emplumadas de Luis, pero les provocaba una profunda desconfianza el hecho de que éste prefiriera pasar las tardes leyendo, que viendo caricaturas; de cualquier forma, le perdonaban su naturaleza rara a cambio de verlo ascender algunos centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente emocionante. Además, pensaban, era mucho más barato estar ahí escuchándolo que ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor.

Con el paso del tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes, literalmente. Todos los días, a las siete de la mañana, pasaba frente a su casa una chica de coquetos ojos rasgados que lo hacía suspirar tan fuerte, que se elevaba poco a poco, centímetro a centímetro, hasta ir dejando esta tierra. Una vez subió tan alto, que parecía un blanco papalote, al que algún niño despistado había dejado ir con el viento, hasta perderlo de vista entre las nubes. Ese día, los vecinos salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas corrieron, enfurruñadas, a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los aperlados nubarrones que se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que bajar, a falta de mejor escalera. 

Así, entre libros y vuelos, fue pasando la vida.

Un día de muchos, habiéndose leído ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó una decisión inesperada. Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera una sábana limpia;  envolvió en esa sábana un poco de ropa, sus tres libros más queridos y todos los recuerdos de su infancia, le hizo un nudo y la dejó junto a la puerta; casi inmediatamente, se acercó a su madre para ayudarla con las labores de la casa, como siempre; después de desayunar, alcanzó a su padre en el cobertizo, donde éste peleaba contra un motor ennegrecido, y lo ayudó a desmontarlo cuidadosamente; más tarde, pasó a la cocina, donde encontró a su abuela haciendo arroz  con leche y le regaló el más fuerte de los abrazos. Se estaba despidiendo de su familia.

La hora de la comida, el momento en que todos se reunían para contar cómo les había ido en el día, fue el momento que eligió Luis para hablar: les contó de las mil y un proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes, ni siquiera su madre, acostumbrada como estaba al asombro que le causaba ese muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia; su hijo tenía ya diecisiete años y una dificultad crónica para quedarse quieto, por lo que se limitó a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.  

Así, con una sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas, suaves como el algodón, ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las páginas de un libro nuevo. Se fue a las cuatro de la tarde de un lunes de noviembre; el sol empezaba a bostezar, relajando la inclemencia de sus rayos sobre la humanidad e invitando a disfrutar del fresco atardecer. El vientecito que soplaba desde la playa lejana le ayudó a tomar impulso, levantándolo en medio de un remolino de polvo y hojas secas, que hizo bailar la ropa limpia en los tendederos de toda la calle y que acabó de volver locas a las pobres vecinas, que cuidaban con celo de madre las camisas y calzones recién lavados de sus maridos.

Una vez en el aire, no fue difícil fijar rumbo: pensó en el primer lugar que quería visitar y de inmediato vinieron a su mente los paisajes verdes, a veces rodeados de montañas, a veces llenos de palmeras, cercados por mares inmensos o por ríos de agua cenagosa, siempre gobernados por un calor sofocante, adornados con helechos y flores de colores que él nunca había visto; a su corazón de pájaro acudieron imágenes de lugares irremediablemente sudamericanos, dibujados en la mente de Luis por las mil historias salidas de la pluma de un señor colombiano de cabello ondulado y bigotes cínicos, que ya había ganado muchos premios por su escritura, mucho antes de que él viniera al mundo; revolotearon por su pensamiento las novelas que leía su madre, escritas por una mujer llamada Isabel, de la que Luis sólo sabía que era chilena y que escribía de una forma tan cálida como su abuela lo acariciaba de bebé. Así las cosas, dirigió su vuelo hacia donde él creía que estaba el sur.

Voló varias horas, sintiendo la caricia del viento en sus mejillas totonacas. De tanto en tanto cerraba los ojos, en medio del inmenso placer que debe sentir cualquiera que se sabe dueño de sí mismo y del propio futuro, confiado de la fuerza y la altura que le conferían sus maravillosas alas. Tanto voló, que cuando se dio cuenta ya había cruzado dos estados y más de un ciento de municipios diferentes. Decidió parar a descansar. Jamás se habría imaginado que una decisión tan pequeña iba a cambiar su suerte para el resto de sus días; probablemente porque las emociones más alucinantes que nos regala nuestra experiencia humana se encuentran escondidas detrás de la sencillez y la cotidianeidad de la vida misma.

Bajó a la tierra en una isla grande, con mucha gente y pocos árboles. Eran cerca de las nueve de la noche, y todos los comercios estaban ya cerrados. Todos, menos una tienda de abarrotes adaptada en el porche de una casa vieja, de paredes blancas, cuya única fuente de iluminación provenía de un diminuto bombillo en la entrada. Se acercó y tocó una campanita de metal que permanecía atada al mostrador por un mecate de ixtle, a buen resguardo de las manos de algún cliente cleptómano; pidió un vaso de agua de horchata y una bolsa llena de hojuelas de plátano frito; engulló con avidez y, cuando hubo terminado, ofreció pagar por todo con trabajo.

¿Olvidé decir que Luis era un chalán excepcional, cierto? Pues resulta que, gracias a sus benditas alas, era buenísimo pintando casas, bajando telarañas, podando árboles, acomodando cables de teléfono, entre varias otras tareas; supongo que pensó que no le tomaría más de media hora pagar por lo que se había comido. ¿Quién sabe? Quizá en otro sitio, en otra ciudad, tal ofrecimiento habría sido aceptado de buen grado; quizá, incluso, algún alma caritativa, al verlo tan cansado, le habría procurado alojamiento; sin embargo, esta isla, otrora famosa por su producción pesquera, era ya una importante sede de la industria petrolera más importante del país, y sus habitantes, pescadores ofuscados y oficinistas aburridos, habían olvidado lo que significaba la caridad. La dueña de la tienda casi lo mata a chanclazos; pero lo salvó la voz dulce, dulcísima de Inés, hija de ésta.

Inés era una quinceañera guapísima, morena, chaparrita y poseedora de unos ojos tan claros como su corazón, herencia de su padre, un cocinero inglés que se fue un día en un barco grandote y no volvió jamás. Entre ruegos, logró convencer a su madre de que necesitaban a alguien que bajara los cocos de las palmeras del patio, para  vender a los turistas en la playa principal, y que el recién llegado tenía pinta de que podría hacerlo sin dificultades. Además, la antena de televisión había estado dando lata durante semanas, sin que nadie decidiera aún subir al techo a arreglarla, y Luis podría solucionar eso en segundos. Lo dejaron quedarse.

Luis nunca había dormido en una hamaca, colgada en medio de dos palmeras, con el cielo estrellado por techo, en un patio lleno de chaquistes, hormigas  y bichos extraños; sin embargo, éste era el sitio que Doña Elenita le había asignado para descansar, a prudente distancia del dormitorio de su hermosa hija. Fue un desastre: las alas se le atoraron entre los hilos de la hamaca, haciéndole perder algunas plumas; los mosquitos le picotearon las piernas; el calor no lo dejaba respirar, y cuando, resignado a no dormir, sacó de la sábana-equipaje su libro de poemas de Benedetti, se dio cuenta de que tampoco podía concentrarse. Todavía no lo sabía, pero Luis acababa de perder la mitad de su corazón para siempre.

Mientras tanto, Inés les pedía a todos los santos que conocía, que a su madre le hiciera efecto el  té de hierbas que le había dado en la cena, sin que ella supiera, para hacerla dormir. Estaba intrigadísima por el recién llegado. Se preguntaba de qué lugares lejanos vendría, qué paisajes habría visto, de qué colores tendría pintada el alma, qué historias habría vivido antes de llegar a la isla, a quiénes habría querido, y sobre todo, de dónde le habían salido esas alas tan bonitas. Finalmente, Doña Elenita cayó rendida en su cama, víctima de una somnolencia insoportable que le impidió apagar la televisión del cuarto, y mucho menos advertir que su hija, en ese mismo instante, salió de su habitación corriendo hacia el patio.

El resto de los acontecimientos de esa noche no me constan, pero creo que usted, querido lector, no tendrá dificultades para imaginar todo lo que puede derivarse de una conversación que empieza con un “¿Qué estás leyendo?”.

Luis e Inés se enamoraron como sólo los inconscientes pueden hacerlo: total, definitiva, desesperada, eterna e impacientemente. Se tenían tantísimo amor, que éste no tardó en crecer: en menos de un año, se convirtieron en padres de un pequeño niño que nació con la piel morena de su madre, los ojos chispeantes de su padre y nada de alas. Luis estaba tan loco de amor por ese hijo suyo, que no se fue jamás, si no que olvidó por muchos años su deseo de volar hacia el sur como los pájaros, quedándose por un largo tiempo en esa isla de arenas doradas  y agua clara.

Yo lo conocí un día en que llegó a mi oficina, a solicitar un empleo en la compañía para la que trabajo. Al parecer, su pequeño hijo era ya lo que los adultos damos en llamar un adolescente y ahora sus necesidades económicas excesivas para alguien cuyo sustento dependía de trabajos esporádicos. Me llamó la atención el par de alas que trataba de esconder dentro del saco gris que lo sofocaba, dándole un aspecto triste, de ave enjaulada. En lugar de hacerle la entrevista usual, donde yo hago preguntas inútiles como “¿Qué sabe hacer?” y “¿Cuántos años tiene de experiencia?”, o “¿De qué universidad egresó?”, decidí dejar que él hiciera las preguntas. Lo primero que preguntó fue dónde había conseguido el libro que adornaba el segundo nivel de la estantería junto a mi escritorio, el que estaba justo entre una foto de mi familia y una carpeta llena de hojas. Era un ejemplar muy viejo de El Eterno Femenino. Le presumí mi hallazgo: lo había rescatado de un bote de basura, afuera de una tienda de abarrotes, hacía pocos años, y era la única obra de teatro que realmente me gustaba leer, era divertida y ligera.

Luis se soltó a llorar. Resultó que ese libro era uno de los tres que había empacado al partir de su hogar, hacía menos de veinte años. Había acabado en la basura poco después de que perdiera a su esposa. Al parecer, entre los sueños  insatisfechos y las necesidades económicas apremiantes, el amor no resistió; la morenita de quince años se le fue convirtiendo en una mujer triste y avejentada, con el fastidio metido en el cuerpo y el desencanto en los ojos; se fue secando lentamente hasta que, una tarde de huracán, el viento acabó por disolverla entre la arena de patio. Aún así, todo el amor que alguna vez se tuvieron continuaba vivo, intacto, en su único hijo, quien para ese momento ya era todo un joven, igual de intrépido y ávido de historias nuevas que su alado padre.  

Me contó toda su historia, desde el principio hasta ese momento, incluyendo los últimos años de su vida como padre soltero y la inquietud de su hijo por irse lejos, viajar y conocer otras personas, otras vidas, otras historias. Luis estaba convencido de que si podía darle al joven todo lo que necesitaba, quizá éste ya no querría dejar el nido, y lo contaba con tal convicción, que uno no podía si no sentir piedad por este pobre ángel paternal. De pronto, Luis se echó a reír, en lo que a todas luces parecía un arrebato de entendimiento repentino. Le pregunté qué ocurría y ya no me respondió, si no que salió corriendo, y una vez que alcanzó la calle, se quitó el saco y se echó a volar, hasta que llegó su casa.

Entró directamente a la habitación de su hijo, lo encontró sentado en la cama oyendo música y lo abrazó con todo el amor que le cabía en el pecho. Inmediatamente después, quién sabe gracias a qué procedimiento misterioso, Luis se quitó las alas con las que había nacido, las miró, las acarició, y finalmente se las puso en las manos a su hijo adolescente. –Ten- le dijo-, úsalas como puedas, conoce tantos lugares, gente, historias y colores como te sea posible, pero dales un buen uso-.

Luis y yo somos buenos amigos desde entonces; compartimos el gusto por los libros y cada mes nos reunimos en su casa para esperar la vuelta de su hijo, ver el futbol y escuchar las aventuras fantásticas que tiene para contarnos. A veces me pregunto si extraña sus alas, pero entonces recuerdo la forma en que él mira a su hijo, como si mirara una biblioteca entera, y entiendo que hay más de una forma de volar.




4 comentarios:

  1. Excelente trabajo, le felicito.
    Puede transmitir de una manera ejemplar a nosotros los lectores los sentimientos de Luis, Inés y de ese hijo.
    Gracias.

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  2. Mes sumo a las felicitaciones, muy bello texto

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