Hoy no sé qué escribir. Después de ser parte de una actividad artística, la mente se despierta y se pone en actividad el lado crítico y creativo de todo ser humano sensible.
Acabo de ir a ver una obra que se llama "Cuarta caída, la verdadera historia" y aún estoy tratando de asimilar lo que sucedió. Fue muy interesante, porque la propuesta era nueva para mí: teatro en casa. Alguien prestó su departamento y la historia del Santo (contada por dos personajes fanáticos argentinos extravagantes y con personalidades dispares) se desarrolló, tergiversó y llenó de fantasía y risas entre la sala, el baño y una recámara. Me es difícil dar el plot de la obra porque empezó hablando de mitos y comparando los mismos con las estatuas de los héroes que nos encontramos por la calle, y acabó con una parodia de Libertad Lamarque, todo lo anterior enlazado por una máquina del tiempo y el personaje de un artista fumado y con un ego que no cabía en el depa. Como ya dije fue interesante. Me entretuvo. Morí de risa un rato junto al resto de los espectadores ante el performance que parodiaba al incomprendido gremio de los "artistas" malditos. Aquellos que creen que su obra es tan innovadora, tan exquisita y única que no necesita ser comprendida por el espectador.
Y fue maravilloso, porque pude reírme a mis anchas de estos creativos, en un espacio neutro. Fue liberador porque me dan ganas de reírme de ellos todos los días, pues recibo cátedras de varios especímenes de esta raza rara. Fue doloroso verlo porque es cierto. El ego de esta gente en la vida real es de ese tamaño. Estos artistas (llámense performanceros, directores escénicos, músicos y hasta actores) de veras creen que no necesitan al público. Que pueden simplemente presentar obras que sólo ellos entienden y sólo ellos disfrutan, y, en un acto profundamente egoísta, escudarse diciendo que si el público no va, es porque no ha alcanzado el nivel intelectual/sensitivo/artísico que ellos sí poseen. Como si fueran alguna especie de iluminados mamones que le hacen un favor al mundo cobrando por que alguien (porque el quórum en sus obras no sobrepasa las cinco personas por función) vaya a ver su papaya cósmica*.
Saliendo de la obra fui directo a tomarme un cafecín con una amiga, compañera de farra y brillantísima filósofa de cabecera. Fuimos al lugar de siempre y empezamos a comentar la obra. Acabamos hablando de algo totalmente distinto. La charla se encaminó hacia la manera en que los churros televisivos influyen en nuestras vidas. Hablamos sobre las taranovelas mexicanas y la influencia enorme que tienen estas en nuestros estilos de vida, la forma de vestir, y hasta la manera de hablar. Acabamos sin saber si maldecir a Televisa por convertirnos en una nación de zombies más preocupados por saber si Luismi le pone los cuernos a la madre de sus hijos que por los cambios bruscos en las leyes mexicanas de los últimos cinco meses, o si maravillarnos y alabarla por tener entre sus filas a los mercadólogos más chingones del mundo. Fueron capaces de mantenernos en vilo casi un mes por un triste virus que mató menos gente de la que muere a diario por el narcotráfico, pero no dijeron nada de la legalización en la portación de estupefacientes. Hacen que medio país se sienta orgulloso cuando La Selección (sí, esa horda de cromagnones sobrepagados que corren tras una pelotita) gana un miserable partido contra un país que ni siquiera destaca en el deporte, pero casi no se oye hablar del recorte millonario al presupuesto, de por sí pobre, de las actividades culturales. Lograron que una generación entera se subiera las minifaldas hasta los riñones con tal de ser rebeldes, pero no hay quien deje salir en los noticieros a los familiares de las muertas de Juárez que exigen investigaciones a fondo. ¿En qué pinche país vivimos, que en lugar de enseñarles a las niñas a pensar de modo crítico para trabajar por lo que quieren y merecen, las dejamos cantar pidiendo un maldito mundo de caramelo?
El encabronamiento me invade. Y entonces todo adquiere sentido. Y me enojo aún más. La gente común (mi familia y amigos incluídos) no va al teatro para pensar, ni va al cine para ver documentales. No tiene tiempo para leer. En realidad no le interesa lo que pasa en la sociedad porque viven bien. Les alcanza para subsistir cómodamente. La televisión les hace compañía. Les da pautas de convivencia para ser aceptados dentro de un grupo social. A los niños los educa para ser parte de la maquinaria de consumo de entretenimiento. Entretener. Pan y circo. Estamos jodidos. Todo lo que nos rodea nos adiestra para evitarnos la incomodidad de pensar. Todos los estímulos nos abducen para no expresar inconformidad. Si no te das cuenta de que eres una oveja más, ¿por qué habrías de negarle al granjero la lana que te quita?
Y encima de eso, haciendo a un lado las pocas probabilidades que tenemos de que la gente se acerque al arte y a las actividades culturales, aparte de todo, los creadores de pacotilla que mencioné anteriormente siguen recibiendo becas del FONCA*. Y es así como las pocas probabilidades que tenemos de hacer del arte un agente de cambio para la sociedad podrida en la que vivimos, se esfuman dejando tras de sí el mal sabor de boca que se lleva aquel que paga por ver algo que ni siquiera entendió. Estamos jodidos. Si la gente de por sí no va al teatro, si la gente de por sí no desea pensar, si la gente siente desagrado por todo aquello que le hace notar su realidad, y aparte, cuando decide darle un oportunidad a ese oscuro y raro objeto que algunos llaman arte, se topa con una jalada rarísima por la que paga y tiene que aplaudir al final ¿cómo podemos esperar que al situación mejore y esta gente se acerque a la cultura en lugar de sentirse emocionalmente cercana al artista de moda?
Me da miedo, porque entonces entiendo que mi responsabilidad es aún más grande. ¿Qué tal si va a ver mi obra alguien para quien es su primera vez en el teatro? ¿Qué tal si no le gusta? ¿Qué tal si no le entiende a nada? ¿Qué tal si no siente nada, ni desagrado? Más terrorífico aún: ¿qué tal si no regresa nunca más al teatro? ¿Qué tal si decide quedarse todos los días en su casa aceptando que una conductora le mienta en la cara y le llene la cabeza de pendejadas? ¿Qué tal si su decepción hacia el "arte" hace que prefiera ver a Maribel Guardia enseñando las tetas mientras alguien del público hace el ridículo frente a medio país? ¿Qué tal si esa enajenación lo hace feliz o lo hace creer que es feliz mientras su ignorancia se hace más y más grande? Terror. Estamos jodidos.
Por favor. Sáquenme de mi zozobra y comenten.
*Nota al pie:
Papaya Cósmica: Argot teatrero. Es aquella obra llena de efectismos performanceros que por lo general sólo tiene sentido para el director (a veces ni para él) y que por lo general el público no va a ver, porque por lo general no entiende ni jota, ni tiene interés en entender.// Dícese de la obra de arte que parece que fue creada después de varios porros o de un cóctel de drogas duras.
FONCA: Fondo Nacional de Creadores de Arte.