Lea sin compromiso y si le gusta, comparta con la persona de su preferencia o con cualquier desconocido, al fin son los desvaríos de una mujer sin orden.
lunes, 26 de agosto de 2013
Vidas paralelas.
Se conocieron por una de esas casualidades perfectamente planeadas de la vida.
Una semana cualquiera, la familia de ella se mudó a una casa que la madre de él había puesto en renta hacía pocos días. Unas semanas antes, él había decidido regresar de la ciudad que había elegido para escapar y estudiar la universidad. Se vieron de lejos, buenas tardes, con permiso, se saludaron de vez en cuando. Quién sabe cuándo empezaron a quererse. Un día, cada uno por su lado, comenzaron a buscarse los ojos, a querer encontrarse en las azoteas, a leer cuanto libro encontraban a su paso y a esculcar el cielo nocturno como quien busca una respuesta que se le escapa. Nadie encontró nada raro en tales acciones, teniendo como tenían ambos la frescura que inunda los años cercanos a la primera veintena.
De alguna manera lograron hablarse, voy a salir con amigos, ven con nosotros, te invito un café, vamos al cine; cuando se dieron cuenta ya eran lo que, de tanto ver cuatro piernas caminando a un ritmo todo el tiempo, la gente da en llamar "pareja". Siendo él algunos años mayor que ella, la licenciatura mantenía ocupadas la mayor parte de sus horas, por lo que durante los primeros meses de aquel noviazgo temprano sólo pudieron verse los fines de semana. Algo debía tener de encantadora esta situación, que les permitía guardar todas las preguntas que les cabían en la memoria y en los corazones, todas las ideas nuevas que ella iba hilando en el bachillerato de niñas bien educadas en el que estudiaba, todos los besos frescos y húmedos que podían aguantar en los bolsillos y todo el calor que les cabía en los pantalones para las tardes de los sábados y las mañanas de los domingos, porque sobrevivieron a la distancia durante un año que transcurrió sabroso y veloz.
Ella concluyó sus estudios y se apresuró, entusiasmada, a la experiencia de vivir sola (excepto cuando él la visitaba) y estudiar en la ciudad más grande del mundo. Él siguió viviendo entre la universidad y la casa materna. Durante muchos meses y pocos años fueron fieles al ritual de comerse las bocas, los pensamientos y los bostezos; juntos habitaron casas, hoteles, pensiones, sueños, planes, camas y noches. Se vieron y se encontraron tantas veces como les fue posible, incluso tuvieron la oportunidad de jugar a vivir juntos como los adultos que nunca fueron y siempre creyeron ser. Eran buenísimos para hacer las compras en equipo: hacían una lista de lo indispensable (pan, queso, mayonesa, naranjas, jamón, leche, café y manzanas), y luego llegaban a la fila del supermercado con el carrito cargado de mermeladas, crema de avellanas, sushi y vinos dulces. También eran expertos en dormir juntos, soñar con los padres que nunca tuvieron, en buscar nombres para los muchos hijos que tendrían cuando fueran lo suficientemente autosuficientes; se volvieron maestros en el arte de estar en silencio, de apoyar al otro y de llenarse de ánimos para seguir adelante cuando la vida se ponía demasiado perra. Se querían bien, con prisa, con ansia, con generosidad, sin tiempo, sin permisos familiares, inconscientes.
Después, nada.
La vida, el tiempo, las ganas, las dudas, las heridas previas que no fueron capaces de sanar, las horas huérfanas, la inexperiencia, los berrinches, la niñez tardía, la adultez prematura, todo les cayó encima. Crecieron sin darse cuenta, por separado. Se les arrugaron las caras como dos pasas de uva, quizá por los celos callados, por los enojos chiquitos, que fueron creciendo hasta envejecerles los corazones, quizá porque así pasa con las historias que se vuelven recuerdos, quizá porque no todas las historias fueron escritas para acabar en un final feliz.
Un poco antes de convertirse en profesionistas exitosos, cuando estaban casi a punto de quedarse ciegos de tristeza, decidieron separarse. Era tanto el amor, que no les cupo en los corazones; tal el grado de unión al momento de la ruptura, que sus almas no pudieron despegarse del todo.
Ahora ambos viven en tres dimensiones distintas. Hay una en la que nunca volvieron a verse: ella juntó los pedacitos de su corazón, se casó, tiene cuatro hijos hermosos y un marido muy guapo, y él es un importante abogado que vive con una mujer de cabello negro, ojos verdes, carnosos labios rojos, tetas gloriosas y un tatuaje de Marilyn Monroe en un antebrazo. Hay otra, una que se formó cuando se despidieron con un último beso, en ésa ambos se encendieron en una chispa ofuscada e inacabable, convirtiéndose en una sola estrella; desde entonces viven colgados en el segundo piso de un firmamento alfombrado con vista al mundo entero. Hay, además, otra dimensión, en la que ambos viven cerca uno del otro, sintiéndose sin verse ni tocarse. En esta última dimensión lograron ser medianamente amigos, no se odian ni se quieren, se cuidan de no encontrarse, pero permanecen pendientes uno del otro (un día, ella ganó un premio por su trayectoria profesional y él estuvo aplaudiéndole en primera fila). En esta tercera vida, los dos aprendieron a ganar su propio dinero y a comprar sólo lo necesario los martes de plaza en el mercado. Cambiaron los sándwiches de nutella y los rollos de pescado crudo de los fines de semana, por sopas y ensaladas de lunes a domingo. Hay días en que la nostalgia los sacude y les dan ganas de estar cerca, de gritarse cuando menos, para volver a sentir que aún existen en el otro, aunque sea en el fastidio. Ninguno de los dos sabe cuál de estas vidas paralelas es la verdadera, pero hay algo en el fondo de sus corazones que les hace pensar que todas son reales, que el amor no tiene que acabar en "felices para siempre", que no siempre hay un final, y que nada es casualidad.
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