lunes, 27 de agosto de 2012

Tradiciones polvorientas.


Como a eso de las 3:45 de la madrugada, Nicolás se decidió a recoger sus pasos.
La tradición era volver a pasar por cada lugar querido para despedirse, pero él lo que quería era salir disfrutando del mundo vivido una vez más para guardarlo en el corazón por siempre.
No es que fuera muy grande su mundo: para entonces apenas había en su pueblito istmeño unas cuantas personas; la mayoría de la gente había emigrado hacia la costa, para trabajar en las empacadoras de camarón, pero él se había quedado, y con él sus recuerdos, que encerraban en cuadra y media todo cuanto en vida le había parecido importante. 
Se bajó de la hamaca pisando un alacrán güero que quedó desparramado en el suelo de tierra. Se bañó con jícara y agua caliente, se puso la camisa blanca de los días de fiesta (arrugada, porque la mujer que le planchaba la vida se le había huído hace tiempo), sus huaraches nuevos, su sombrero de domingo, se persignó en frente de su Santito de confianza, prendió la veladora y salió a la calle deslumbrante con los primeros rayos de sol, que todo lo ponen de un color amarillento.
La primera casa por visitar era la de su compadre, un señor alto, fuerte, flojo y taimado, pero no del todo malo, que le hacía compañía de vez en cuando en las tardes de caguamas y dominó. Se paró en su puerta y esperó. "¿Y ora qué será mejor? ¿Me espero a que se levante, o me meto en su casa y lo espanto hasta los pelos?" se preguntaba. Su mamacita chula le había enseñado desde muy pequeño que la amabilidad era lo que distinguía a los hombres de los animales, y ya casi estaba decidido a mostrar sus modales, cuando se imaginó la cara de susto que pondría el compadre al enterarse de que su amigo de borrachera lo había ido a saludar apenas acabando de morirse. No pudo contenerse. Entró a la casa y saludó a su amigo, que recién levantado, aún no había recibido la noticia de la muerte del hombre ahí parado frente a él, agradeciéndole los buenos tragos, las carcajadas, los préstamos para cuando no le alcanzaba la quincena y las botanas de los viernes.
Dejando al amigo muy confundido y con tres bostezos atorados entre pecho y espalda, se encaminó hacia la casa de su hermana, que desde las cuatro de la mañana estaba despierta, bañada, peinada de trenza y listón, con la boca bien pintada, perfumada y con el champurrado listo para su marido y sus hijos, que salían pitando a trabajar en la labor. Ella apenas lo vió llegar, lo supo. Agarró la primera silla que encontró y se puso a llorar como una niña entendiendo con el corazón que el hermano que la había acompañado toda su vida se había muerto de veras. Nicolás no sabía qué hacer. "¡Maldito el don de esta mujer, que ve llegar la muerte un mes antes de que uno deje de jalar aire! ¡Me echó a perder la sorpresa!", pensaba. Todavía contrariado, se acercó a ella y viendo que no paraba de llorar, le habló de lo bonito que iba a ser esperarla cuando ella decidiera morirse también, que del otro lado estaba la madre de los dos y el hijo que se le había muerto a los tres meses de nacido, la abuela que les daba chocolates hechos por ella misma, y la Virgen que los miraba con ternura desde su nicho en la iglesia del parque. La convenció de que no valía la pena llorar. "Necesito que cuides a mis nietos, Juana"  le dijo, "si sus padres salieron la mitad de locos que yo, voy a necesitar que los cuides más".  Ella le dijo que sí, que los cuidaría como a los suyos, se secó las lágrimas, lo abrazó por quinta vez en su vida y se despidió de él.
Nicolás salió de la casa de su hermana y caminó hacia la casa de la esquina cuando el sol casi acababa de salir. Era la casa de su hijo mayor, y entró con cuidado para no despertar a nadie. El muchacho trabajaba hasta muy entrada la noche, además de cuidar él solo a sus dos hijos olvidados por una madre distraída, así que no quiso despertarlo. Se sentó en una silla cerca de la ventana y le habló despacio. "Yo ya me voy, y no te pude dejar herencia grande, ni nada que empeñar en una urgencia, pero te dejo el recuerdo de que tu padre te dio buen ejemplo. No te canses m'ijo, acuérdate de qué es lo que vale la pena: pararse todos los días para cumplir, para ser hombre. Enséñales a mis nietos que vale la pena ganarse cada tortilla que se traga uno. Descansa en la noche, y en la mañana carga tu cansancio, carga tu corazón, y párate a trabajar. No te fijes si traes las patas quebradas, que por los hijos siempre debe uno recoger los pedacitos". Cuando acabó, pasó por el cuarto de sus nietos, y los besó. Le dijo algo al oído a su nieta recién nacida; rosada, rechoncha y bonita como nada que él hubiera visto antes; y se fue.
Cruzó la calle hacia la tienda de su hijo menor, entró y se comió las galletas de azúcar que le gustaban; para que no hubiera duda de que había sido él quien había estado ahí, dejó la envoltura tirada en el piso como de costumbre. Después subió las escaleras de esa casa, la única de dos pisos que había en todo el pueblo, y se quedó parado en el descanso admirando la prosperidad con que la vida bendecía a su hijo. Acabó de subir, pero en lugar de hablar con el hijo, se fue directo al lado de la cama en el que dormía su nuera, le agarró la mano y empezó a agradecerle en silencio por cuidar de semejante cabroncito. "Perdóname m'ija, por no meterle sus chingadazos a tiempo, por no educarlo bien. Te salió mujeriego y parrandero, pero le enseñé a cumplirle a tus hijos, y no les falta nada, eso que me valga para no irme a los recochinos infiernos". Al salir besó a su hijo en la frente y le metió tamaño pellizco, que casi lo despierta.
Para acabar el paseo, agarró camino hacia la casa de Alicia.
Alicia la de siempre. 
Ella ya lo estaba esperando. Sentada en una piedra del solar, lo miró de arriba a abajo, chupó el cigarro que acababa de enceder y escupió en el piso. Nicolás por poco se va para atrás. Esa mujer le daba miedo, pero la quería tanto, que casi se meaba de la emoción de verla otra vez. Sin mucho aspaviento le dijo que la amaba, que le dejaba de recuerdo unas cuantas alhajas que eran de su madrecita santa, y que no la iba a perdonar nunca, así se le hincara, por no haberlo querido lo suficiente cuando estaba vivo. "Tanto que te quise, Alicia, tanto que te quise..." Ella por toda respuesta volvió a escupir, volvió a chupar el cigarro que echaba humo como un diablo, y le pidió que se dejara de tonteras, que ella nunca le había pedido perdón por nada, ni pensaba pedírselo. "Pero ni un poquito me quisiste, Alicia, ni por los hijos que ya traías y que yo crié, ni por los dos hijos que tuvimos, ni porque te fui fiel toda mi vida, chula, ni por que me partí el lomo todos los días para darte lo que querías, para que no volvieras a trabajar en la cantina..." Así acabó la despedida, porque ella, ofendida, se levantó, agarró la piedra en que se había sentado, y se la aventó a Nicolás con una furia que lo hizo tirar sus sombrero al piso y salir corriendo a la calle. La había hecho enojar con eso de que no lo había querido ni un poquito, siendo que ella lo había querido como nadie. Así lo despidió, porque era una mujer de las de antes: ruda, cabrona y con muy poca paciencia para las joterías esas de la gente y sus sentimientos.  
Nicolás terminó de recoger sus pasos como decía la tradición, y mientras se desvanecía en arena rojiza con el sol resplandeciente de las siete de la mañana,  sintió que le nacía una sonrisa desde el fondo de la panza. Era feliz. Había vivido como debe vivir un hombre de bien, había cumplido a cabalidad con cada persona que había pasado por su vida, se había emborrachado puntualmente cada viernes, había echado dos hijos al mundo y no le quedaba ningún pendiente más que el de no haber domado a su mujer, pero estaba seguro de que su Santito le iba a perdonar eso y más, y murió en paz.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Flores y vaivenes.



Salió de la cama de puntitas para no despertar al gato negro que dormía en el pasillo.  
Como todos los días, se lavó la cara con el agua de rosas que la mantenía con el mismo cutis de colegiala desde hacía varios años, se peinó de lado dejando libres los rizos descarados que la hacían sufrir un día sí y otro también, se acomodó el blusón que le dejaba descubiertos los hombros morenos, se tomó su indispensable jugo de naranja, repasó el orden y limpieza de las recámaras olorosas a ceiba y salió a cuidar de su querido jardín.
Todo igual que lo había hecho desde que llegó a vivir en esa casa con el hombre que ahora era su marido, mucho antes de que viniera al mundo su única hija. 
La rutina la hacía feliz: como ella misma explicaba a cuanto indiscreto se lo preguntase, había vivido tanto bamboleo increíble en su juventud que ahora disfrutaba de la paz cotidiana de una familia caótica pero estable. 
Nada en sus acciones de esa mañana la delató, hasta que puso uno de los discos prohibidos en el reproductor de la computadora; esos discos que permanecían al fondo del anaquel de la sala, llenándose de polvo y sin que nadie los escuchara, salvo por una ocasión en Año Nuevo, cuando alguien que vino de visita los encontró y se puso a cantar a voz en cuello las nostalgias de su juventud universitaria con "Lo mejor de Caifanes". 
La hija se despertó cuando ella terminaba de quitar los tréboles parásitos que crecían junto a sus azaleas, tarareando entre dientes. Cantando podó las hojas desgobernadas de los tulipanes rojos y regó las buganvilias. Para cuando empezó con el brutal asesinato de las orugas voraces que se comían sus anturios, ya la hija y el marido la observaban bailar como a una flama desde la terraza de esa casa vieja que habían reparado desde sus cimientos y que poco a poco habían ido reconstruyendo hasta convertirla en un hogar. 
Él no se atrevía a hablar: la miraba hipnotizado, como si no la hubiera visto desnuda mil veces; como si no saliera con ella del brazo cada domingo, maquilladísima y hermosa, el rostro tostado, la silueta envuelta en eternas faldas largas; como si no la conociera al derecho y al revés; y aún le parecía que nunca había estado tan guapa como esa mañana, sin gota de rímel y en su blusón de franela. 
"Esa negra linda me tiene loco..." cantaba ella dando vueltas entre las macetas de los helechos, y seguía bailando. "Mi negra linda, nunca me dejes..." danzaba y la hija abría los ojos con tanta sorpresa como le cabía a su preadolescencia. A su madre le gustaba bailar y bailaba como nadie, eso lo sabía, pero lo que ocurría en ese momento frente a sus ojos era otra cosa: tenía que ser algo más, porque ahora esa mujer rumbera flotaba quince centímetros sobre el pasto que parecía brillar de tan verde.
Apenas pudo recobrarse, le preguntó a su padre qué sucedía, pero él, sabiendo que nada tenía que ver con el arrebato de su señora ni con su vaivén de caderas, la mandó a dar de comer al gato que chillaba de hambre y se quedó esperando sobre el barandal. 
La madre no notó la presencia de su marido sino hasta casi el final de la canción, cuando tuvo que detenerse porque pasó rozando las tejas del segundo piso. Entonces le sonrió como si no hubiera subido siete metros flotando, le dio los buenos días como si no se conocieran desde hacía veinte años, peor aún, lo besó como si él no supiera que esas canciones y esa alegría pertenecían a un exnovio muy anterior a su matrimonio, y no esperó a que él le devolviera el beso, si no que lo siguió besando hasta que él empezó a flotar también. Así, con el jardín en flor como escenario, el marido se dejó besar ya sin el resquemor de los celos que segundos antes lo invadieron, e infinitamente agradecido con todos los dioses por dejarlo formar parte de la maravilla que era el ritual de paz y alegría con que esa mujer de fuego vivía a diario, porque sabía que ella, increíble, medio hechicera de parte de su abuela, medio loca de parte de su padre, minuciosa, de mirada chispeante y llena de ternura, era su esposa, y lo amaba porque así lo había decidido. 
Así lo pensó y se fue a desayunar tranquilo, con el gato negro, la hija, la mujer y el recuerdo inofensivo de un hombre que antes hizo feliz a quien ahora lo hacía inmensamente feliz a él.