miércoles, 22 de agosto de 2012

Flores y vaivenes.



Salió de la cama de puntitas para no despertar al gato negro que dormía en el pasillo.  
Como todos los días, se lavó la cara con el agua de rosas que la mantenía con el mismo cutis de colegiala desde hacía varios años, se peinó de lado dejando libres los rizos descarados que la hacían sufrir un día sí y otro también, se acomodó el blusón que le dejaba descubiertos los hombros morenos, se tomó su indispensable jugo de naranja, repasó el orden y limpieza de las recámaras olorosas a ceiba y salió a cuidar de su querido jardín.
Todo igual que lo había hecho desde que llegó a vivir en esa casa con el hombre que ahora era su marido, mucho antes de que viniera al mundo su única hija. 
La rutina la hacía feliz: como ella misma explicaba a cuanto indiscreto se lo preguntase, había vivido tanto bamboleo increíble en su juventud que ahora disfrutaba de la paz cotidiana de una familia caótica pero estable. 
Nada en sus acciones de esa mañana la delató, hasta que puso uno de los discos prohibidos en el reproductor de la computadora; esos discos que permanecían al fondo del anaquel de la sala, llenándose de polvo y sin que nadie los escuchara, salvo por una ocasión en Año Nuevo, cuando alguien que vino de visita los encontró y se puso a cantar a voz en cuello las nostalgias de su juventud universitaria con "Lo mejor de Caifanes". 
La hija se despertó cuando ella terminaba de quitar los tréboles parásitos que crecían junto a sus azaleas, tarareando entre dientes. Cantando podó las hojas desgobernadas de los tulipanes rojos y regó las buganvilias. Para cuando empezó con el brutal asesinato de las orugas voraces que se comían sus anturios, ya la hija y el marido la observaban bailar como a una flama desde la terraza de esa casa vieja que habían reparado desde sus cimientos y que poco a poco habían ido reconstruyendo hasta convertirla en un hogar. 
Él no se atrevía a hablar: la miraba hipnotizado, como si no la hubiera visto desnuda mil veces; como si no saliera con ella del brazo cada domingo, maquilladísima y hermosa, el rostro tostado, la silueta envuelta en eternas faldas largas; como si no la conociera al derecho y al revés; y aún le parecía que nunca había estado tan guapa como esa mañana, sin gota de rímel y en su blusón de franela. 
"Esa negra linda me tiene loco..." cantaba ella dando vueltas entre las macetas de los helechos, y seguía bailando. "Mi negra linda, nunca me dejes..." danzaba y la hija abría los ojos con tanta sorpresa como le cabía a su preadolescencia. A su madre le gustaba bailar y bailaba como nadie, eso lo sabía, pero lo que ocurría en ese momento frente a sus ojos era otra cosa: tenía que ser algo más, porque ahora esa mujer rumbera flotaba quince centímetros sobre el pasto que parecía brillar de tan verde.
Apenas pudo recobrarse, le preguntó a su padre qué sucedía, pero él, sabiendo que nada tenía que ver con el arrebato de su señora ni con su vaivén de caderas, la mandó a dar de comer al gato que chillaba de hambre y se quedó esperando sobre el barandal. 
La madre no notó la presencia de su marido sino hasta casi el final de la canción, cuando tuvo que detenerse porque pasó rozando las tejas del segundo piso. Entonces le sonrió como si no hubiera subido siete metros flotando, le dio los buenos días como si no se conocieran desde hacía veinte años, peor aún, lo besó como si él no supiera que esas canciones y esa alegría pertenecían a un exnovio muy anterior a su matrimonio, y no esperó a que él le devolviera el beso, si no que lo siguió besando hasta que él empezó a flotar también. Así, con el jardín en flor como escenario, el marido se dejó besar ya sin el resquemor de los celos que segundos antes lo invadieron, e infinitamente agradecido con todos los dioses por dejarlo formar parte de la maravilla que era el ritual de paz y alegría con que esa mujer de fuego vivía a diario, porque sabía que ella, increíble, medio hechicera de parte de su abuela, medio loca de parte de su padre, minuciosa, de mirada chispeante y llena de ternura, era su esposa, y lo amaba porque así lo había decidido. 
Así lo pensó y se fue a desayunar tranquilo, con el gato negro, la hija, la mujer y el recuerdo inofensivo de un hombre que antes hizo feliz a quien ahora lo hacía inmensamente feliz a él.

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