miércoles, 16 de enero de 2013

Sin título (aún).


A diferencia del resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras, Luis nació de un pensamiento: luego de un arrebato literario en el que leyó veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta. Salió de detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un zorro que deseaba ser domesticado.
Durante sus primeros meses de vida, sus padres tuvieron dificultades económicas -ya se sabe que alimentar a un niño así no podía ser tarea fácil, habían de comprar más de cinco libros al mes para poder leerle a diario- así que a su abuelo se le ocurrió una idea luminosa: una mañana, cuando el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente por muchas generaciones.
Pero no sólo su aparición en el mundo fue de fábula, también su niñez se convirtió en una historia digna de contarse; apenas tuvo edad suficiente para salir a jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su espalda -¿Ya mencioné que tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas- que lo ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.  

Cuando, demasiado cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse sobre las claras arenas del solar, él se paraba sobre una piedra alta y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho pero dueño de un gran sentido del honor, y de su fiel escudero Sancho, sazonándolo todo con detalles salidos de su propia imaginación. Cualquier día, al relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y decidido del mismísimo Conde de Montecristo (esto último asustaba un poco a los niños vecinos, pero se lo perdonaban rápidamente porque era muy divertido verlo elevarse algunos centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente emocionante y porque era mucho más barato estar ahí escuchándolo que ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor). 

Con el paso del tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes. Literalmente: todos los días a las siete de la mañana pasaba frente a su casa una chica de ojos coquetos que lo hacía suspirar y suspirar elevándose hasta que poco a poco iba dejando esta tierra. Una vez subió tan alto que los vecinos salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas corrieron enfurruñadas a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los nubarrones aperlados que se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que bajar, a falta de mejor escalera. 

Así, entre libros y vuelos, fue pasando la vida. 

Un día de tantos, habiéndose bebido ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre: viviría su propia historia.
Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera una sábana limpia, envolvió en esa sábana un poco de ropa y sus tres libros más queridos, le hizo un nudo y se echó el envoltorio a la espalda. Pasó a la cocina por un vaso de leche fresca y luego fue a despedirse de su familia; les contó de las mil y un proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes. Acostumbrados como estaban al asombro que les causaba ese muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia, se limitaron a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.  
Así, con una sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas suaves como el algodón ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las páginas de un libro nuevo. Yo tuve la suerte de conocerlo en una ocasión en que tocó tierra para descansar, pero ya habrá tiempo para contar esa historia después.

De las explosiones femeninas...


Viviendo el caos y la prisa familiar del día de hoy, caigo en la cuenta de lo difíciles que podemos ser las mujeres, así como del estrés al que sometemos a las personas que nos rodean y nos aprecian. ¡Pensar que un sencillo despunte de cabello nos puede trastocar el humor y la ternura! 
De un momento a otro dejamos de ser las dulces cariátides de un hogar en paz para transformarnos en las divas enfurruñadas que clavan diez uñas en el volante mientras se pasan el semáforo en rojo. De las risas confidentes y relajadas en el desayuno pasamos a las recriminaciones (a veces infundadas, SÓLO A VECES) contra cualquier individuo desafortunado que se atraviese en el camino. 
Lo más duro es entender que este estallido transmutador puede ser detonado por la cosa más insignificante: que se nos rompa una uña, que nos ganen un lugar en el estacionamiento, que la cajera deje colarse a alguien en la fila... Pero antes de que se me acuse de traicionar a mi género, debo aclarar que las situaciones antes mencionadas son sólo la chispa que enciende una mecha que sería inofensiva si no fuéramos mujeres complejas y entregadas. ¿Por qué? Porque de no serlo, la uña rota no nos recordaría que hace tiempo que no visitamos el salón de belleza, porque el trabajo o la familia nos absorben; tampoco nos importaría perder el lugar en el estacionamiento y caminar, si no fuera porque andamos subidas en tacones de doce centímetros, mismos que usamos para alegrarles los ojos a esos seres que adoramos; de igual modo, la cajera corrupta sería irrelevante si no nos recordara que sentimos la obligación moral de dejar este mundo un poco mejor para los pequeños que vendrán, o que ya están aquí, tomados de nuestra mano y mirándonos como al mejor de los superhéroes.
Así las cosas, guardo estas notas para mejor ocasión y me dispongo a escuchar a mi superheroína personal mientras se desahoga porque ya se le hizo tarde para ir por mi hermano a la escuela...