Viviendo el caos y la prisa familiar del día de hoy, caigo en la cuenta de lo difíciles que podemos ser las mujeres, así como del estrés al que sometemos a las personas que nos rodean y nos aprecian. ¡Pensar que un sencillo despunte de cabello nos puede trastocar el humor y la ternura!
De un momento a otro dejamos de ser las dulces cariátides de un hogar en paz para transformarnos en las divas enfurruñadas que clavan diez uñas en el volante mientras se pasan el semáforo en rojo. De las risas confidentes y relajadas en el desayuno pasamos a las recriminaciones (a veces infundadas, SÓLO A VECES) contra cualquier individuo desafortunado que se atraviese en el camino. Lo más duro es entender que este estallido transmutador puede ser detonado por la cosa más insignificante: que se nos rompa una uña, que nos ganen un lugar en el estacionamiento, que la cajera deje colarse a alguien en la fila... Pero antes de que se me acuse de traicionar a mi género, debo aclarar que las situaciones antes mencionadas son sólo la chispa que enciende una mecha que sería inofensiva si no fuéramos mujeres complejas y entregadas. ¿Por qué? Porque de no serlo, la uña rota no nos recordaría que hace tiempo que no visitamos el salón de belleza, porque el trabajo o la familia nos absorben; tampoco nos importaría perder el lugar en el estacionamiento y caminar, si no fuera porque andamos subidas en tacones de doce centímetros, mismos que usamos para alegrarles los ojos a esos seres que adoramos; de igual modo, la cajera corrupta sería irrelevante si no nos recordara que sentimos la obligación moral de dejar este mundo un poco mejor para los pequeños que vendrán, o que ya están aquí, tomados de nuestra mano y mirándonos como al mejor de los superhéroes. Así las cosas, guardo estas notas para mejor ocasión y me dispongo a escuchar a mi superheroína personal mientras se desahoga porque ya se le hizo tarde para ir por mi hermano a la escuela...
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