sábado, 10 de octubre de 2009

Papayas cósmicas, televisoras, jodidez, entre otros temas...

Hoy no sé qué escribir. Después de ser parte de una actividad artística, la mente se despierta y se pone en actividad el lado crítico y creativo de todo ser humano sensible.

Acabo de ir a ver una obra que se llama "Cuarta caída, la verdadera historia" y aún estoy tratando de asimilar lo que sucedió. Fue muy interesante, porque la propuesta era nueva para mí: teatro en casa. Alguien prestó su departamento y la historia del Santo (contada por dos personajes fanáticos argentinos extravagantes y con personalidades dispares) se desarrolló, tergiversó y llenó de fantasía y risas entre la sala, el baño y una recámara. Me es difícil dar el plot de la obra porque empezó hablando de mitos y comparando los mismos con las estatuas de los héroes que nos encontramos por la calle, y acabó con una parodia de Libertad Lamarque, todo lo anterior enlazado por una máquina del tiempo y el personaje de un artista fumado y con un ego que no cabía en el depa. Como ya dije fue interesante. Me entretuvo. Morí de risa un rato junto al resto de los espectadores ante el performance que parodiaba al incomprendido gremio de los "artistas" malditos. Aquellos que creen que su obra es tan innovadora, tan exquisita y única que no necesita ser comprendida por el espectador.

Y fue maravilloso, porque pude reírme a mis anchas de estos creativos, en un espacio neutro. Fue liberador porque me dan ganas de reírme de ellos todos los días, pues recibo cátedras de varios especímenes de esta raza rara. Fue doloroso verlo porque es cierto. El ego de esta gente en la vida real es de ese tamaño. Estos artistas (llámense performanceros, directores escénicos, músicos y hasta actores) de veras creen que no necesitan al público. Que pueden simplemente presentar obras que sólo ellos entienden y sólo ellos disfrutan, y, en un acto profundamente egoísta, escudarse diciendo que si el público no va, es porque no ha alcanzado el nivel intelectual/sensitivo/artísico que ellos sí poseen. Como si fueran alguna especie de iluminados mamones que le hacen un favor al mundo cobrando por que alguien (porque el quórum en sus obras no sobrepasa las cinco personas por función) vaya a ver su papaya cósmica*.

Saliendo de la obra fui directo a tomarme un cafecín con una amiga, compañera de farra y brillantísima filósofa de cabecera. Fuimos al lugar de siempre y empezamos a comentar la obra. Acabamos hablando de algo totalmente distinto. La charla se encaminó hacia la manera en que los churros televisivos influyen en nuestras vidas. Hablamos sobre las taranovelas mexicanas y la influencia enorme que tienen estas en nuestros estilos de vida, la forma de vestir, y hasta la manera de hablar. Acabamos sin saber si maldecir a Televisa por convertirnos en una nación de zombies más preocupados por saber si Luismi le pone los cuernos a la madre de sus hijos que por los cambios bruscos en las leyes mexicanas de los últimos cinco meses, o si maravillarnos y alabarla por tener entre sus filas a los mercadólogos más chingones del mundo. Fueron capaces de mantenernos en vilo casi un mes por un triste virus que mató menos gente de la que muere a diario por el narcotráfico, pero no dijeron nada de la legalización en la portación de estupefacientes. Hacen que medio país se sienta orgulloso cuando La Selección (sí, esa horda de cromagnones sobrepagados que corren tras una pelotita) gana un miserable partido contra un país que ni siquiera destaca en el deporte, pero casi no se oye hablar del recorte millonario al presupuesto, de por sí pobre, de las actividades culturales. Lograron que una generación entera se subiera las minifaldas hasta los riñones con tal de ser rebeldes, pero no hay quien deje salir en los noticieros a los familiares de las muertas de Juárez que exigen investigaciones a fondo. ¿En qué pinche país vivimos, que en lugar de enseñarles a las niñas a pensar de modo crítico para trabajar por lo que quieren y merecen, las dejamos cantar pidiendo un maldito mundo de caramelo?

El encabronamiento me invade. Y entonces todo adquiere sentido. Y me enojo aún más. La gente común (mi familia y amigos incluídos) no va al teatro para pensar, ni va al cine para ver documentales. No tiene tiempo para leer. En realidad no le interesa lo que pasa en la sociedad porque viven bien. Les alcanza para subsistir cómodamente. La televisión les hace compañía. Les da pautas de convivencia para ser aceptados dentro de un grupo social. A los niños los educa para ser parte de la maquinaria de consumo de entretenimiento. Entretener. Pan y circo. Estamos jodidos. Todo lo que nos rodea nos adiestra para evitarnos la incomodidad de pensar. Todos los estímulos nos abducen para no expresar inconformidad. Si no te das cuenta de que eres una oveja más, ¿por qué habrías de negarle al granjero la lana que te quita?

Y encima de eso, haciendo a un lado las pocas probabilidades que tenemos de que la gente se acerque al arte y a las actividades culturales, aparte de todo, los creadores de pacotilla que mencioné anteriormente siguen recibiendo becas del FONCA*. Y es así como las pocas probabilidades que tenemos de hacer del arte un agente de cambio para la sociedad podrida en la que vivimos, se esfuman dejando tras de sí el mal sabor de boca que se lleva aquel que paga por ver algo que ni siquiera entendió. Estamos jodidos. Si la gente de por sí no va al teatro, si la gente de por sí no desea pensar, si la gente siente desagrado por todo aquello que le hace notar su realidad, y aparte, cuando decide darle un oportunidad a ese oscuro y raro objeto que algunos llaman arte, se topa con una jalada rarísima por la que paga y tiene que aplaudir al final ¿cómo podemos esperar que al situación mejore y esta gente se acerque a la cultura en lugar de sentirse emocionalmente cercana al artista de moda?

Me da miedo, porque entonces entiendo que mi responsabilidad es aún más grande. ¿Qué tal si va a ver mi obra alguien para quien es su primera vez en el teatro? ¿Qué tal si no le gusta? ¿Qué tal si no le entiende a nada? ¿Qué tal si no siente nada, ni desagrado? Más terrorífico aún: ¿qué tal si no regresa nunca más al teatro? ¿Qué tal si decide quedarse todos los días en su casa aceptando que una conductora le mienta en la cara y le llene la cabeza de pendejadas? ¿Qué tal si su decepción hacia el "arte" hace que prefiera ver a Maribel Guardia enseñando las tetas mientras alguien del público hace el ridículo frente a medio país? ¿Qué tal si esa enajenación lo hace feliz o lo hace creer que es feliz mientras su ignorancia se hace más y más grande? Terror. Estamos jodidos.

Por favor. Sáquenme de mi zozobra y comenten.




*Nota al pie:
Papaya Cósmica: Argot teatrero. Es aquella obra llena de efectismos performanceros que por lo general sólo tiene sentido para el director (a veces ni para él) y que por lo general el público no va a ver, porque por lo general no entiende ni jota, ni tiene interés en entender.// Dícese de la obra de arte que parece que fue creada después de varios porros o de un cóctel de drogas duras.
FONCA: Fondo Nacional de Creadores de Arte.

martes, 11 de agosto de 2009

Disertaciones insensatas y vanidosas sobre la lectoescritura...

Tlapalería. Elena Poniatowska. Y yo sin quehacer el segundo día de clases de este último año de licenciatura. Me puse a leer. Hace tanto que no leía por gusto. Al menos, no prosa. Cuando se estudia Literatura Dramática, las obras teatrales ocupan la lista de lectura todo el año. Pero hoy hasta el hambre se me olvidó (acontecimiento extraordinario) por quedarme a leer toda la tarde en la biblioteca. Fue así como, metida hasta la nariz en los cuentos de ésta mujer, una lucecita que hace tiempo no veía se encendió en mi cabeza.

Una sola línea en medio de un relato. "...Eres sólo un árbol. Y me voy porque si me quedo, este cuchillo que ahora estoy enterrándote a ti entre la corteza, se lo habría encajado a él en la espalda. Pero tú eres sólo un árbol, sólo eso, un árbol...". Entonces tuve la certeza de que la autora había dejado al descubierto toda su rabia, su dolor, o los de alguien más, en ese fragmento del relato y los había dejado ahí para que alguien en algún momento los descubriera. Y fui yo quien los encontró. Y me sentí avergonzada. Apenadísima. Como quien sorprende accidentalmente a una amiga a medio vestir.

Como dramaturga y aspirante a artista escénica, creo que este es el más alto goce, la aspiración más loca que un escritor (o cualquier artista) puede imaginar: que entre el "público" se encuentre (¡por fin!) alguien que entienda la obra de arte creada. Pero esto es también el peligro y el terror más íntimo. Cuando yo, lector, acaricio las hojas de los árboles en una novela de Poniatowska, cuando miro en los ojos grandes de las mujeres de Mastretta o escucho la poesía de la Sor Juana de Castellanos, me acerco íntima y peligrosamente al interior de todas ellas. Soy capaz de escuchar sus pensamientos (disculpen mi vanidad, son mis autoras favoritas). Las invado. Pero me autodisculpo por la invasión, porque creo también que es esto lo que busca todo el que se expresa con la palabra escrita: dejar parte de sí en las páginas, grabar los propios dedos en la hoja, sangrar al corazón en la tinta y esperar con fe que haya alguien, así sea sólo una persona, a quien podamos transmitirle nuestro sentir.

Todo aquel que se dedica al arte hace lo propio. El que canta intenta tocar tus recuerdos con su voz y que tú toques su vida coréandolo de vuelta. El pintor quiere quedarse a vivir en tus ojos y que lo lleves contigo a ver las cosas que verás tú. Yo, con lo que escribo y con las obras con que trabajo, intento gritarle al oído al espectador. Sacudir sus entrañas con lo que hago que digan los personajes. Encenderle un fuego en el alma con cada historia que cuento. A veces lo más que consigo es que escuchen un susurro, que sientan un mínimo estremecimiento o apenas un bochornito pequeño. Y con eso me basta, porque entonces me asusto y soy yo quien escucha el grito en mi propio oído, soy quien siente la sacudida y el ardor del fuego en el corazón al darme cuenta de que he dejado la puerta abierta. He permitido que algún espectador receptivo (si acaso) tenga la oportunidad de mirar dentro de mí de la misma forma en que yo creo ver dentro del alma de Elena, de Ángeles y Rosario. Ese es mi deseo más loco y aterrorizante. Es a la vez el más sublime.

He aquí la ilusión que me sostiene de pie mi teatrito del día a día. Que en medio del aplauso, alguien, sólo una persona entre el público, haya entendido lo que le quise decir. Peor aún. Que pueda entender por qué quise decir eso. Quizá él o ella se acercarán peligrosamente a mi interior. Escucharán mis pensamientos. Invadirán. Qué maravilla.

miércoles, 17 de junio de 2009

De las cosas que no he podido decirte.

A continuación un fragmento de algo que escribí hace ya mucho tiempo, pero que hasta ahora encontró la salida.





Si te contara la de cosas que no he podido decirte cuando te tengo cerca. Te maravillarías de saber la cantidad de cosas que puede pensar y sentir una mujer y no decirlas. Te enterarías de que hay más secretos en este mundo de los que tú pensabas que había, y aún más de los que crees comprender. Entenderías que las estrellas permanecen separadas por su hambre de estar juntas y brillan porque son mudas y brillando es la manera en la que pueden compartir el calor que sale de sus cuerpos cuando aman. En ese momento comprenderías que te quiero. Te quiero aunque no lo diga, aunque no me creas. Aunque yo no me crea cuando lo digo.
Te quiero. Te extraño por las noches, cuando duermo sola, y cuando duermo contigo y tú te das la vuelta, te extraño. Cuando camino por la calle y siento en el viento la carga dulce de tu aroma, me urge voltear y que estés ahí para abrazarte y que abraces mi ansiedad. Te quiero todos los días a todas horas, para abrazarte, para comerte, tomarme el aire que te rodea, morderte la boca. Te quiero cuando me caes mal por tus errores, cuando me caigo mal por quererte tanto, te quiero. Te espero todos los días a cada hora, y escucho tu risa, y cuando la escucho no puedo esperar más. Me gustas cuando eres fuerte, cuando eres más fuerte que yo y me gustas aún más cuando me haces creer que soy más fuerte de lo que soy y te amo cuando tú crees que de verdad soy fuerte.
Cuando no te lo digo, cuando me ves más enojada, cuando me veo triste, te quiero. Cuando tu no me quieres, cuando me ignoras, cuando estás ahí pero no estás conmigo, aún te quiero, y te quiero aún más, y siento ganas de meterme en tus pensamientos y quedarme a vivir ahí, hasta que te des cuenta de que no estoy y vuelvas a buscarme. Me gusta cuando me buscas, me gusta cuando no me encuentras y sigues buscando, cuando me escondo de ti, y tú intentas alcanzarme. Darte pistas, dejar rastros, para que sepas que estoy e intentes encontrarme. Me gusta encontrarme en ti.

sábado, 13 de junio de 2009

Tan amargo y tan dulce.

O sea que no soy la única.
Al menos tres personas ayer dijeron que esa reacción es universal.
Si quienes lo dijeron hubieran sido cualquier persona, quizá la afirmación no tendría peso.
Pero la misma frase salió de la boca de tres mujeres independientes, maduras, de profesionistas exitosas, y, sí, de sus tres corazoncitos que alguna vez se sintieron tan deshechos como el mío. Trato de pensar en los pelmazos que tuvieron que haber sido sus parejas como para no poder ver lo maravillosas que son cada una de ellas y descubro que fueron igual de idiotas que la mía, que decidió rapidamente que no era capaz de estar solo ni un instante.
Lo interesante (y lo que dió pie a esta entrada) es que aún sabiendo que actuaron mal, que no merecen ni un instante más de nuestro pensamiento, y que valemos todas infinitamente más que ellos y que el vano trazo de mujer tras de la cual movieron las colas, mucho más que su propia inseguridad, mil veces más que su incapacidad de reconocer sus propias carencias emocionales; pasada la ira y la decepción inicial que trae consigo el descubrimiento y/o padecimiento de sus acciones, todas intentamos justificarlos.
Todas a una voz cerramos los ojos y dijimos "No es cierto","Tiene razón, estoy exagerando", "Son amigos, ¿quién soy yo para cuestionar su relación?", o "Pobrecito, se siente muy mal", "Es su personalidad" "Me necesita". Y me resulta increíble porque al pensarlo desde fuera, las escucho a ellas decir eso y me vuelvo loca ¿será posible que no vean lo que yo veo? ¿será que ellas no se miran a sí mismas, lo hermosas, amorosas, intelingentes que son? ¿lo mucho que tienen para dar a alguien que sí sea hombre y no simulacros? Y bueno, no lo ven, porque aún están adentro. Del mismo modo en que yo no veo por qué está mal que lo siga extrañando. Pero lo está.
De eso se trataba esta entrada, aunque dije tantas cosas que no creo que haya quedado claro. Del dolor alegre de seguir pensando en ellos. ¿Por qué no simplemente cancelarlos? Porque la mente repasa y escudriña cada instante compartido para tratar de encontrar en el los motivos para dejar de quererlos. Porque necesitamos convencernos de que se acabó. Sin embargo, aunque la mente encuentre una y mil veces motivos de sobra para el olvido, el corazón se resiste a dejar ir lo que alguna vez lo hizo feliz. Y esto último me lo dijo un hombre, no es invento mío (y no, no es gay): "Sé que hizo mal, y no la disculpo, pero ese engaño me hizo feliz alguna vez y esa felicidad es con lo que me quedo".
Dejo el enlace a una canción que enlaza la entrada anterior, es mi canción favorita de la película que mencioné: http://www.youtube.com/watch?v=AzWw9CrIPMg

You are in my blood like holy wine
Oh, and you taste so bitter and taste so sweet
Oh I could drink a case of you
I could drink a case of you darling.
And I would still be on my feet
Oh Id still be on my feet

I am a lonely painter
I live in a box of paints
Im frightened by the devil
And Im drawn to those ones that aint afraid
I remember that time that you told me, you said
Love is touching souls
Surely you touched mine
Cause part of you pours out of me
In these lines from time to time.

viernes, 12 de junio de 2009

Y si no existe, no moriré de un corazón roto...

Henos aquí. Una vez más. Como nunca y como siempre.

He aquí la primera entrada que escribo en este blog nuevo, inspirado en parte por los apasionados escritos de Marelupus y en parte por mi resolución de volver a comenzar.

He perdido la costumbre de dejar mis ideas fluir y escribir lo que mi yo interior quiere gritar. Pero anoche, por primera vez en mucho tiempo, pude dejar salir las cosas, y aunque el alivio no fue total, por lo menos pude dormir en paz por primera vez en muchos días.

Heme aquí sentada frente a mi computadora, incapaz de salir de mi cuarto, encerrada a piedra y lodo, a salvo de un mundo que amenaza con devorarme entera. Ya lo hace. A veces tengo la sensación de que un día de éstos no va a quedar nada de mí. Si los kilos no fueran tan necios, es probable que encontraran en mi casa sólo los huesos de lo que fue alguna vez una mujer.

Ha acabado todo. ¿O es que todo acaba de empezar? Debe ser así. No puedo distinguir si el nudo en mi estómago es el de la expectación anhelante por aquello que se adivina de lejos, o si es el sapo que me tragué en forma de tristeza contenida cuando intenté llorar de rabia y no fui capaz de permitírmelo. Quiero pensar que se trata de las mariposas en el estómago que levantan el vuelo cuando adivinan que el nuevo amor llega. Eso debe ser.

Habrá de ser así. Porque he decretado que así será. Hoy escuché a mi Pepe Grillo. A esa nena maravillosa que Dios me regaló en forma de amiga, mi más Caro tesoro. Y cuál no sería mi sorpresa al descubrir en su voz y sus palabras el espíritu mío. Entendí entonces que no había otro camino más que seguir de frente, y cumplir sus intenciones para mí como si de mandatos celestiales se trataran. -Mira arriba de los cerros- me dijo,- el cielo es tu límite.- ¿Cómo decirle que no? Es menester ser feliz. Yo misma le dije que serlo era una decisión propia.

Henos aquí. El título de esta primera entrada surge de un diálogo entre dos hermanas, en una película que me gusta mucho: Practical Magic. En esta escena, una niña destrozada por la muerte de su madre a causa de un corazón roto por la muerte del esposo, hace un conjuro para repeler el amor, pidiendo un hombre con características tan raras que fuera imposible de encontrar. Su hermana le dice que no existe nadie así, nadie como ella describe al que quiere que sea su amor. La niña le responde que ese es precisamente el punto: -Si no existe, no morire de un corazón roto.

Heme aquí. No moriré. Parece el final pero es mi principio.