viernes, 7 de diciembre de 2012

Árboles.


Los árboles de esta Alameda no se preguntan si tienen derecho a reverdecer en invierno, si combinan con el entorno, si estorban... No temen que los talen por la mañana, no les asusta la lluvia. Son altos, fuertes, deformes, esbeltos, ancestrales, siempre jóvenes, siempre nuevos. 
Estos árboles han estado aquí por siglos, y seguirán estando después de que mis bisnietos se hayan ido. Y sin hacerse preguntas absurdas, sin temer, sin dudar, dan sombra, cobijo y alimento a los pájaros que en ellos cantan. 
Por eso los abrazo con los ojos, me guardo sus hojas verdes en la mirada, sus raíces tercas en el alma, y les pido que me conviertan en uno de ellos, que me quiten la zozobra, impregnándome de bienestar para ser techo, salud y abundancia de aquellos que confían en mí, de mis pájaros personales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario