jueves, 6 de diciembre de 2012

La piñata de la niña.



Así que le pidieron que pasara al centro del salón a romper la piñata (un amasijo de recortes coloridos, brillantinas tornasoles y florecitas fucsias), que después de haber sufrido silenciosa los golpes de todos los niños de la fiesta, todavía no cedía ni siquiera un poco, y que él, por ser el flamante responsable de haber traído al mundo a la festejada, debía ser capaz de hacer estallar en pedacitos, como todo buen papá. 
Le dieron el palo decorado con flequillos de papel crepé y mil moños rosas alrededor. Le vendaron los ojos. Los asistentes entonaron al unísono la canción usual para romper la piñata y entonces todo pasó. 
En un segundo estaba golpeando con todas sus fuerzas la caja de cartón de colores y en ella, al mismo tiempo, su juventud veloz; apaleaba las oportunidades postergadas, las camas furtivas en las que ya no se había acostado, su carrera universitaria atrasada, lo ridículo que se veía disfrazado de padre con un bigote ralo y un enorme saco plomizo que denotaba su condición de alquilado, su imprudencia y la de la madre de la niña, que después de una década de noviazgo sin contratiempos finalmente había perdido la cuenta de las menstruaciones y, con ellas, la paciencia y la sonrisa. 

La piñata acabó -por fin- hecha añicos.  Él vio caer la lluvia de caramelos sobre la cabeza de su hija, su sonrisa inmaculada buscando los premios en el suelo junto a los otros niños.  Entonces todo cobró un sentido real: esa niña era suya, lo sentía en sus huesos.  Todas las noches de incomodidad durante su gestación se convirtieron en un recuerdo chusco; los repentinos cambios de humor de su mujer, que hasta hacía un par de años estaba igual de asustada que él, de pronto le parecieron adorables; el frustrante trabajo mal pagado que había tenido que conseguir de urgencia cuando se enteró de que estaban embarazados, tuvo entonces un motivo divino: el cielo lo había señalado como el bendito depositario de un tesoro de luminosos ojos grises y rojas mejillas, y a partir de entonces sería para él un deber dichoso satisfacer a cabalidad toda necesidad, todo capricho de esa princesa vestida de tules y lentejuelas que se arremolinaba en el piso del salón guardando entre la falda tantos dulces como podía.

Aún caracterizado de hombre de familia, se secó el sudor de la frente y regresó despacio a la mesa desde la que su novia de toda la vida lo miraba, entre incrédula y aliviada de verlo así, convertido en papá. Él le guiñó un ojo cómplice, la tomó del sitio donde alguna vez antes del embarazo estuvo su cintura y la condujo hacia el área de juegos infantiles de esa sala de fiesta, donde la pequeña casa de muñecas les sirvió de escondite para una sesión de besos clandestinos como no habían tenido en mucho tiempo.

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