Creció escuchando las canciones suaves que su madre, de otra parte del mundo, le tarareaba con una voz y un ritmo diferentes a los de la gente del lugar. Ella no hablaba con acento, ella hablaba con melodía. Nunca entendió como era posible, pero hasta sus reprimendas más duras a él siempre le parecían dulcísimas. El pequeño bandido se portaba mal sólo por el gusto de escuchar los regaños de mamá, pero conforme fue creciendo, se le fueron agotando las travesuras, hasta el punto de no quedarle ni una por realizar. Entonces empezó a imaginar.
Todos los días al volver de la escuela se sentaba a la mesa a esperar a que la señora de la voz bonita le sirviera de comer y mientras ambos saboreaban los guisos olorosos a pimienta gorda, a albahaca fresca, a aceites humeantes, él se inventaba una historia nueva. Su madre, acostumbrada a escuchar las hazañas y fechorías de todos sus hijos, al principio no le dio importancia, pero empezó a preocuparse conforme las aventuras relatadas fueron subiendo de tono. Un día el niño le contó que se había subido al árbol más alto que estaba del otro lado del río, y que había encontrado en el tronco a una serpiente del largo de diez cuadras. Al día siguiente, aseguró que del río que se partía en dos había salido un lagarto anciano que lo siguió desde la escuela, y el viernes de esa misma semana entró a la sala familiar, donde todos descansaban, gritando que había caído un rayo de sol sobre la casa del vecino, incendiándola. Sin embargo, nadie del pueblo ni de su familia pudo legar a a tiempo para ver jamás las pruebas de lo que el niño contaba. Todos cuantos lo conocían trataban de hacerle entender que lo que juraba haber visto simplemente no existía.
Lo mandaron a revisar por el médico del pueblo, que sólo pudo asegurarles que el niño necesitaba que le prestaran menos atención y nada de televisión para detener las alucinaciones. En casa se tomaron las medidas recomendadas y el pequeño fue creciendo cada vez más centrado, menos inquieto, menos soñador. Creció hasta convertirse en un joven alto, fuerte, con gesto adusto y mirada de quien sabe o cree saber a dónde lo llevará la vida. Ya estaba a punto de irse del pueblo a buscar futuro y felicidad, cuando todo pasó.
Llegaron las otras personas: extranjeros ricos que vieron en el lugar una vida tranquila y una fortuna por amasar. Levantaron lujosas residencias cerca de la carretera, pintándolas de modo que resaltaran entre el blanco y el ladrillo del resto de las casas, compraron tantos terrenos como se los permitió la ignorancia de los lugareños y empezaron a deliberar sobre cuál sería la forma más veloz de vaciar los bolsillos de esa gente con baratijas e ilusiones. Ya casi abrían una tercera tienda de chucherías con letreros luminosos y comida sin sabor, cuando la tierra se defendió. El río perdió sus dos colores definidos (ése río que siempre había sido azul de una orilla y verde de la otra), mezclándose hasta volverse una corriente de agua lodosa. De sus arenas suaves salió un anciano con verde piel escamosa y una barba blanca que le cubría las piernas; del tronco del árbol más alto se desprendió un trozo de corteza que al caer se convirtió en la serpiente más larga de la que se haya tenido noticia.
La gente muerta de susto se miraba sin hablar, preguntándose qué iba a ser de su pueblo: "Estas cosas no se veían desde el tiempo de mis trisabuelos, algo malo han de presagiar. Alguien tiene que ir a hablar con el anciano y su serpiente antes de que pase algo más. Antes de que caiga un rayo de sol y nos incendie las casas, por ejemplo". Como era de esperarse, el elegido para ir de vocero fue el niño de las alucinaciones que, siendo ahora un adulto sensato, no entendía cómo podría él comunicarse con esos seres que a decir de toda su familia, nunca existieron. Entre contrariado y feliz por probar su cordura, fue a ver a su madre, quien le pidió que tuviera cuidado y le hizo de comer para que tuviera fuerzas e historias para enfrentarse a las criaturas fantásticas que para entonces ya habían salido del lecho del río, acercándose a las casitas que parecían temblar apretujándose entre sus techos de teja roja.
Decidido, avanzó hacia el anciano-lagarto y, mirándolo a los ojos, lo saludó con amabilidad. El anciano entonces, tomó a la serpiente como báculo y señaló hacia la tierra que había sido ocupada por los estafadores advenedizos. "Mira tu tierra, hermosa tal cual es. Mírala perder sus colores puros, el barro y la cal, las piedras y la teja. Mírala contaminarse de plástico y humo, de basura y anuncios". De los ojos de la serpiente saltaron tres gotas de lodo, que así es como lloran las serpientes gigantes, y entonces el niño-hombre-farsante-cuentista entendió lo que debía hacer.
Armado con la comida de su madre, la originalidad con que lo bautizó su abuela, un elegante traje que había sido de su padre y un par de mentiras, se fue a ver a los extranjeros. Apenas llegó, empezó a despepitar un sinnúmero de leyes inexistentes que en conjunto prohibirían el establecimiento de negocios como los suyos, lo que desconcertó a los taimados comerciantes pero no los hizo partir de inmediato, como lo había planeado. Entonces hiló historias de aparecidos sobre esos terrenos, maldiciones milenarias y premoniciones de una inundación que acabaría con la fortuna y la descendencia que hasta ese momento hubieran podido acumular. Esto tampoco habría tenido efecto alguno sobre los persistentes extranjeros, de no haber tenido todos mujeres muy supersticiosas y fácilmente impresionables: se soltaron a llorar como plañideras, rogándoles que tuvieran piedad de sus pobres nervios, que ellas no querían morir aplastadas por un río bicolor, ni ser enterradas en un pueblo monocromático. Al día siguiente, presos de una migraña y un fastidio arrasador, cargaron con mujeres, hijos y mercancías, y se fueron.
Casi al momento, el viejo de las barbas y las escamas regresó al río, hundiéndose en el lodo hasta que lo reconvirtió en la aterciopelada corriente azul y verde de siempre. La serpiente también volvió a ser parte del árbol más alto de la ribera, no sin antes guiñar uno de sus ojitos al quinceavo hijo, que con su piel tostada y su imaginación alocada había salvado a esa tierra buena de las baratijas y la estafa, porque había sido capaz de usar su peor defecto como la mejor arma, y de ver (¿por primera vez, quizá?) que algo tenía de maravillosa la continuidad de los colores, el ritmo en el tamaño de las casas, la simetría de las ventanas...
Ya no quiso irse a buscar futuro a otro lugar. Encontró en sus historias una forma de ganarse la vida y se volvió el entretenimiento más apreciado del pueblo. Todas las tardes, cuando el sol ya no quemaba, sacaba un banquito de madera, lo paraba a media calle y sobre él comenzaba a contar todas las historias que se han contado en el mundo. La gente lo escuchaba como a las historias en el radio, pero con más atención. Personas de los pueblos cercanos visitaban el lugar sólo para formar parte de la fiesta que era escucharlo hablar. Fue así como se quedó a formar parte de ese pueblo siempre igual, dándole con su presencia y sus aventuras inventadas el sabor, la diferencia, que le faltaba,
Adorable :)
ResponderEliminarTengo una pregunta...tu lo escribes? Quiero decir, que si son de tu autoría estas narraciones...,son muy bonitas
ResponderEliminarHola, sí, todos y cada uno de los textos en este blog son de mi autoría, con registro en el INDAUTOR y toda la cosa.
ResponderEliminarMe alegra que te agraden, espero poder subir más textos esta semana, porque lo he tenido muy descuidado últimamente.
Por cierto, ¿quién eres?.
Saludos :)