lunes, 19 de noviembre de 2012

Hormonas con goteras.

Revisando papeles encontré mi vieja agenda. En las hojas verdes correspondientes al mes de marzo del año pasado encontré una lista negativa salida de un berrinche doloroso. Recuerdo que la escribí durante una clase nublada en el tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras, con una lluvia tenue pero persistente que goteaba sobre las hojarasca del jardín interior, de la misma manera en que mis hormonas seguían intentando hacer goteras en mis ojos, sin éxito. Fue la primera vez en mi vida que logré controlar el llanto. Dice más o menos así.

No lloramos en público.
No lloramos por estupideces.
No lloramos en silencio.
No lloramos por imposibles.
No lloramos por contrariedades.
No lloramos mucho.
No lloramos poco.
No lloramos por la tarde.
No lloramos antes de la fiesta.
No lloramos por tristezas.
No lloramos desde Navidad.
No lloramos las saudades.
No lloramos por adelantado.
No lloramos por la leche derramada.
No lloramos a los muertos.
No lloramos en viernes.
No lloramos en equipo.
No lloramos para otros.
No lloramos igual.
No lloramos a gritos y patadas.
No lloramos a solas.

Al final lo logré. Nadie me vio llorar durante meses. Ni siquiera yo me vi llorar a mí misma.

No lloramos en absoluto.

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