lunes, 19 de noviembre de 2012

Mi estrella, la más grande.

23 de Febrero de 2012. Seis de la tarde. Asiento número siete de un ADO. Carretera México - Puebla. Tercer intento de ordenar la propia vida y liberar la existencia ajena. Lápiz del 2 1/2.
En una curva a la altura de Río Frío decido mover los ojos de la sosa película en la pantalla del autobús hacia los pinos que atardecen azules. Algo brilla sobre ellos y no es la Luna.
Es mi estrella: un punto gordo y luminoso que resalta entre el terciopelo índigo del cielo oscurecido.
Esa pequeña mancha plateada con brazos afilados es mía desde que nací. Me cuida entre las multitudes y los  lugares inseguros. Me acompaña en la duda, en la zozobra escandalosa, en la certeza silente, en la seguridad engañosa. A ella no le pido deseos (sería rebajarla a estrella fugaz y yo no quiero ofenderla con adjetivos de temporalidad), si no que le cuento mis objetivos, para que me ayude a prepararme para cuando los cumpla.
A veces la olvido un poco, pero siempre regreso a mirarla. Le hablo, la escucho, la leo, le escribo.

Querida estrella:

Entiendo ahora lo que significa "líbranos de todo mal", y aunque no me gusten tus métodos y nunca sepa claramente a dónde voy -me llevas-, no me importa ya, porque eres el espíritu guía: la cara de mi abue, el corazón de mi madre, los ojos de la vida, las sienes de los ancianos y la mano del buen Dios.
Ya no me urge aprehender el horizonte, empiezo a disfrutar el camino; cada vez que parto, me llevo dentro la tranquilidad de saber que si tú me guías, si te veo brillar sobre mi cabeza aunque esté perdida, voy en la dirección correcta.

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