Revisando papeles encontré mi vieja agenda. En las hojas verdes correspondientes al mes de marzo del año pasado encontré una lista negativa salida de un berrinche doloroso. Recuerdo que la escribí durante una clase nublada en el tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras, con una lluvia tenue pero persistente que goteaba sobre las hojarasca del jardín interior, de la misma manera en que mis hormonas seguían intentando hacer goteras en mis ojos, sin éxito. Fue la primera vez en mi vida que logré controlar el llanto. Dice más o menos así.
No lloramos en público.
No lloramos por estupideces.
No lloramos en silencio.
No lloramos por imposibles.
No lloramos por contrariedades.
No lloramos mucho.
No lloramos poco.
No lloramos por la tarde.
No lloramos antes de la fiesta.
No lloramos por tristezas.
No lloramos desde Navidad.
No lloramos las saudades.
No lloramos por adelantado.
No lloramos por la leche derramada.
No lloramos a los muertos.
No lloramos en viernes.
No lloramos en equipo.
No lloramos para otros.
No lloramos igual.
No lloramos a gritos y patadas.
No lloramos a solas.
Al final lo logré. Nadie me vio llorar durante meses. Ni siquiera yo me vi llorar a mí misma.
No lloramos en absoluto.
Lea sin compromiso y si le gusta, comparta con la persona de su preferencia o con cualquier desconocido, al fin son los desvaríos de una mujer sin orden.
lunes, 19 de noviembre de 2012
lunes, 27 de agosto de 2012
Tradiciones polvorientas.
Como a eso de las 3:45 de la madrugada, Nicolás se decidió a recoger sus pasos.
La tradición era volver a pasar por cada lugar querido para despedirse, pero él lo que quería era salir disfrutando del mundo vivido una vez más para guardarlo en el corazón por siempre.
No es que fuera muy grande su mundo: para entonces apenas había en su pueblito istmeño unas cuantas personas; la mayoría de la gente había emigrado hacia la costa, para trabajar en las empacadoras de camarón, pero él se había quedado, y con él sus recuerdos, que encerraban en cuadra y media todo cuanto en vida le había parecido importante.
Se bajó de la hamaca pisando un alacrán güero que quedó desparramado en el suelo de tierra. Se bañó con jícara y agua caliente, se puso la camisa blanca de los días de fiesta (arrugada, porque la mujer que le planchaba la vida se le había huído hace tiempo), sus huaraches nuevos, su sombrero de domingo, se persignó en frente de su Santito de confianza, prendió la veladora y salió a la calle deslumbrante con los primeros rayos de sol, que todo lo ponen de un color amarillento.
La primera casa por visitar era la de su compadre, un señor alto, fuerte, flojo y taimado, pero no del todo malo, que le hacía compañía de vez en cuando en las tardes de caguamas y dominó. Se paró en su puerta y esperó. "¿Y ora qué será mejor? ¿Me espero a que se levante, o me meto en su casa y lo espanto hasta los pelos?" se preguntaba. Su mamacita chula le había enseñado desde muy pequeño que la amabilidad era lo que distinguía a los hombres de los animales, y ya casi estaba decidido a mostrar sus modales, cuando se imaginó la cara de susto que pondría el compadre al enterarse de que su amigo de borrachera lo había ido a saludar apenas acabando de morirse. No pudo contenerse. Entró a la casa y saludó a su amigo, que recién levantado, aún no había recibido la noticia de la muerte del hombre ahí parado frente a él, agradeciéndole los buenos tragos, las carcajadas, los préstamos para cuando no le alcanzaba la quincena y las botanas de los viernes.
Dejando al amigo muy confundido y con tres bostezos atorados entre pecho y espalda, se encaminó hacia la casa de su hermana, que desde las cuatro de la mañana estaba despierta, bañada, peinada de trenza y listón, con la boca bien pintada, perfumada y con el champurrado listo para su marido y sus hijos, que salían pitando a trabajar en la labor. Ella apenas lo vió llegar, lo supo. Agarró la primera silla que encontró y se puso a llorar como una niña entendiendo con el corazón que el hermano que la había acompañado toda su vida se había muerto de veras. Nicolás no sabía qué hacer. "¡Maldito el don de esta mujer, que ve llegar la muerte un mes antes de que uno deje de jalar aire! ¡Me echó a perder la sorpresa!", pensaba. Todavía contrariado, se acercó a ella y viendo que no paraba de llorar, le habló de lo bonito que iba a ser esperarla cuando ella decidiera morirse también, que del otro lado estaba la madre de los dos y el hijo que se le había muerto a los tres meses de nacido, la abuela que les daba chocolates hechos por ella misma, y la Virgen que los miraba con ternura desde su nicho en la iglesia del parque. La convenció de que no valía la pena llorar. "Necesito que cuides a mis nietos, Juana" le dijo, "si sus padres salieron la mitad de locos que yo, voy a necesitar que los cuides más". Ella le dijo que sí, que los cuidaría como a los suyos, se secó las lágrimas, lo abrazó por quinta vez en su vida y se despidió de él.
Nicolás salió de la casa de su hermana y caminó hacia la casa de la esquina cuando el sol casi acababa de salir. Era la casa de su hijo mayor, y entró con cuidado para no despertar a nadie. El muchacho trabajaba hasta muy entrada la noche, además de cuidar él solo a sus dos hijos olvidados por una madre distraída, así que no quiso despertarlo. Se sentó en una silla cerca de la ventana y le habló despacio. "Yo ya me voy, y no te pude dejar herencia grande, ni nada que empeñar en una urgencia, pero te dejo el recuerdo de que tu padre te dio buen ejemplo. No te canses m'ijo, acuérdate de qué es lo que vale la pena: pararse todos los días para cumplir, para ser hombre. Enséñales a mis nietos que vale la pena ganarse cada tortilla que se traga uno. Descansa en la noche, y en la mañana carga tu cansancio, carga tu corazón, y párate a trabajar. No te fijes si traes las patas quebradas, que por los hijos siempre debe uno recoger los pedacitos". Cuando acabó, pasó por el cuarto de sus nietos, y los besó. Le dijo algo al oído a su nieta recién nacida; rosada, rechoncha y bonita como nada que él hubiera visto antes; y se fue.
Cruzó la calle hacia la tienda de su hijo menor, entró y se comió las galletas de azúcar que le gustaban; para que no hubiera duda de que había sido él quien había estado ahí, dejó la envoltura tirada en el piso como de costumbre. Después subió las escaleras de esa casa, la única de dos pisos que había en todo el pueblo, y se quedó parado en el descanso admirando la prosperidad con que la vida bendecía a su hijo. Acabó de subir, pero en lugar de hablar con el hijo, se fue directo al lado de la cama en el que dormía su nuera, le agarró la mano y empezó a agradecerle en silencio por cuidar de semejante cabroncito. "Perdóname m'ija, por no meterle sus chingadazos a tiempo, por no educarlo bien. Te salió mujeriego y parrandero, pero le enseñé a cumplirle a tus hijos, y no les falta nada, eso que me valga para no irme a los recochinos infiernos". Al salir besó a su hijo en la frente y le metió tamaño pellizco, que casi lo despierta.
Para acabar el paseo, agarró camino hacia la casa de Alicia.
Alicia la de siempre.
Ella ya lo estaba esperando. Sentada en una piedra del solar, lo miró de arriba a abajo, chupó el cigarro que acababa de enceder y escupió en el piso. Nicolás por poco se va para atrás. Esa mujer le daba miedo, pero la quería tanto, que casi se meaba de la emoción de verla otra vez. Sin mucho aspaviento le dijo que la amaba, que le dejaba de recuerdo unas cuantas alhajas que eran de su madrecita santa, y que no la iba a perdonar nunca, así se le hincara, por no haberlo querido lo suficiente cuando estaba vivo. "Tanto que te quise, Alicia, tanto que te quise..." Ella por toda respuesta volvió a escupir, volvió a chupar el cigarro que echaba humo como un diablo, y le pidió que se dejara de tonteras, que ella nunca le había pedido perdón por nada, ni pensaba pedírselo. "Pero ni un poquito me quisiste, Alicia, ni por los hijos que ya traías y que yo crié, ni por los dos hijos que tuvimos, ni porque te fui fiel toda mi vida, chula, ni por que me partí el lomo todos los días para darte lo que querías, para que no volvieras a trabajar en la cantina..." Así acabó la despedida, porque ella, ofendida, se levantó, agarró la piedra en que se había sentado, y se la aventó a Nicolás con una furia que lo hizo tirar sus sombrero al piso y salir corriendo a la calle. La había hecho enojar con eso de que no lo había querido ni un poquito, siendo que ella lo había querido como nadie. Así lo despidió, porque era una mujer de las de antes: ruda, cabrona y con muy poca paciencia para las joterías esas de la gente y sus sentimientos.
Nicolás terminó de recoger sus pasos como decía la tradición, y mientras se desvanecía en arena rojiza con el sol resplandeciente de las siete de la mañana, sintió que le nacía una sonrisa desde el fondo de la panza. Era feliz. Había vivido como debe vivir un hombre de bien, había cumplido a cabalidad con cada persona que había pasado por su vida, se había emborrachado puntualmente cada viernes, había echado dos hijos al mundo y no le quedaba ningún pendiente más que el de no haber domado a su mujer, pero estaba seguro de que su Santito le iba a perdonar eso y más, y murió en paz.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Flores y vaivenes.
Salió de la cama de puntitas para no despertar al gato negro que dormía en el pasillo.
Como todos los días, se lavó la cara con el agua de rosas que la mantenía con el mismo cutis de colegiala desde hacía varios años, se peinó de lado dejando libres los rizos descarados que la hacían sufrir un día sí y otro también, se acomodó el blusón que le dejaba descubiertos los hombros morenos, se tomó su indispensable jugo de naranja, repasó el orden y limpieza de las recámaras olorosas a ceiba y salió a cuidar de su querido jardín.
Todo igual que lo había hecho desde que llegó a vivir en esa casa con el hombre que ahora era su marido, mucho antes de que viniera al mundo su única hija.
La rutina la hacía feliz: como ella misma explicaba a cuanto indiscreto se lo preguntase, había vivido tanto bamboleo increíble en su juventud que ahora disfrutaba de la paz cotidiana de una familia caótica pero estable.
Nada en sus acciones de esa mañana la delató, hasta que puso uno de los discos prohibidos en el reproductor de la computadora; esos discos que permanecían al fondo del anaquel de la sala, llenándose de polvo y sin que nadie los escuchara, salvo por una ocasión en Año Nuevo, cuando alguien que vino de visita los encontró y se puso a cantar a voz en cuello las nostalgias de su juventud universitaria con "Lo mejor de Caifanes".
La hija se despertó cuando ella terminaba de quitar los tréboles parásitos que crecían junto a sus azaleas, tarareando entre dientes. Cantando podó las hojas desgobernadas de los tulipanes rojos y regó las buganvilias. Para cuando empezó con el brutal asesinato de las orugas voraces que se comían sus anturios, ya la hija y el marido la observaban bailar como a una flama desde la terraza de esa casa vieja que habían reparado desde sus cimientos y que poco a poco habían ido reconstruyendo hasta convertirla en un hogar.
Él no se atrevía a hablar: la miraba hipnotizado, como si no la hubiera visto desnuda mil veces; como si no saliera con ella del brazo cada domingo, maquilladísima y hermosa, el rostro tostado, la silueta envuelta en eternas faldas largas; como si no la conociera al derecho y al revés; y aún le parecía que nunca había estado tan guapa como esa mañana, sin gota de rímel y en su blusón de franela.
"Esa negra linda me tiene loco..." cantaba ella dando vueltas entre las macetas de los helechos, y seguía bailando. "Mi negra linda, nunca me dejes..." danzaba y la hija abría los ojos con tanta sorpresa como le cabía a su preadolescencia. A su madre le gustaba bailar y bailaba como nadie, eso lo sabía, pero lo que ocurría en ese momento frente a sus ojos era otra cosa: tenía que ser algo más, porque ahora esa mujer rumbera flotaba quince centímetros sobre el pasto que parecía brillar de tan verde.
Apenas pudo recobrarse, le preguntó a su padre qué sucedía, pero él, sabiendo que nada tenía que ver con el arrebato de su señora ni con su vaivén de caderas, la mandó a dar de comer al gato que chillaba de hambre y se quedó esperando sobre el barandal.
La madre no notó la presencia de su marido sino hasta casi el final de la canción, cuando tuvo que detenerse porque pasó rozando las tejas del segundo piso. Entonces le sonrió como si no hubiera subido siete metros flotando, le dio los buenos días como si no se conocieran desde hacía veinte años, peor aún, lo besó como si él no supiera que esas canciones y esa alegría pertenecían a un exnovio muy anterior a su matrimonio, y no esperó a que él le devolviera el beso, si no que lo siguió besando hasta que él empezó a flotar también. Así, con el jardín en flor como escenario, el marido se dejó besar ya sin el resquemor de los celos que segundos antes lo invadieron, e infinitamente agradecido con todos los dioses por dejarlo formar parte de la maravilla que era el ritual de paz y alegría con que esa mujer de fuego vivía a diario, porque sabía que ella, increíble, medio hechicera de parte de su abuela, medio loca de parte de su padre, minuciosa, de mirada chispeante y llena de ternura, era su esposa, y lo amaba porque así lo había decidido.
Así lo pensó y se fue a desayunar tranquilo, con el gato negro, la hija, la mujer y el recuerdo inofensivo de un hombre que antes hizo feliz a quien ahora lo hacía inmensamente feliz a él.
martes, 8 de junio de 2010
Vacío.
Hasta el tope.
Como al congelar un recipiente lleno de agua, éste explota.
Estoy profundamente llena.
Harta.
Empezaré por haberme cansado de ti, de tu éxito inútil,
de tu orgasmo egoísta. De mi cuando estoy contigo.
Después me habré cansado del entorno festivo. De la gente que no me agrada ni yo a ellos.
De las excusas. De los obstáculos. De creer en que la excusa es válida y el obstáculo fue infranqueable. Me cansaré de intentar llegar. De permanecer. De las metas. Me cansaré de intentar llegar a ti.
Cansancio.
Hartazgo.
Harta de saciarme. Buscar ahora la carencia.
Modos alternos de carencia - las que ya poseo me asfixian-.
Carecer de descanso.
Perder la voz y el derecho a usarla.
Que me falte la comida.
Andar desnuda.
Vaciarme al fin.
Como al congelar un recipiente lleno de agua, éste explota.
Estoy profundamente llena.
Harta.
Empezaré por haberme cansado de ti, de tu éxito inútil,
de tu orgasmo egoísta. De mi cuando estoy contigo.
Después me habré cansado del entorno festivo. De la gente que no me agrada ni yo a ellos.
De las excusas. De los obstáculos. De creer en que la excusa es válida y el obstáculo fue infranqueable. Me cansaré de intentar llegar. De permanecer. De las metas. Me cansaré de intentar llegar a ti.
Cansancio.
Hartazgo.
Harta de saciarme. Buscar ahora la carencia.
Modos alternos de carencia - las que ya poseo me asfixian-.
Carecer de descanso.
Perder la voz y el derecho a usarla.
Que me falte la comida.
Andar desnuda.
Vaciarme al fin.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Diabetes
La puerta se abre con suavidad, como si la mano que la empuja no tuviera los ánimos suficientes para moverla con mayor presteza. Ella retira la llave con un poco de dificultad. La llave está oxidada. Hace mucho que no la usaba. Ella entra y se deja caer sobre el viejo sillón de algo que alguna vez fue piel y ahora tiene un ligero color crema que ha estado eternamente esperándola frente a la tele. Mira a su alrededor y adivina la presencia de Él, que no hace ruido, pero que estará en la cocina, como siempre, haciéndole algo rico de comer. Algo muy salado. Frito. O algo dulce. Frito también. Quizá un buen pan tostado francés con mucha canela y muchísima mantequilla. Debía saber que Ella vendría. Cierra los ojos.
___________________________
Él empuja un sillón de lustrosa piel color miel hacia la pared de enfrente, haciendo espacio en la habitación. Ella mete un casette en el reproductor y acomoda las bocinas. Le sube un poco el volumen. Presiona el botón de play. La voz de Billy Joel y su piano empiezan una canción que habla de una mujer maravillosa. La canción se llama "She's always a woman to me". Él la mira como deben de contemplarse los milagros, arrobado pero con la cautela y el miedo de quien teme echarlo todo a perder. La canción empieza y él la toma de la mano. Bailan.
Ella - Espera. No puedo seguirte el paso.
Él - Puedes subierte a mis pies si quieres. Es importante que aprendas a bailar.
Ella se sube a sus pies. Sus brillantes zapatitos son tan pequeños que apenas y cubren la punta de los zapatos de él, que alguna vez fueron de gamuza, pero que ahora, por el trabajo y la exposición a la lluvia y el sol, han perdido imagen.
Ella - ¿Por qué tiene que ser con esa música tan fea? No me gusta.
Él - Porque vas a oír tanto ruido en tu vida que es probable que algún día dejes de distinguir la música verdadera.
Ella - Pero me pone muy triste. Creo que al que canta le duele algo. Y lo peor es que no se encuentra la parte que le duele. Así, el pobre no puede sobarse.
Él (divertido) - ¿Y tú cómo sabes que le duele algo?
Ella - Pues porque se oye.
Él - ¿Ah sí? ¿Y tú desde cuándo entiendes inglés?
Ella - No entiendo ni jota, pero la canción hace que me den ganas de llorar, y si eso me pasa a mí que sólo la oigo, creo que al que la canta lo ha de hacer llorar aún más.
Él (girándola al bailar) - Atenta, no pierdas el paso. Un, dos, tres. Un, dos, tres. ¿Estás segura de que tienes ocho años?
Ella - Según tus cuentas, sí.
Él - Tu abuelo estaría orgulloso.
Ella - ¿Ah, sí? ¿Por qué?
Él - Por ver que le nació una nieta filósofa.
Ella - Ay, papá. Nunca entiendo tus frases domingueras.
Él - No hace falta. con que las oigas es suficiente. Cuando tengas edad para entenderlas, te acordarás de que alguna vez las dije y entonces las oirás tan frescas como las oyes ahora. Y un, dos, tres, un, dos, tres, (La gira en el aire) ¡Puff! Pesas más que un remordimiento...
Ella - Silencio. Enséñame a bailar.
Él (Cantando) - Lo mandona no lo sacaste de mi lado de la familia. ---Oh, she takes care of herself. She can wait if she wants. She is ahead of our time...
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Ella ahora aprieta los ojos. Sigue sentada en el sillón. No quiere abrir los ojos. Bosteza. Se hace bola en un rincón del respaldo. Tiembla como si tuviera mucho frío.
Ella - Irresponsable. Siempre puras chucherías y en grandes cantidades, me la pasaba muy bien cuando venía a comer contigo, pero ¿manzanas, verduras, carne sin manteca? ¡ni mencionártelo! ¿verdad?.
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Ellos siguen bailando. Él sigue llevando el ritmo de la canción, cantándola en inglés. ella lo mira entre divertida y extrañada, mientras cuenta los pasos.
Ella - ¿Por qué cantas en palabras que no entiendo? Dice mi abuela que si no te da vergüenza serle infiel al país cantando esa música en un idioma del demonio que nadie entiende. Se ve muy chistosa cuando dice esas cosas. Se enoja y cambia de colores. Cuando dice que no le entiende a tu música se pone roja. Luego cuando dice lo de serle infiel a México se pone verde.
El - Dile a tu abuela que no te ande dando esos ejemplos. Que con una hippie nacionalista en la familia es suficiente. Y que si ella no le entiende no es mi culpa.
Ella (a las risas) - ¿Qué significa eso?
El - Significa que no debe importarte de dónde venga, la música te mostrará su belleza y te contará cosas, aún si no compartes su idioma. Lo mismo pasa con todas las artes. (Se detiene de pronto) Y ya me cansé. Ven, vamos por unos dulces para ti; y unas papas y un refresco para mí. (Le mira el rostro) ¿Y eso qué es?
Ella - ¿Qué parece? Te dije que ese señor del piano me hace llorar.
El - Tan lindos que son tus ojitos y tan bonita tu carita, y tú llenándote de agua salada. Vamos a quitar la música. Ningún hombre va a hacer llorar a mi nena. No importa qué tan bonito cante. O qué tan bien toque el piano... ¿De qué dulce vas a querer?
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Ahora ella se ha dado cuenta de que no podrá dormir por más que apriete los ojos. Así que se levanta del sillón y camina despacio entre la sala, mirando las macetas resecas y el modular lleno de discos. Toma uno y se acerca al estéreo, pero cuando abre la caja, el disco que está adentro no corresponde.
Ella - Igual de desordenado que siempre. Lo más que logramos contigo es hacerte tragar años, porque sigues siendo el mismo niño de siempre...
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El - Siempre vas a ser mi niña.
Ella - No puedo ser niña para siempre. Tengo que crecer. Es muy incómodo mirar el mundo desde esta altura.
El - Ya sé. Pero no importa cuánto crezcas, siempre serás mi nena. Aunque acabes de crecer y envejezcas. Aunque tengas ochenta años y seas una pasita.
Ella (Lo mira con la arrogancia propia de sus ocho años) - Si tú lo dices. ¿Podemos ir al parque a patinar?
El - Nena, me siento muy cansado. Apenas logré terminar las cotizaciones para el concurso y dejé trabajando a mi gente para poder venir contigo. Ninguno de nosotros ha dormido como en tres días.
Ella - Ok. ¿Pero podemos ir?
El - No hay duda. Tu abuela, hippie y todo, tiene razón. Soy un mal padre. Ni a eso llego. Soy tu esclavo. Todo sea con tal que cuando seas grande tampoco dejes que te digan que no a nada. Acuérdate, si con esa misma terquedad enfrentas la vida, lograrás todo lo que te propongas. No te rindas.
Ella - ¿Entonces sí vamos?
El - Pero regresando la tele es sólo mía.
Ella - Da igual, te vas a quedar dormido cinco minutos después de prenderla.
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Ella ha encontrado el disco que buscaba y lo pone. Escucha una canción en especial. da vueltas bailando en la sala. Lo espera a Él, que de seguro no va a hacerla esperar más, porque debe haberla extrañado tanto como Ella a él. Pero Él no se decide a salir a saludarla.
Ella - Y encima de todo me malcriaste.
Ella baila un poco más, pero Él no llega. Finalmente la música ha hecho el mismo efecto que el de sus ocho años y dos lagrimones gordos, casi inverosímiles, corren ahora por su cara.
Ella - No ¿verdad? Vamos a quitar la música. Ningún hombre va a hacerme llorar. Tú lo dijiste... Mentiroso. ¿Entonces por qué me haces llorar tú? Revive entonces. No podrás decirme que no. A lo mejor si le reclamo a Dios con la terquedad suficiente, te regrese. Y así ya no lloro, papi...
sábado, 10 de octubre de 2009
Papayas cósmicas, televisoras, jodidez, entre otros temas...
Hoy no sé qué escribir. Después de ser parte de una actividad artística, la mente se despierta y se pone en actividad el lado crítico y creativo de todo ser humano sensible.
Acabo de ir a ver una obra que se llama "Cuarta caída, la verdadera historia" y aún estoy tratando de asimilar lo que sucedió. Fue muy interesante, porque la propuesta era nueva para mí: teatro en casa. Alguien prestó su departamento y la historia del Santo (contada por dos personajes fanáticos argentinos extravagantes y con personalidades dispares) se desarrolló, tergiversó y llenó de fantasía y risas entre la sala, el baño y una recámara. Me es difícil dar el plot de la obra porque empezó hablando de mitos y comparando los mismos con las estatuas de los héroes que nos encontramos por la calle, y acabó con una parodia de Libertad Lamarque, todo lo anterior enlazado por una máquina del tiempo y el personaje de un artista fumado y con un ego que no cabía en el depa. Como ya dije fue interesante. Me entretuvo. Morí de risa un rato junto al resto de los espectadores ante el performance que parodiaba al incomprendido gremio de los "artistas" malditos. Aquellos que creen que su obra es tan innovadora, tan exquisita y única que no necesita ser comprendida por el espectador.
Y fue maravilloso, porque pude reírme a mis anchas de estos creativos, en un espacio neutro. Fue liberador porque me dan ganas de reírme de ellos todos los días, pues recibo cátedras de varios especímenes de esta raza rara. Fue doloroso verlo porque es cierto. El ego de esta gente en la vida real es de ese tamaño. Estos artistas (llámense performanceros, directores escénicos, músicos y hasta actores) de veras creen que no necesitan al público. Que pueden simplemente presentar obras que sólo ellos entienden y sólo ellos disfrutan, y, en un acto profundamente egoísta, escudarse diciendo que si el público no va, es porque no ha alcanzado el nivel intelectual/sensitivo/artísico que ellos sí poseen. Como si fueran alguna especie de iluminados mamones que le hacen un favor al mundo cobrando por que alguien (porque el quórum en sus obras no sobrepasa las cinco personas por función) vaya a ver su papaya cósmica*.
Saliendo de la obra fui directo a tomarme un cafecín con una amiga, compañera de farra y brillantísima filósofa de cabecera. Fuimos al lugar de siempre y empezamos a comentar la obra. Acabamos hablando de algo totalmente distinto. La charla se encaminó hacia la manera en que los churros televisivos influyen en nuestras vidas. Hablamos sobre las taranovelas mexicanas y la influencia enorme que tienen estas en nuestros estilos de vida, la forma de vestir, y hasta la manera de hablar. Acabamos sin saber si maldecir a Televisa por convertirnos en una nación de zombies más preocupados por saber si Luismi le pone los cuernos a la madre de sus hijos que por los cambios bruscos en las leyes mexicanas de los últimos cinco meses, o si maravillarnos y alabarla por tener entre sus filas a los mercadólogos más chingones del mundo. Fueron capaces de mantenernos en vilo casi un mes por un triste virus que mató menos gente de la que muere a diario por el narcotráfico, pero no dijeron nada de la legalización en la portación de estupefacientes. Hacen que medio país se sienta orgulloso cuando La Selección (sí, esa horda de cromagnones sobrepagados que corren tras una pelotita) gana un miserable partido contra un país que ni siquiera destaca en el deporte, pero casi no se oye hablar del recorte millonario al presupuesto, de por sí pobre, de las actividades culturales. Lograron que una generación entera se subiera las minifaldas hasta los riñones con tal de ser rebeldes, pero no hay quien deje salir en los noticieros a los familiares de las muertas de Juárez que exigen investigaciones a fondo. ¿En qué pinche país vivimos, que en lugar de enseñarles a las niñas a pensar de modo crítico para trabajar por lo que quieren y merecen, las dejamos cantar pidiendo un maldito mundo de caramelo?
El encabronamiento me invade. Y entonces todo adquiere sentido. Y me enojo aún más. La gente común (mi familia y amigos incluídos) no va al teatro para pensar, ni va al cine para ver documentales. No tiene tiempo para leer. En realidad no le interesa lo que pasa en la sociedad porque viven bien. Les alcanza para subsistir cómodamente. La televisión les hace compañía. Les da pautas de convivencia para ser aceptados dentro de un grupo social. A los niños los educa para ser parte de la maquinaria de consumo de entretenimiento. Entretener. Pan y circo. Estamos jodidos. Todo lo que nos rodea nos adiestra para evitarnos la incomodidad de pensar. Todos los estímulos nos abducen para no expresar inconformidad. Si no te das cuenta de que eres una oveja más, ¿por qué habrías de negarle al granjero la lana que te quita?
Y encima de eso, haciendo a un lado las pocas probabilidades que tenemos de que la gente se acerque al arte y a las actividades culturales, aparte de todo, los creadores de pacotilla que mencioné anteriormente siguen recibiendo becas del FONCA*. Y es así como las pocas probabilidades que tenemos de hacer del arte un agente de cambio para la sociedad podrida en la que vivimos, se esfuman dejando tras de sí el mal sabor de boca que se lleva aquel que paga por ver algo que ni siquiera entendió. Estamos jodidos. Si la gente de por sí no va al teatro, si la gente de por sí no desea pensar, si la gente siente desagrado por todo aquello que le hace notar su realidad, y aparte, cuando decide darle un oportunidad a ese oscuro y raro objeto que algunos llaman arte, se topa con una jalada rarísima por la que paga y tiene que aplaudir al final ¿cómo podemos esperar que al situación mejore y esta gente se acerque a la cultura en lugar de sentirse emocionalmente cercana al artista de moda?
Me da miedo, porque entonces entiendo que mi responsabilidad es aún más grande. ¿Qué tal si va a ver mi obra alguien para quien es su primera vez en el teatro? ¿Qué tal si no le gusta? ¿Qué tal si no le entiende a nada? ¿Qué tal si no siente nada, ni desagrado? Más terrorífico aún: ¿qué tal si no regresa nunca más al teatro? ¿Qué tal si decide quedarse todos los días en su casa aceptando que una conductora le mienta en la cara y le llene la cabeza de pendejadas? ¿Qué tal si su decepción hacia el "arte" hace que prefiera ver a Maribel Guardia enseñando las tetas mientras alguien del público hace el ridículo frente a medio país? ¿Qué tal si esa enajenación lo hace feliz o lo hace creer que es feliz mientras su ignorancia se hace más y más grande? Terror. Estamos jodidos.
Por favor. Sáquenme de mi zozobra y comenten.
*Nota al pie:
Papaya Cósmica: Argot teatrero. Es aquella obra llena de efectismos performanceros que por lo general sólo tiene sentido para el director (a veces ni para él) y que por lo general el público no va a ver, porque por lo general no entiende ni jota, ni tiene interés en entender.// Dícese de la obra de arte que parece que fue creada después de varios porros o de un cóctel de drogas duras.
FONCA: Fondo Nacional de Creadores de Arte.
Acabo de ir a ver una obra que se llama "Cuarta caída, la verdadera historia" y aún estoy tratando de asimilar lo que sucedió. Fue muy interesante, porque la propuesta era nueva para mí: teatro en casa. Alguien prestó su departamento y la historia del Santo (contada por dos personajes fanáticos argentinos extravagantes y con personalidades dispares) se desarrolló, tergiversó y llenó de fantasía y risas entre la sala, el baño y una recámara. Me es difícil dar el plot de la obra porque empezó hablando de mitos y comparando los mismos con las estatuas de los héroes que nos encontramos por la calle, y acabó con una parodia de Libertad Lamarque, todo lo anterior enlazado por una máquina del tiempo y el personaje de un artista fumado y con un ego que no cabía en el depa. Como ya dije fue interesante. Me entretuvo. Morí de risa un rato junto al resto de los espectadores ante el performance que parodiaba al incomprendido gremio de los "artistas" malditos. Aquellos que creen que su obra es tan innovadora, tan exquisita y única que no necesita ser comprendida por el espectador.
Y fue maravilloso, porque pude reírme a mis anchas de estos creativos, en un espacio neutro. Fue liberador porque me dan ganas de reírme de ellos todos los días, pues recibo cátedras de varios especímenes de esta raza rara. Fue doloroso verlo porque es cierto. El ego de esta gente en la vida real es de ese tamaño. Estos artistas (llámense performanceros, directores escénicos, músicos y hasta actores) de veras creen que no necesitan al público. Que pueden simplemente presentar obras que sólo ellos entienden y sólo ellos disfrutan, y, en un acto profundamente egoísta, escudarse diciendo que si el público no va, es porque no ha alcanzado el nivel intelectual/sensitivo/artísico que ellos sí poseen. Como si fueran alguna especie de iluminados mamones que le hacen un favor al mundo cobrando por que alguien (porque el quórum en sus obras no sobrepasa las cinco personas por función) vaya a ver su papaya cósmica*.
Saliendo de la obra fui directo a tomarme un cafecín con una amiga, compañera de farra y brillantísima filósofa de cabecera. Fuimos al lugar de siempre y empezamos a comentar la obra. Acabamos hablando de algo totalmente distinto. La charla se encaminó hacia la manera en que los churros televisivos influyen en nuestras vidas. Hablamos sobre las taranovelas mexicanas y la influencia enorme que tienen estas en nuestros estilos de vida, la forma de vestir, y hasta la manera de hablar. Acabamos sin saber si maldecir a Televisa por convertirnos en una nación de zombies más preocupados por saber si Luismi le pone los cuernos a la madre de sus hijos que por los cambios bruscos en las leyes mexicanas de los últimos cinco meses, o si maravillarnos y alabarla por tener entre sus filas a los mercadólogos más chingones del mundo. Fueron capaces de mantenernos en vilo casi un mes por un triste virus que mató menos gente de la que muere a diario por el narcotráfico, pero no dijeron nada de la legalización en la portación de estupefacientes. Hacen que medio país se sienta orgulloso cuando La Selección (sí, esa horda de cromagnones sobrepagados que corren tras una pelotita) gana un miserable partido contra un país que ni siquiera destaca en el deporte, pero casi no se oye hablar del recorte millonario al presupuesto, de por sí pobre, de las actividades culturales. Lograron que una generación entera se subiera las minifaldas hasta los riñones con tal de ser rebeldes, pero no hay quien deje salir en los noticieros a los familiares de las muertas de Juárez que exigen investigaciones a fondo. ¿En qué pinche país vivimos, que en lugar de enseñarles a las niñas a pensar de modo crítico para trabajar por lo que quieren y merecen, las dejamos cantar pidiendo un maldito mundo de caramelo?
El encabronamiento me invade. Y entonces todo adquiere sentido. Y me enojo aún más. La gente común (mi familia y amigos incluídos) no va al teatro para pensar, ni va al cine para ver documentales. No tiene tiempo para leer. En realidad no le interesa lo que pasa en la sociedad porque viven bien. Les alcanza para subsistir cómodamente. La televisión les hace compañía. Les da pautas de convivencia para ser aceptados dentro de un grupo social. A los niños los educa para ser parte de la maquinaria de consumo de entretenimiento. Entretener. Pan y circo. Estamos jodidos. Todo lo que nos rodea nos adiestra para evitarnos la incomodidad de pensar. Todos los estímulos nos abducen para no expresar inconformidad. Si no te das cuenta de que eres una oveja más, ¿por qué habrías de negarle al granjero la lana que te quita?
Y encima de eso, haciendo a un lado las pocas probabilidades que tenemos de que la gente se acerque al arte y a las actividades culturales, aparte de todo, los creadores de pacotilla que mencioné anteriormente siguen recibiendo becas del FONCA*. Y es así como las pocas probabilidades que tenemos de hacer del arte un agente de cambio para la sociedad podrida en la que vivimos, se esfuman dejando tras de sí el mal sabor de boca que se lleva aquel que paga por ver algo que ni siquiera entendió. Estamos jodidos. Si la gente de por sí no va al teatro, si la gente de por sí no desea pensar, si la gente siente desagrado por todo aquello que le hace notar su realidad, y aparte, cuando decide darle un oportunidad a ese oscuro y raro objeto que algunos llaman arte, se topa con una jalada rarísima por la que paga y tiene que aplaudir al final ¿cómo podemos esperar que al situación mejore y esta gente se acerque a la cultura en lugar de sentirse emocionalmente cercana al artista de moda?
Me da miedo, porque entonces entiendo que mi responsabilidad es aún más grande. ¿Qué tal si va a ver mi obra alguien para quien es su primera vez en el teatro? ¿Qué tal si no le gusta? ¿Qué tal si no le entiende a nada? ¿Qué tal si no siente nada, ni desagrado? Más terrorífico aún: ¿qué tal si no regresa nunca más al teatro? ¿Qué tal si decide quedarse todos los días en su casa aceptando que una conductora le mienta en la cara y le llene la cabeza de pendejadas? ¿Qué tal si su decepción hacia el "arte" hace que prefiera ver a Maribel Guardia enseñando las tetas mientras alguien del público hace el ridículo frente a medio país? ¿Qué tal si esa enajenación lo hace feliz o lo hace creer que es feliz mientras su ignorancia se hace más y más grande? Terror. Estamos jodidos.
Por favor. Sáquenme de mi zozobra y comenten.
*Nota al pie:
Papaya Cósmica: Argot teatrero. Es aquella obra llena de efectismos performanceros que por lo general sólo tiene sentido para el director (a veces ni para él) y que por lo general el público no va a ver, porque por lo general no entiende ni jota, ni tiene interés en entender.// Dícese de la obra de arte que parece que fue creada después de varios porros o de un cóctel de drogas duras.
FONCA: Fondo Nacional de Creadores de Arte.
martes, 11 de agosto de 2009
Disertaciones insensatas y vanidosas sobre la lectoescritura...
Tlapalería. Elena Poniatowska. Y yo sin quehacer el segundo día de clases de este último año de licenciatura. Me puse a leer. Hace tanto que no leía por gusto. Al menos, no prosa. Cuando se estudia Literatura Dramática, las obras teatrales ocupan la lista de lectura todo el año. Pero hoy hasta el hambre se me olvidó (acontecimiento extraordinario) por quedarme a leer toda la tarde en la biblioteca. Fue así como, metida hasta la nariz en los cuentos de ésta mujer, una lucecita que hace tiempo no veía se encendió en mi cabeza.
Una sola línea en medio de un relato. "...Eres sólo un árbol. Y me voy porque si me quedo, este cuchillo que ahora estoy enterrándote a ti entre la corteza, se lo habría encajado a él en la espalda. Pero tú eres sólo un árbol, sólo eso, un árbol...". Entonces tuve la certeza de que la autora había dejado al descubierto toda su rabia, su dolor, o los de alguien más, en ese fragmento del relato y los había dejado ahí para que alguien en algún momento los descubriera. Y fui yo quien los encontró. Y me sentí avergonzada. Apenadísima. Como quien sorprende accidentalmente a una amiga a medio vestir.
Como dramaturga y aspirante a artista escénica, creo que este es el más alto goce, la aspiración más loca que un escritor (o cualquier artista) puede imaginar: que entre el "público" se encuentre (¡por fin!) alguien que entienda la obra de arte creada. Pero esto es también el peligro y el terror más íntimo. Cuando yo, lector, acaricio las hojas de los árboles en una novela de Poniatowska, cuando miro en los ojos grandes de las mujeres de Mastretta o escucho la poesía de la Sor Juana de Castellanos, me acerco íntima y peligrosamente al interior de todas ellas. Soy capaz de escuchar sus pensamientos (disculpen mi vanidad, son mis autoras favoritas). Las invado. Pero me autodisculpo por la invasión, porque creo también que es esto lo que busca todo el que se expresa con la palabra escrita: dejar parte de sí en las páginas, grabar los propios dedos en la hoja, sangrar al corazón en la tinta y esperar con fe que haya alguien, así sea sólo una persona, a quien podamos transmitirle nuestro sentir.
Todo aquel que se dedica al arte hace lo propio. El que canta intenta tocar tus recuerdos con su voz y que tú toques su vida coréandolo de vuelta. El pintor quiere quedarse a vivir en tus ojos y que lo lleves contigo a ver las cosas que verás tú. Yo, con lo que escribo y con las obras con que trabajo, intento gritarle al oído al espectador. Sacudir sus entrañas con lo que hago que digan los personajes. Encenderle un fuego en el alma con cada historia que cuento. A veces lo más que consigo es que escuchen un susurro, que sientan un mínimo estremecimiento o apenas un bochornito pequeño. Y con eso me basta, porque entonces me asusto y soy yo quien escucha el grito en mi propio oído, soy quien siente la sacudida y el ardor del fuego en el corazón al darme cuenta de que he dejado la puerta abierta. He permitido que algún espectador receptivo (si acaso) tenga la oportunidad de mirar dentro de mí de la misma forma en que yo creo ver dentro del alma de Elena, de Ángeles y Rosario. Ese es mi deseo más loco y aterrorizante. Es a la vez el más sublime.
He aquí la ilusión que me sostiene de pie mi teatrito del día a día. Que en medio del aplauso, alguien, sólo una persona entre el público, haya entendido lo que le quise decir. Peor aún. Que pueda entender por qué quise decir eso. Quizá él o ella se acercarán peligrosamente a mi interior. Escucharán mis pensamientos. Invadirán. Qué maravilla.
Una sola línea en medio de un relato. "...Eres sólo un árbol. Y me voy porque si me quedo, este cuchillo que ahora estoy enterrándote a ti entre la corteza, se lo habría encajado a él en la espalda. Pero tú eres sólo un árbol, sólo eso, un árbol...". Entonces tuve la certeza de que la autora había dejado al descubierto toda su rabia, su dolor, o los de alguien más, en ese fragmento del relato y los había dejado ahí para que alguien en algún momento los descubriera. Y fui yo quien los encontró. Y me sentí avergonzada. Apenadísima. Como quien sorprende accidentalmente a una amiga a medio vestir.
Como dramaturga y aspirante a artista escénica, creo que este es el más alto goce, la aspiración más loca que un escritor (o cualquier artista) puede imaginar: que entre el "público" se encuentre (¡por fin!) alguien que entienda la obra de arte creada. Pero esto es también el peligro y el terror más íntimo. Cuando yo, lector, acaricio las hojas de los árboles en una novela de Poniatowska, cuando miro en los ojos grandes de las mujeres de Mastretta o escucho la poesía de la Sor Juana de Castellanos, me acerco íntima y peligrosamente al interior de todas ellas. Soy capaz de escuchar sus pensamientos (disculpen mi vanidad, son mis autoras favoritas). Las invado. Pero me autodisculpo por la invasión, porque creo también que es esto lo que busca todo el que se expresa con la palabra escrita: dejar parte de sí en las páginas, grabar los propios dedos en la hoja, sangrar al corazón en la tinta y esperar con fe que haya alguien, así sea sólo una persona, a quien podamos transmitirle nuestro sentir.
Todo aquel que se dedica al arte hace lo propio. El que canta intenta tocar tus recuerdos con su voz y que tú toques su vida coréandolo de vuelta. El pintor quiere quedarse a vivir en tus ojos y que lo lleves contigo a ver las cosas que verás tú. Yo, con lo que escribo y con las obras con que trabajo, intento gritarle al oído al espectador. Sacudir sus entrañas con lo que hago que digan los personajes. Encenderle un fuego en el alma con cada historia que cuento. A veces lo más que consigo es que escuchen un susurro, que sientan un mínimo estremecimiento o apenas un bochornito pequeño. Y con eso me basta, porque entonces me asusto y soy yo quien escucha el grito en mi propio oído, soy quien siente la sacudida y el ardor del fuego en el corazón al darme cuenta de que he dejado la puerta abierta. He permitido que algún espectador receptivo (si acaso) tenga la oportunidad de mirar dentro de mí de la misma forma en que yo creo ver dentro del alma de Elena, de Ángeles y Rosario. Ese es mi deseo más loco y aterrorizante. Es a la vez el más sublime.
He aquí la ilusión que me sostiene de pie mi teatrito del día a día. Que en medio del aplauso, alguien, sólo una persona entre el público, haya entendido lo que le quise decir. Peor aún. Que pueda entender por qué quise decir eso. Quizá él o ella se acercarán peligrosamente a mi interior. Escucharán mis pensamientos. Invadirán. Qué maravilla.
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