sábado, 15 de diciembre de 2012

Mejor cantar

La noche me encuentra inventariando
los besos que allá te di,
el olor de lo que va quedando.
Tus motivos adelanto,
pero no te puedo asir.

Han pasado los días, entretanto
tú decidiste huir,
pero envuelta en memorias, aguanto.
Recuerdo, sonrío, me levanto.
Gracias por el compartir.

¿Y si en vez de llorar, sólo canto?
¿Y si me suelto a reír?
No hay mérito en soltar el llanto
que este feroz desencanto
pide que deje salir.

Yo prefiero agradecer bailando,
como bailé sobre ti,
de tu boca el sabor de amaranto,
de tus abrazos el manto:
Gracias, y feliz partir.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Árboles.


Los árboles de esta Alameda no se preguntan si tienen derecho a reverdecer en invierno, si combinan con el entorno, si estorban... No temen que los talen por la mañana, no les asusta la lluvia. Son altos, fuertes, deformes, esbeltos, ancestrales, siempre jóvenes, siempre nuevos. 
Estos árboles han estado aquí por siglos, y seguirán estando después de que mis bisnietos se hayan ido. Y sin hacerse preguntas absurdas, sin temer, sin dudar, dan sombra, cobijo y alimento a los pájaros que en ellos cantan. 
Por eso los abrazo con los ojos, me guardo sus hojas verdes en la mirada, sus raíces tercas en el alma, y les pido que me conviertan en uno de ellos, que me quiten la zozobra, impregnándome de bienestar para ser techo, salud y abundancia de aquellos que confían en mí, de mis pájaros personales.

jueves, 6 de diciembre de 2012

La piñata de la niña.



Así que le pidieron que pasara al centro del salón a romper la piñata (un amasijo de recortes coloridos, brillantinas tornasoles y florecitas fucsias), que después de haber sufrido silenciosa los golpes de todos los niños de la fiesta, todavía no cedía ni siquiera un poco, y que él, por ser el flamante responsable de haber traído al mundo a la festejada, debía ser capaz de hacer estallar en pedacitos, como todo buen papá. 
Le dieron el palo decorado con flequillos de papel crepé y mil moños rosas alrededor. Le vendaron los ojos. Los asistentes entonaron al unísono la canción usual para romper la piñata y entonces todo pasó. 
En un segundo estaba golpeando con todas sus fuerzas la caja de cartón de colores y en ella, al mismo tiempo, su juventud veloz; apaleaba las oportunidades postergadas, las camas furtivas en las que ya no se había acostado, su carrera universitaria atrasada, lo ridículo que se veía disfrazado de padre con un bigote ralo y un enorme saco plomizo que denotaba su condición de alquilado, su imprudencia y la de la madre de la niña, que después de una década de noviazgo sin contratiempos finalmente había perdido la cuenta de las menstruaciones y, con ellas, la paciencia y la sonrisa. 

La piñata acabó -por fin- hecha añicos.  Él vio caer la lluvia de caramelos sobre la cabeza de su hija, su sonrisa inmaculada buscando los premios en el suelo junto a los otros niños.  Entonces todo cobró un sentido real: esa niña era suya, lo sentía en sus huesos.  Todas las noches de incomodidad durante su gestación se convirtieron en un recuerdo chusco; los repentinos cambios de humor de su mujer, que hasta hacía un par de años estaba igual de asustada que él, de pronto le parecieron adorables; el frustrante trabajo mal pagado que había tenido que conseguir de urgencia cuando se enteró de que estaban embarazados, tuvo entonces un motivo divino: el cielo lo había señalado como el bendito depositario de un tesoro de luminosos ojos grises y rojas mejillas, y a partir de entonces sería para él un deber dichoso satisfacer a cabalidad toda necesidad, todo capricho de esa princesa vestida de tules y lentejuelas que se arremolinaba en el piso del salón guardando entre la falda tantos dulces como podía.

Aún caracterizado de hombre de familia, se secó el sudor de la frente y regresó despacio a la mesa desde la que su novia de toda la vida lo miraba, entre incrédula y aliviada de verlo así, convertido en papá. Él le guiñó un ojo cómplice, la tomó del sitio donde alguna vez antes del embarazo estuvo su cintura y la condujo hacia el área de juegos infantiles de esa sala de fiesta, donde la pequeña casa de muñecas les sirvió de escondite para una sesión de besos clandestinos como no habían tenido en mucho tiempo.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El hombre cuento.

Nació en Tacotalpa, Tabasco bajo un sol abrasador que le tostó la piel y le entibió los pensamientos desde que salió del vientre de su madre. Fue el último de los quince hijos que trajo al mundo un hombre de amar fervoroso y deslumbrante fertilidad. Apenas lo escuchó llorar su abuela paterna, se paró a bailar de alegría reconociendo así la llegada de un alma cargada de novedades, de aventuras y originalidad: "Por fin, alguien distinto en este pueblo de todos iguales". Y es que quien haya visitado alguna vez este lugar, podrá evocar con toda presteza que allí la repetición hace de las suyas. Todo, casas, colores y calles. Siempre paredes blancas, siempre techos, puertas, ventanas y barandales rojos. Siempre piedras en la vía, siempre árboles muy grandes.
Creció escuchando las canciones suaves que su madre, de otra parte del mundo, le tarareaba con una voz y un ritmo diferentes a los de la gente del lugar. Ella no hablaba con acento, ella hablaba con melodía. Nunca  entendió como era posible, pero hasta sus reprimendas más duras a él siempre le parecían dulcísimas. El pequeño bandido se portaba mal sólo por el gusto de escuchar los regaños de mamá, pero conforme fue creciendo, se le fueron agotando las travesuras, hasta el punto de no quedarle ni una por realizar. Entonces empezó a imaginar. 
Todos los días al volver de la escuela se sentaba a la mesa a esperar a que la señora de la voz bonita le sirviera de comer y mientras ambos saboreaban los guisos olorosos a pimienta gorda, a albahaca fresca, a aceites humeantes, él se inventaba una historia nueva. Su madre, acostumbrada a escuchar las hazañas y fechorías de todos sus hijos, al principio no le dio importancia, pero empezó a preocuparse conforme las aventuras relatadas fueron subiendo de tono. Un día el niño le contó que se había subido al árbol más alto que estaba del otro lado del río, y que había encontrado en el tronco a una serpiente del largo de diez cuadras. Al día siguiente, aseguró que del río que se partía en dos había salido un lagarto anciano que lo siguió desde la escuela, y el viernes de esa misma semana entró a la sala familiar, donde todos descansaban, gritando que había caído un rayo de sol sobre la casa del vecino, incendiándola. Sin embargo, nadie del pueblo ni de su familia pudo legar a a tiempo para ver jamás las pruebas de lo que el niño contaba. Todos cuantos lo conocían trataban de hacerle entender que lo que juraba haber visto simplemente no existía. 
Lo mandaron a revisar por el médico del pueblo, que sólo pudo asegurarles que el niño necesitaba que le prestaran menos atención y nada de televisión para detener las alucinaciones. En casa se tomaron las medidas recomendadas y el pequeño fue creciendo cada vez más centrado, menos inquieto, menos soñador. Creció hasta convertirse en un joven alto, fuerte, con gesto adusto y mirada de quien sabe o cree saber a dónde lo llevará la vida. Ya estaba a punto de irse del pueblo a buscar futuro y felicidad, cuando todo pasó.
Llegaron las otras personas: extranjeros ricos que vieron en el lugar una vida tranquila y una fortuna por amasar. Levantaron lujosas residencias cerca de la carretera, pintándolas de modo que resaltaran entre el blanco y el ladrillo del resto de las casas, compraron tantos terrenos como se los permitió la ignorancia de los lugareños y empezaron a deliberar sobre cuál sería la forma más veloz de vaciar los bolsillos de esa gente con baratijas e ilusiones. Ya casi abrían una tercera tienda de chucherías con letreros luminosos y comida sin sabor, cuando la tierra se defendió. El río perdió sus dos colores definidos (ése río que siempre había sido azul de una orilla y verde de la otra), mezclándose hasta volverse una corriente de agua lodosa. De sus arenas suaves salió un anciano con verde piel escamosa y una barba blanca que le cubría las piernas; del tronco del árbol más alto se desprendió un trozo de corteza que al caer se convirtió en la serpiente más larga de la que se haya tenido noticia. 
La gente muerta de susto se miraba sin hablar, preguntándose qué iba a ser de su pueblo: "Estas cosas no se veían desde el tiempo de mis trisabuelos, algo malo han de presagiar. Alguien tiene que ir a hablar con el anciano y su serpiente antes de que pase algo más. Antes de que caiga un rayo de sol y nos incendie las casas, por ejemplo". Como era de esperarse, el elegido para ir de vocero fue el niño de las alucinaciones que, siendo ahora un adulto sensato, no entendía cómo podría él comunicarse con esos seres que a decir de toda su familia, nunca existieron. Entre contrariado y feliz por probar su cordura, fue a ver a su madre, quien le pidió que tuviera cuidado y le hizo de comer para que tuviera fuerzas e historias para enfrentarse a las criaturas fantásticas que para entonces ya habían salido del lecho del río, acercándose a las casitas que parecían temblar apretujándose entre sus techos de teja roja.
Decidido, avanzó hacia el anciano-lagarto y, mirándolo a los ojos, lo saludó con amabilidad. El anciano entonces, tomó a la serpiente como báculo y señaló hacia la tierra que había sido ocupada por los estafadores advenedizos. "Mira tu tierra, hermosa tal cual es. Mírala perder sus colores puros, el barro y la cal, las piedras y la teja. Mírala contaminarse de plástico y humo, de basura y anuncios". De los ojos de la serpiente saltaron tres gotas de lodo, que así es como lloran las serpientes gigantes, y entonces el niño-hombre-farsante-cuentista entendió lo que debía hacer.
Armado con la comida de su madre, la originalidad con que lo bautizó su abuela, un elegante traje que había sido de su padre y un par de mentiras, se fue a ver a los extranjeros. Apenas llegó, empezó a despepitar un sinnúmero de leyes inexistentes que en conjunto prohibirían el establecimiento de negocios como los suyos, lo que desconcertó a los taimados comerciantes pero no los hizo partir de inmediato, como lo había planeado. Entonces hiló historias de aparecidos sobre esos terrenos, maldiciones milenarias y premoniciones de una inundación que acabaría con la fortuna y la descendencia que hasta ese momento hubieran podido acumular. Esto tampoco habría tenido efecto alguno sobre los persistentes extranjeros, de no haber tenido todos mujeres muy supersticiosas y fácilmente impresionables: se soltaron a llorar como plañideras, rogándoles que tuvieran piedad de sus pobres nervios, que ellas no querían morir aplastadas por un río bicolor, ni ser enterradas en un pueblo monocromático. Al día siguiente, presos de una migraña y un fastidio arrasador, cargaron con mujeres, hijos y mercancías, y se fueron.
Casi al momento, el viejo de las barbas y las escamas regresó al río, hundiéndose en el lodo hasta que lo reconvirtió en la aterciopelada corriente azul y verde de siempre. La serpiente también volvió a ser parte del árbol más alto de la ribera, no sin antes guiñar uno de sus ojitos al quinceavo hijo, que con su piel tostada y su imaginación alocada había salvado a esa tierra buena de las baratijas y la estafa, porque había sido capaz de usar su peor defecto como la mejor arma, y de ver (¿por primera vez, quizá?) que algo tenía de maravillosa la continuidad de los colores, el ritmo en el tamaño de las casas, la simetría de las ventanas...

Ya no quiso irse a buscar futuro a otro lugar. Encontró en sus historias una forma de ganarse la vida y se volvió el entretenimiento más apreciado del pueblo. Todas las tardes, cuando el sol ya no quemaba, sacaba un banquito de madera, lo paraba a media calle y sobre él comenzaba a contar todas las historias que se han contado en el mundo. La gente lo escuchaba como a las historias en el radio, pero con más atención. Personas de los pueblos cercanos visitaban el lugar sólo para formar parte de la fiesta que era escucharlo hablar. Fue así como se quedó a formar parte de ese pueblo siempre igual, dándole con su presencia y sus aventuras inventadas el sabor, la diferencia, que le faltaba,






lunes, 19 de noviembre de 2012

Mi estrella, la más grande.

23 de Febrero de 2012. Seis de la tarde. Asiento número siete de un ADO. Carretera México - Puebla. Tercer intento de ordenar la propia vida y liberar la existencia ajena. Lápiz del 2 1/2.
En una curva a la altura de Río Frío decido mover los ojos de la sosa película en la pantalla del autobús hacia los pinos que atardecen azules. Algo brilla sobre ellos y no es la Luna.
Es mi estrella: un punto gordo y luminoso que resalta entre el terciopelo índigo del cielo oscurecido.
Esa pequeña mancha plateada con brazos afilados es mía desde que nací. Me cuida entre las multitudes y los  lugares inseguros. Me acompaña en la duda, en la zozobra escandalosa, en la certeza silente, en la seguridad engañosa. A ella no le pido deseos (sería rebajarla a estrella fugaz y yo no quiero ofenderla con adjetivos de temporalidad), si no que le cuento mis objetivos, para que me ayude a prepararme para cuando los cumpla.
A veces la olvido un poco, pero siempre regreso a mirarla. Le hablo, la escucho, la leo, le escribo.

Querida estrella:

Entiendo ahora lo que significa "líbranos de todo mal", y aunque no me gusten tus métodos y nunca sepa claramente a dónde voy -me llevas-, no me importa ya, porque eres el espíritu guía: la cara de mi abue, el corazón de mi madre, los ojos de la vida, las sienes de los ancianos y la mano del buen Dios.
Ya no me urge aprehender el horizonte, empiezo a disfrutar el camino; cada vez que parto, me llevo dentro la tranquilidad de saber que si tú me guías, si te veo brillar sobre mi cabeza aunque esté perdida, voy en la dirección correcta.

Hormonas con goteras.

Revisando papeles encontré mi vieja agenda. En las hojas verdes correspondientes al mes de marzo del año pasado encontré una lista negativa salida de un berrinche doloroso. Recuerdo que la escribí durante una clase nublada en el tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras, con una lluvia tenue pero persistente que goteaba sobre las hojarasca del jardín interior, de la misma manera en que mis hormonas seguían intentando hacer goteras en mis ojos, sin éxito. Fue la primera vez en mi vida que logré controlar el llanto. Dice más o menos así.

No lloramos en público.
No lloramos por estupideces.
No lloramos en silencio.
No lloramos por imposibles.
No lloramos por contrariedades.
No lloramos mucho.
No lloramos poco.
No lloramos por la tarde.
No lloramos antes de la fiesta.
No lloramos por tristezas.
No lloramos desde Navidad.
No lloramos las saudades.
No lloramos por adelantado.
No lloramos por la leche derramada.
No lloramos a los muertos.
No lloramos en viernes.
No lloramos en equipo.
No lloramos para otros.
No lloramos igual.
No lloramos a gritos y patadas.
No lloramos a solas.

Al final lo logré. Nadie me vio llorar durante meses. Ni siquiera yo me vi llorar a mí misma.

No lloramos en absoluto.

lunes, 27 de agosto de 2012

Tradiciones polvorientas.


Como a eso de las 3:45 de la madrugada, Nicolás se decidió a recoger sus pasos.
La tradición era volver a pasar por cada lugar querido para despedirse, pero él lo que quería era salir disfrutando del mundo vivido una vez más para guardarlo en el corazón por siempre.
No es que fuera muy grande su mundo: para entonces apenas había en su pueblito istmeño unas cuantas personas; la mayoría de la gente había emigrado hacia la costa, para trabajar en las empacadoras de camarón, pero él se había quedado, y con él sus recuerdos, que encerraban en cuadra y media todo cuanto en vida le había parecido importante. 
Se bajó de la hamaca pisando un alacrán güero que quedó desparramado en el suelo de tierra. Se bañó con jícara y agua caliente, se puso la camisa blanca de los días de fiesta (arrugada, porque la mujer que le planchaba la vida se le había huído hace tiempo), sus huaraches nuevos, su sombrero de domingo, se persignó en frente de su Santito de confianza, prendió la veladora y salió a la calle deslumbrante con los primeros rayos de sol, que todo lo ponen de un color amarillento.
La primera casa por visitar era la de su compadre, un señor alto, fuerte, flojo y taimado, pero no del todo malo, que le hacía compañía de vez en cuando en las tardes de caguamas y dominó. Se paró en su puerta y esperó. "¿Y ora qué será mejor? ¿Me espero a que se levante, o me meto en su casa y lo espanto hasta los pelos?" se preguntaba. Su mamacita chula le había enseñado desde muy pequeño que la amabilidad era lo que distinguía a los hombres de los animales, y ya casi estaba decidido a mostrar sus modales, cuando se imaginó la cara de susto que pondría el compadre al enterarse de que su amigo de borrachera lo había ido a saludar apenas acabando de morirse. No pudo contenerse. Entró a la casa y saludó a su amigo, que recién levantado, aún no había recibido la noticia de la muerte del hombre ahí parado frente a él, agradeciéndole los buenos tragos, las carcajadas, los préstamos para cuando no le alcanzaba la quincena y las botanas de los viernes.
Dejando al amigo muy confundido y con tres bostezos atorados entre pecho y espalda, se encaminó hacia la casa de su hermana, que desde las cuatro de la mañana estaba despierta, bañada, peinada de trenza y listón, con la boca bien pintada, perfumada y con el champurrado listo para su marido y sus hijos, que salían pitando a trabajar en la labor. Ella apenas lo vió llegar, lo supo. Agarró la primera silla que encontró y se puso a llorar como una niña entendiendo con el corazón que el hermano que la había acompañado toda su vida se había muerto de veras. Nicolás no sabía qué hacer. "¡Maldito el don de esta mujer, que ve llegar la muerte un mes antes de que uno deje de jalar aire! ¡Me echó a perder la sorpresa!", pensaba. Todavía contrariado, se acercó a ella y viendo que no paraba de llorar, le habló de lo bonito que iba a ser esperarla cuando ella decidiera morirse también, que del otro lado estaba la madre de los dos y el hijo que se le había muerto a los tres meses de nacido, la abuela que les daba chocolates hechos por ella misma, y la Virgen que los miraba con ternura desde su nicho en la iglesia del parque. La convenció de que no valía la pena llorar. "Necesito que cuides a mis nietos, Juana"  le dijo, "si sus padres salieron la mitad de locos que yo, voy a necesitar que los cuides más".  Ella le dijo que sí, que los cuidaría como a los suyos, se secó las lágrimas, lo abrazó por quinta vez en su vida y se despidió de él.
Nicolás salió de la casa de su hermana y caminó hacia la casa de la esquina cuando el sol casi acababa de salir. Era la casa de su hijo mayor, y entró con cuidado para no despertar a nadie. El muchacho trabajaba hasta muy entrada la noche, además de cuidar él solo a sus dos hijos olvidados por una madre distraída, así que no quiso despertarlo. Se sentó en una silla cerca de la ventana y le habló despacio. "Yo ya me voy, y no te pude dejar herencia grande, ni nada que empeñar en una urgencia, pero te dejo el recuerdo de que tu padre te dio buen ejemplo. No te canses m'ijo, acuérdate de qué es lo que vale la pena: pararse todos los días para cumplir, para ser hombre. Enséñales a mis nietos que vale la pena ganarse cada tortilla que se traga uno. Descansa en la noche, y en la mañana carga tu cansancio, carga tu corazón, y párate a trabajar. No te fijes si traes las patas quebradas, que por los hijos siempre debe uno recoger los pedacitos". Cuando acabó, pasó por el cuarto de sus nietos, y los besó. Le dijo algo al oído a su nieta recién nacida; rosada, rechoncha y bonita como nada que él hubiera visto antes; y se fue.
Cruzó la calle hacia la tienda de su hijo menor, entró y se comió las galletas de azúcar que le gustaban; para que no hubiera duda de que había sido él quien había estado ahí, dejó la envoltura tirada en el piso como de costumbre. Después subió las escaleras de esa casa, la única de dos pisos que había en todo el pueblo, y se quedó parado en el descanso admirando la prosperidad con que la vida bendecía a su hijo. Acabó de subir, pero en lugar de hablar con el hijo, se fue directo al lado de la cama en el que dormía su nuera, le agarró la mano y empezó a agradecerle en silencio por cuidar de semejante cabroncito. "Perdóname m'ija, por no meterle sus chingadazos a tiempo, por no educarlo bien. Te salió mujeriego y parrandero, pero le enseñé a cumplirle a tus hijos, y no les falta nada, eso que me valga para no irme a los recochinos infiernos". Al salir besó a su hijo en la frente y le metió tamaño pellizco, que casi lo despierta.
Para acabar el paseo, agarró camino hacia la casa de Alicia.
Alicia la de siempre. 
Ella ya lo estaba esperando. Sentada en una piedra del solar, lo miró de arriba a abajo, chupó el cigarro que acababa de enceder y escupió en el piso. Nicolás por poco se va para atrás. Esa mujer le daba miedo, pero la quería tanto, que casi se meaba de la emoción de verla otra vez. Sin mucho aspaviento le dijo que la amaba, que le dejaba de recuerdo unas cuantas alhajas que eran de su madrecita santa, y que no la iba a perdonar nunca, así se le hincara, por no haberlo querido lo suficiente cuando estaba vivo. "Tanto que te quise, Alicia, tanto que te quise..." Ella por toda respuesta volvió a escupir, volvió a chupar el cigarro que echaba humo como un diablo, y le pidió que se dejara de tonteras, que ella nunca le había pedido perdón por nada, ni pensaba pedírselo. "Pero ni un poquito me quisiste, Alicia, ni por los hijos que ya traías y que yo crié, ni por los dos hijos que tuvimos, ni porque te fui fiel toda mi vida, chula, ni por que me partí el lomo todos los días para darte lo que querías, para que no volvieras a trabajar en la cantina..." Así acabó la despedida, porque ella, ofendida, se levantó, agarró la piedra en que se había sentado, y se la aventó a Nicolás con una furia que lo hizo tirar sus sombrero al piso y salir corriendo a la calle. La había hecho enojar con eso de que no lo había querido ni un poquito, siendo que ella lo había querido como nadie. Así lo despidió, porque era una mujer de las de antes: ruda, cabrona y con muy poca paciencia para las joterías esas de la gente y sus sentimientos.  
Nicolás terminó de recoger sus pasos como decía la tradición, y mientras se desvanecía en arena rojiza con el sol resplandeciente de las siete de la mañana,  sintió que le nacía una sonrisa desde el fondo de la panza. Era feliz. Había vivido como debe vivir un hombre de bien, había cumplido a cabalidad con cada persona que había pasado por su vida, se había emborrachado puntualmente cada viernes, había echado dos hijos al mundo y no le quedaba ningún pendiente más que el de no haber domado a su mujer, pero estaba seguro de que su Santito le iba a perdonar eso y más, y murió en paz.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Flores y vaivenes.



Salió de la cama de puntitas para no despertar al gato negro que dormía en el pasillo.  
Como todos los días, se lavó la cara con el agua de rosas que la mantenía con el mismo cutis de colegiala desde hacía varios años, se peinó de lado dejando libres los rizos descarados que la hacían sufrir un día sí y otro también, se acomodó el blusón que le dejaba descubiertos los hombros morenos, se tomó su indispensable jugo de naranja, repasó el orden y limpieza de las recámaras olorosas a ceiba y salió a cuidar de su querido jardín.
Todo igual que lo había hecho desde que llegó a vivir en esa casa con el hombre que ahora era su marido, mucho antes de que viniera al mundo su única hija. 
La rutina la hacía feliz: como ella misma explicaba a cuanto indiscreto se lo preguntase, había vivido tanto bamboleo increíble en su juventud que ahora disfrutaba de la paz cotidiana de una familia caótica pero estable. 
Nada en sus acciones de esa mañana la delató, hasta que puso uno de los discos prohibidos en el reproductor de la computadora; esos discos que permanecían al fondo del anaquel de la sala, llenándose de polvo y sin que nadie los escuchara, salvo por una ocasión en Año Nuevo, cuando alguien que vino de visita los encontró y se puso a cantar a voz en cuello las nostalgias de su juventud universitaria con "Lo mejor de Caifanes". 
La hija se despertó cuando ella terminaba de quitar los tréboles parásitos que crecían junto a sus azaleas, tarareando entre dientes. Cantando podó las hojas desgobernadas de los tulipanes rojos y regó las buganvilias. Para cuando empezó con el brutal asesinato de las orugas voraces que se comían sus anturios, ya la hija y el marido la observaban bailar como a una flama desde la terraza de esa casa vieja que habían reparado desde sus cimientos y que poco a poco habían ido reconstruyendo hasta convertirla en un hogar. 
Él no se atrevía a hablar: la miraba hipnotizado, como si no la hubiera visto desnuda mil veces; como si no saliera con ella del brazo cada domingo, maquilladísima y hermosa, el rostro tostado, la silueta envuelta en eternas faldas largas; como si no la conociera al derecho y al revés; y aún le parecía que nunca había estado tan guapa como esa mañana, sin gota de rímel y en su blusón de franela. 
"Esa negra linda me tiene loco..." cantaba ella dando vueltas entre las macetas de los helechos, y seguía bailando. "Mi negra linda, nunca me dejes..." danzaba y la hija abría los ojos con tanta sorpresa como le cabía a su preadolescencia. A su madre le gustaba bailar y bailaba como nadie, eso lo sabía, pero lo que ocurría en ese momento frente a sus ojos era otra cosa: tenía que ser algo más, porque ahora esa mujer rumbera flotaba quince centímetros sobre el pasto que parecía brillar de tan verde.
Apenas pudo recobrarse, le preguntó a su padre qué sucedía, pero él, sabiendo que nada tenía que ver con el arrebato de su señora ni con su vaivén de caderas, la mandó a dar de comer al gato que chillaba de hambre y se quedó esperando sobre el barandal. 
La madre no notó la presencia de su marido sino hasta casi el final de la canción, cuando tuvo que detenerse porque pasó rozando las tejas del segundo piso. Entonces le sonrió como si no hubiera subido siete metros flotando, le dio los buenos días como si no se conocieran desde hacía veinte años, peor aún, lo besó como si él no supiera que esas canciones y esa alegría pertenecían a un exnovio muy anterior a su matrimonio, y no esperó a que él le devolviera el beso, si no que lo siguió besando hasta que él empezó a flotar también. Así, con el jardín en flor como escenario, el marido se dejó besar ya sin el resquemor de los celos que segundos antes lo invadieron, e infinitamente agradecido con todos los dioses por dejarlo formar parte de la maravilla que era el ritual de paz y alegría con que esa mujer de fuego vivía a diario, porque sabía que ella, increíble, medio hechicera de parte de su abuela, medio loca de parte de su padre, minuciosa, de mirada chispeante y llena de ternura, era su esposa, y lo amaba porque así lo había decidido. 
Así lo pensó y se fue a desayunar tranquilo, con el gato negro, la hija, la mujer y el recuerdo inofensivo de un hombre que antes hizo feliz a quien ahora lo hacía inmensamente feliz a él.