Uno de esos días en los que la canción del aguacero sobre el río la hacía sentirse particularmente sola, tomó la decisión de esperarlo. Se sentía lista.
Empezó por abrir las ventanas de los ojos, para dejar entrar la luz hasta el último rincón de su cuerpo-casa. Luego, antes de empezar la limpieza, puso música en sus oídos para inspirarse. Entonces comenzó a sacudir: con estornudos, alergias y una nariz llorosa, se deshizo de los dolores pasados y del aserrín que habían ido dejando las experiencias previas.
Poco a poco fue sacando cajas y más cajas de miedos e inseguridades enmohecidas. De alguna esquina salió brincando una cucaracha gris con cara de baja autoestima, pero un pisotón certero acabó con su rastrera existencia.
Lavó y cepilló muy bien las paredes de sus pulmones, los pintó de turquesa y aire fresco. Los dejó listos para colgarles suspiros profundos.
Casi al final, recordó las telarañas que le quedaban en el vientre. Sin pensarlo, se hizo cosquillas despacio hasta que acabó con todas. Estaba lista. Se miró al espejo, todavía tenía muy pocos años a cuestas y muchos por venir. Volvió a mirarse y se dedicó una sonrisa cómplice.
Revisó su casa-cuerpo, que ahora, de tan limpia y ordenada, se veía mucho más amplia, y se sintió satisfecha. De verdad estaba lista ya.
Ahora podía esperarlo.
No tenía ni la más remota idea de quién carambolas sería él, pero estaba tan cierta de que debía prepararse para su llegada, como lo está la mañana de que el sol la va a alumbrar.
"Tengo que dejarte espacio", repetía, convencida de que ni en todo su corazón podría guardarse a alguien como el que venía.
Llegó.
Sí llegó.
Pero describir un encuentro semejante me tomaría semanas, así que este texto se queda aquí, con mi heroína preparada como un alpinista antes de comenzar el ascenso más escabroso de su vida.
Continuará (obviamente).
Lea sin compromiso y si le gusta, comparta con la persona de su preferencia o con cualquier desconocido, al fin son los desvaríos de una mujer sin orden.
miércoles, 29 de mayo de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
Conspiración y un novio.
La cabeza del Yoda en el librero vibró a la hora exacta en que debía hacerlo, anunciando, como todo buen despertador, que era momento de levantarse. Para el muchacho que permanecía hecho bola sobre la cama, fue sencillo desactivar la alarma porque él estaba despierto desde horas antes. Después de permanecer con el ojo pelón durante toda la noche, atendiendo a la tradición que lo obligó a irse de fiesta acompañado de amigos, mujeres y alcohol antes del "día final", esa mañana se había levantado más temprano de lo necesario gracias a un cosquilleo burbujeante que sentía subir desde la punta de su dedo chiquito hasta el último pelo detrás de sus orejas.
Tomó su cuaderno de dibujo del buró junto a la cama, lo hojeó con cuidado y recordó los meses pasados. Volvió a dejarlo, convencido de que sus trazos cada vez tenían más personalidad y mejor color.
Saltó de la cama y fue a caer directamente sobre las
pantuflas de garras monstruosas, decidido a aprovechar al máximo los últimos cinco minutos de toda su vida en los que estaría solo. Caminó hacia el escritorio, donde su laptop fiel lo esperaba mirándolo con nostalgia, pasó junto al librero sin poner atención a la multitud de personajes de lucha libre, que adornaban el rincón derecho del viejo mueble con posturas dignas de ser presumidas en cualquier cuadrilátero, y que ahora lo saludaban agitando en el aire sus manitas de plástico duro, en señal de júbilo; una vez frente a la máquina, le hizo un guiño a la chica de ojos dulces que aparecía junto a él en la foto al fondo de la pantalla, e inmediatamente después puso a cantar al buen Robert Smith.
pantuflas de garras monstruosas, decidido a aprovechar al máximo los últimos cinco minutos de toda su vida en los que estaría solo. Caminó hacia el escritorio, donde su laptop fiel lo esperaba mirándolo con nostalgia, pasó junto al librero sin poner atención a la multitud de personajes de lucha libre, que adornaban el rincón derecho del viejo mueble con posturas dignas de ser presumidas en cualquier cuadrilátero, y que ahora lo saludaban agitando en el aire sus manitas de plástico duro, en señal de júbilo; una vez frente a la máquina, le hizo un guiño a la chica de ojos dulces que aparecía junto a él en la foto al fondo de la pantalla, e inmediatamente después puso a cantar al buen Robert Smith.
Se miró al espejo antes de continuar, habían aparecido en su cara tres arrugas nuevas, como surcos rodeándole la boca. Al revisarse, notó que eran las marcas de la sonrisa permanente que se había instalado en él desde el día en que la conoció en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común: parada junto a una mesa llena de chicharrones, papas y cuanta basura comestible se pueda imaginar, ella parecía sufrir de un ataque de epilepsia, pero en realidad estaba bailando de forma muy extraña junto a un fulano con cara de susto que la miraba moverse sin ritmo, sensualidad ni vergüenza. Nunca supo bien por qué le gustó tanto esa chica, quizá algo encontró divertido en su anárquica forma de bailar (o tal vez en su blusa, con la máscara de Darth Vader al frente) porque se acercó para presentarse y, después de medio vaso de cerveza, se puso solidario y acabó igual que ella, agitando pies y brazos en un movimiento incontrolable al ritmo de Just like heaven.
Diez años después, ahí estaba él. Le habían dicho que sentiría como un agujero negro en el estómago, absorbiendo toda su energía y su libertad hacia otra dimensión, pero no era así; sentía la ansiedad mordiéndole la panza, sí, pero al mismo tiempo, una ráfaga de impaciencia le movía las piernas, instándolo a estar listo lo antes posible para no perderse ni un minuto de la felicidad completa que veía llegar.
No podía esperar a levantarse todos los días con la boca perfumada a ella, quería pasar cada uno de los inviernos venideros hecho bola en un sillón jugando videojuegos con ella, moría por hacer comida poco nutritiva (sándwiches de mermelada, crema de cacahuate y nutella) para mandársela de lonche a ella, e irse a trabajar cada mañana con un enorme beso, también de ella. Siempre, todos los días. Sólo de pensarlo sentía ganas de aventarse en paracaídas, volar en parapente, escalar una montaña, brincar de un tren en movimiento y hacerlo todo al mismo tiempo.
La canción terminó justo cuando él, aspirando a fondo una bocanada de aire fresco, se metió por fin al baño, dispuesto a lavarse bien todos sus rinconcitos. Apenas terminaba de enjabonarse las axilas, cuando escuchó un murmullo detrás de la puerta seguido de tres golpes ligeros. Sonaba como si alguien quisiera entrar, y recordando que su familia llegaría temprano para ayudarlo a arreglarse, preguntó quién era. Como respuesta escuchó una docena de voces agudas que exigían a gritos se les dejara pasar. Extrañadísimo, abrió la puerta y, casi al instante, se vio atacado por un ejército de figuras de acción, cómics de edición especial y una consola de juegos que blandía su cable amenazadora.
-Sabemos que planeas casarte hoy- dijo una figura de cabellera rojiza y ojos pizpiretos- mi Espada del Augurio me ha permitido verlo.
- ¡Hemos venido a dejar en claro quién manda! Y a ver qué van a dar de comer... - continuó la miniatura de Miguel Ángel, la tortuga ninja, que al parecer conservaba la personalidad y el apetito del original.
- Tranquilos todos - terció el luchador de la máscara azul y blanca para luego dirigirse a él: -No queremos asustarte, hijo, sólo nos bajamos de la repisa del librero para felicitarte por tu boda y para aclarar algunos puntos que nos preocupan.
- ¡Hemos venido a dejar en claro quién manda! Y a ver qué van a dar de comer... - continuó la miniatura de Miguel Ángel, la tortuga ninja, que al parecer conservaba la personalidad y el apetito del original.
- Tranquilos todos - terció el luchador de la máscara azul y blanca para luego dirigirse a él: -No queremos asustarte, hijo, sólo nos bajamos de la repisa del librero para felicitarte por tu boda y para aclarar algunos puntos que nos preocupan.
¡En la madre! ¡Leon-O, Blue Demon y las Tortugas Ninja se habían organizado en su contra (y con ellos el resto de los objetos en su librero, incluyendo unos cassettes viejísimos que escupían polvo e intentaban amarrarle pies y manos con su cinta), justamente el día de su boda! Ahora lo tenían amagado en el piso del baño. No sabía si gritar de pavor o dar brincos de alegría por ver cumplido el sueño de la infancia de ver a todos sus muñecos de plástico hablando con él y entre sí.
Poco a poco, el despertador con forma de Yoda y un pequeño ewok de peluche se fueron abriendo paso entre los insurrectos hasta llegar junto al oído del pobre muchacho que yacía en el piso a medio bañar. Le expusieron brevemente sus preocupaciones y demandas, las cuales versaban, principalmente, sobre el sitio que ocuparían ellos en el nuevo hogar de la pareja y el tiempo que se les dedicaría a la semana, pues habían oído decir a alguno de los amigos de su futura mujer que "durante la luna de miel, ni siquiera se acordaría de otra cosa".
-Algo más nuestra inquietud causa - dijo su despertador pausadamente-, tal vez reproducirte y perpetuar tu especie desees, y bien sabido es que los pequeños humanos todo lo que encuentran babear quieren.
-¡Sobre todo a los personajes que se ven más amigables! -gritó alguien entre la multitud.
Ante estas últimas palabras el ewok se estremeció asustado, pero el hombre tirado en el suelo tuvo una reacción distinta: de golpe, en su cabeza, se formó la imagen de un bebé con los mismos ojos risueños de la mujer con la que iba a casarse. Se imaginó viéndolo crecer, enseñándole cada uno de sus cómics favoritos. Cuando fuera un poco más grande ¡seguro que juntos jugarían a las luchas con los muñecos de Octagón y Máscara Sagrada! Qué raro, antes siempre le había dado pavor la sola idea de tener hijos, pero ahora podía incluso imaginar la cabecita de ese niño imaginario adornada con un peinado a lo mohicano y luciendo en su pecho la misma camisa que llevaba su madre cuando la conoció.
-¡Sobre todo a los personajes que se ven más amigables! -gritó alguien entre la multitud.
Ante estas últimas palabras el ewok se estremeció asustado, pero el hombre tirado en el suelo tuvo una reacción distinta: de golpe, en su cabeza, se formó la imagen de un bebé con los mismos ojos risueños de la mujer con la que iba a casarse. Se imaginó viéndolo crecer, enseñándole cada uno de sus cómics favoritos. Cuando fuera un poco más grande ¡seguro que juntos jugarían a las luchas con los muñecos de Octagón y Máscara Sagrada! Qué raro, antes siempre le había dado pavor la sola idea de tener hijos, pero ahora podía incluso imaginar la cabecita de ese niño imaginario adornada con un peinado a lo mohicano y luciendo en su pecho la misma camisa que llevaba su madre cuando la conoció.
Fue con este pensamiento que se despertó, tendido junto al lavabo, con un enorme chichón en la cabeza, justo en el momento en que sus parientes tocaban la puerta del baño, asustados por el golpe que habían oído cuando resbaló y cayó. Después de asegurarles mil veces que estaba bien, como pudo se levantó y terminó de bañarse. Al salir, después de vestirse y mirarse por octava vez en el espejo, pasó junto al librero y, chocando en el aire sus manos con las manitas de cada personaje, les aseguró que todo estaría bien, que a él no dejarían de importarle y que, probablemente, seguirían estando con él y su nueva familia durante muchos años más. Tal vez algunos de ellos, de los más amigables, tendría que sacrificar su cubierta de peluche y ser babeado por un pequeño, pero eso ya no se los dijo, apurado como estaba por llegar a tiempo al encuentro con el resto de su vida.
miércoles, 16 de enero de 2013
Sin título (aún).
A diferencia del resto de los niños de su cuadra, todos salidos del vientre de sus progenitoras, Luis nació de un pensamiento: luego de un arrebato literario en el que leyó veinte libros de un jalón, su madre lo dio a luz sin darse cuenta. Salió de detrás de un rizo castaño, junto a su oreja, y voló por la habitación como una paloma durante horas, hasta que cayó dormido entre dos blancas páginas en las que un señor llamado Antoine contaba la historia de un pequeño príncipe y un zorro que deseaba ser domesticado. Durante sus primeros meses de vida, sus padres tuvieron dificultades económicas -ya se sabe que alimentar a un niño así no podía ser tarea fácil, habían de comprar más de cinco libros al mes para poder leerle a diario- así que a su abuelo se le ocurrió una idea luminosa: una mañana, cuando el sol apenas regalaba unos pocos rayos albinos, sacó al recién nacido de la cuna y, con sumo cuidado, recortó algunos cabellos de su suave cabecita, para depositarlos cual semillas en la parcela familiar. De un día para otro, en el mismo sitio, crecieron tantos árboles como es posible imaginar, altos como casas y todos cargados de abundantes frutos, con cuya venta alcanzó para construir una biblioteca nueva y para que toda la familia viviera holgadamente por muchas generaciones. Pero no sólo su aparición en el mundo fue de fábula, también su niñez se convirtió en una historia digna de contarse; apenas tuvo edad suficiente para salir a jugar a la calle, Luis corrió a patear balones con tanta fuerza como alcanzaban sus pies veloces, ganando siempre los partidos gracias a las dos alas en su espalda -¿Ya mencioné que tenía alas? Pues así era: dos blancas y enormes alas- que lo ayudaban a cruzar la improvisada cancha con una rapidez que sus pequeños vecinos sólo podían soñar.
Cuando, demasiado cansados para seguir jugando, todos los niños iban a sentarse sobre las claras arenas del solar, él se paraba sobre una piedra alta y comenzaba una historia siempre nueva; lo mismo les contaba la travesía del audaz Profesor Otto Lidenbrock en el centro de la Tierra, que les compartía cada paso de las locas aventuras de un valiente ancianito, flacucho pero dueño de un gran sentido del honor, y de su fiel escudero Sancho, sazonándolo todo con detalles salidos de su propia imaginación. Cualquier día, al relatar una de las más famosas historias escritas por Dumas, se ponía en guardia y agitaba la mano derecha como sosteniendo una espada invisible, mirando a su público infantil con el gesto noble y decidido del mismísimo Conde de Montecristo (esto último asustaba un poco a los niños vecinos, pero se lo perdonaban rápidamente porque era muy divertido verlo elevarse algunos centímetros en los momentos en que su relato se volvía particularmente emocionante y porque era mucho más barato estar ahí escuchándolo que ir al cine a pagar por ver una historia que, al fin y al cabo, él contaba mejor).
Con el paso del tiempo, llegaron los primeros enamoramientos. Para sus amigos, era todo un espectáculo ver a Luis con la cabeza por las nubes. Literalmente: todos los días a las siete de la mañana pasaba frente a su casa una chica de ojos coquetos que lo hacía suspirar y suspirar elevándose hasta que poco a poco iba dejando esta tierra. Una vez subió tan alto que los vecinos salieron a despedirlo agitando entusiasmados sus pañuelos y las vecinas corrieron enfurruñadas a descolgar la ropa que acababan de lavar, temerosas de que tanto revoloteo fuera a desatar la furia de los nubarrones aperlados que se alzaban sobre sus techos. Cuando, horas después, los suspiros disminuyeron en intensidad, su padre tuvo que desatorarlo de entre una maraña de cables de teléfono y las ramas de un árbol de mango por cuyo encalado tronco tuvo que bajar, a falta de mejor escalera.
Así, entre libros y vuelos, fue pasando la vida.
Un día de tantos, habiéndose bebido ya toda la biblioteca familiar, Luis tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre: viviría su propia historia.
Se levantó muy temprano, tendió la cama con cuidado de dejar fuera una sábana limpia, envolvió en esa sábana un poco de ropa y sus tres libros más queridos, le hizo un nudo y se echó el envoltorio a la espalda. Pasó a la cocina por un vaso de leche fresca y luego fue a despedirse de su familia; les contó de las mil y un proezas de héroes fantásticos que vivían en los libros, de los amores increíbles entre personas de países exóticos que él no conocía, de todos los escenarios que construyó en su mente a través de lo que leía, y finalmente, de su deseo de correr aventuras nuevas, suyas absolutamente, para que después alguien escribiera un libro sobre ellas. Nada dijeron sus parientes. Acostumbrados como estaban al asombro que les causaba ese muchacho con cada una de sus acciones desde el primer instante de su existencia, se limitaron a recomendarle que se abrigara bien, que se acicalara a menudo y que tuviera cuidado con los cables de alta tensión.
Así, con una sonrisa franca y cientos de historias aún por inventar, Luis abrió sus alas suaves como el algodón ante la vida que lo invitaba a recorrerla como a las páginas de un libro nuevo. Yo tuve la suerte de conocerlo en una ocasión en que tocó tierra para descansar, pero ya habrá tiempo para contar esa historia después.
De las explosiones femeninas...
Viviendo el caos y la prisa familiar del día de hoy, caigo en la cuenta de lo difíciles que podemos ser las mujeres, así como del estrés al que sometemos a las personas que nos rodean y nos aprecian. ¡Pensar que un sencillo despunte de cabello nos puede trastocar el humor y la ternura!
De un momento a otro dejamos de ser las dulces cariátides de un hogar en paz para transformarnos en las divas enfurruñadas que clavan diez uñas en el volante mientras se pasan el semáforo en rojo. De las risas confidentes y relajadas en el desayuno pasamos a las recriminaciones (a veces infundadas, SÓLO A VECES) contra cualquier individuo desafortunado que se atraviese en el camino. Lo más duro es entender que este estallido transmutador puede ser detonado por la cosa más insignificante: que se nos rompa una uña, que nos ganen un lugar en el estacionamiento, que la cajera deje colarse a alguien en la fila... Pero antes de que se me acuse de traicionar a mi género, debo aclarar que las situaciones antes mencionadas son sólo la chispa que enciende una mecha que sería inofensiva si no fuéramos mujeres complejas y entregadas. ¿Por qué? Porque de no serlo, la uña rota no nos recordaría que hace tiempo que no visitamos el salón de belleza, porque el trabajo o la familia nos absorben; tampoco nos importaría perder el lugar en el estacionamiento y caminar, si no fuera porque andamos subidas en tacones de doce centímetros, mismos que usamos para alegrarles los ojos a esos seres que adoramos; de igual modo, la cajera corrupta sería irrelevante si no nos recordara que sentimos la obligación moral de dejar este mundo un poco mejor para los pequeños que vendrán, o que ya están aquí, tomados de nuestra mano y mirándonos como al mejor de los superhéroes. Así las cosas, guardo estas notas para mejor ocasión y me dispongo a escuchar a mi superheroína personal mientras se desahoga porque ya se le hizo tarde para ir por mi hermano a la escuela...
sábado, 15 de diciembre de 2012
Mejor cantar
La noche me encuentra inventariando
los besos que allá te di,
el olor de lo que va quedando.
Tus motivos adelanto,
pero no te puedo asir.
Han pasado los días, entretanto
tú decidiste huir,
pero envuelta en memorias, aguanto.
Recuerdo, sonrío, me levanto.
Gracias por el compartir.
¿Y si en vez de llorar, sólo canto?
¿Y si me suelto a reír?
No hay mérito en soltar el llanto
que este feroz desencanto
pide que deje salir.
Yo prefiero agradecer bailando,
como bailé sobre ti,
de tu boca el sabor de amaranto,
de tus abrazos el manto:
Gracias, y feliz partir.
los besos que allá te di,
el olor de lo que va quedando.
Tus motivos adelanto,
pero no te puedo asir.
Han pasado los días, entretanto
tú decidiste huir,
pero envuelta en memorias, aguanto.
Recuerdo, sonrío, me levanto.
Gracias por el compartir.
¿Y si en vez de llorar, sólo canto?
¿Y si me suelto a reír?
No hay mérito en soltar el llanto
que este feroz desencanto
pide que deje salir.
Yo prefiero agradecer bailando,
como bailé sobre ti,
de tu boca el sabor de amaranto,
de tus abrazos el manto:
Gracias, y feliz partir.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Árboles.
Los árboles de esta Alameda no se preguntan si tienen derecho a reverdecer en invierno, si combinan con el entorno, si estorban... No temen que los talen por la mañana, no les asusta la lluvia. Son altos, fuertes, deformes, esbeltos, ancestrales, siempre jóvenes, siempre nuevos.
Estos árboles han estado aquí por siglos, y seguirán estando después de que mis bisnietos se hayan ido. Y sin hacerse preguntas absurdas, sin temer, sin dudar, dan sombra, cobijo y alimento a los pájaros que en ellos cantan. Por eso los abrazo con los ojos, me guardo sus hojas verdes en la mirada, sus raíces tercas en el alma, y les pido que me conviertan en uno de ellos, que me quiten la zozobra, impregnándome de bienestar para ser techo, salud y abundancia de aquellos que confían en mí, de mis pájaros personales.
jueves, 6 de diciembre de 2012
La piñata de la niña.
Así que le pidieron que pasara al centro del salón a romper la piñata (un amasijo de recortes coloridos, brillantinas tornasoles y florecitas fucsias), que después de haber sufrido silenciosa los golpes de todos los niños de la fiesta, todavía no cedía ni siquiera un poco, y que él, por ser el flamante responsable de haber traído al mundo a la festejada, debía ser capaz de hacer estallar en pedacitos, como todo buen papá.
Le dieron el palo decorado con flequillos de papel crepé y mil moños rosas alrededor. Le vendaron los ojos. Los asistentes entonaron al unísono la canción usual para romper la piñata y entonces todo pasó.
En un segundo estaba golpeando con todas sus fuerzas la caja de cartón de colores y en ella, al mismo tiempo, su juventud veloz; apaleaba las oportunidades postergadas, las camas furtivas en las que ya no se había acostado, su carrera universitaria atrasada, lo ridículo que se veía disfrazado de padre con un bigote ralo y un enorme saco plomizo que denotaba su condición de alquilado, su imprudencia y la de la madre de la niña, que después de una década de noviazgo sin contratiempos finalmente había perdido la cuenta de las menstruaciones y, con ellas, la paciencia y la sonrisa.
La piñata acabó -por fin- hecha añicos. Él vio caer la lluvia de caramelos sobre la cabeza de su hija, su sonrisa inmaculada buscando los premios en el suelo junto a los otros niños. Entonces todo cobró un sentido real: esa niña era suya, lo sentía en sus huesos. Todas las noches de incomodidad durante su gestación se convirtieron en un recuerdo chusco; los repentinos cambios de humor de su mujer, que hasta hacía un par de años estaba igual de asustada que él, de pronto le parecieron adorables; el frustrante trabajo mal pagado que había tenido que conseguir de urgencia cuando se enteró de que estaban embarazados, tuvo entonces un motivo divino: el cielo lo había señalado como el bendito depositario de un tesoro de luminosos ojos grises y rojas mejillas, y a partir de entonces sería para él un deber dichoso satisfacer a cabalidad toda necesidad, todo capricho de esa princesa vestida de tules y lentejuelas que se arremolinaba en el piso del salón guardando entre la falda tantos dulces como podía.
Aún caracterizado de hombre de familia, se secó el sudor de la frente y regresó despacio a la mesa desde la que su novia de toda la vida lo miraba, entre incrédula y aliviada de verlo así, convertido en papá. Él le guiñó un ojo cómplice, la tomó del sitio donde alguna vez antes del embarazo estuvo su cintura y la condujo hacia el área de juegos infantiles de esa sala de fiesta, donde la pequeña casa de muñecas les sirvió de escondite para una sesión de besos clandestinos como no habían tenido en mucho tiempo.
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