miércoles, 16 de enero de 2013

De las explosiones femeninas...


Viviendo el caos y la prisa familiar del día de hoy, caigo en la cuenta de lo difíciles que podemos ser las mujeres, así como del estrés al que sometemos a las personas que nos rodean y nos aprecian. ¡Pensar que un sencillo despunte de cabello nos puede trastocar el humor y la ternura! 
De un momento a otro dejamos de ser las dulces cariátides de un hogar en paz para transformarnos en las divas enfurruñadas que clavan diez uñas en el volante mientras se pasan el semáforo en rojo. De las risas confidentes y relajadas en el desayuno pasamos a las recriminaciones (a veces infundadas, SÓLO A VECES) contra cualquier individuo desafortunado que se atraviese en el camino. 
Lo más duro es entender que este estallido transmutador puede ser detonado por la cosa más insignificante: que se nos rompa una uña, que nos ganen un lugar en el estacionamiento, que la cajera deje colarse a alguien en la fila... Pero antes de que se me acuse de traicionar a mi género, debo aclarar que las situaciones antes mencionadas son sólo la chispa que enciende una mecha que sería inofensiva si no fuéramos mujeres complejas y entregadas. ¿Por qué? Porque de no serlo, la uña rota no nos recordaría que hace tiempo que no visitamos el salón de belleza, porque el trabajo o la familia nos absorben; tampoco nos importaría perder el lugar en el estacionamiento y caminar, si no fuera porque andamos subidas en tacones de doce centímetros, mismos que usamos para alegrarles los ojos a esos seres que adoramos; de igual modo, la cajera corrupta sería irrelevante si no nos recordara que sentimos la obligación moral de dejar este mundo un poco mejor para los pequeños que vendrán, o que ya están aquí, tomados de nuestra mano y mirándonos como al mejor de los superhéroes.
Así las cosas, guardo estas notas para mejor ocasión y me dispongo a escuchar a mi superheroína personal mientras se desahoga porque ya se le hizo tarde para ir por mi hermano a la escuela... 

sábado, 15 de diciembre de 2012

Mejor cantar

La noche me encuentra inventariando
los besos que allá te di,
el olor de lo que va quedando.
Tus motivos adelanto,
pero no te puedo asir.

Han pasado los días, entretanto
tú decidiste huir,
pero envuelta en memorias, aguanto.
Recuerdo, sonrío, me levanto.
Gracias por el compartir.

¿Y si en vez de llorar, sólo canto?
¿Y si me suelto a reír?
No hay mérito en soltar el llanto
que este feroz desencanto
pide que deje salir.

Yo prefiero agradecer bailando,
como bailé sobre ti,
de tu boca el sabor de amaranto,
de tus abrazos el manto:
Gracias, y feliz partir.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Árboles.


Los árboles de esta Alameda no se preguntan si tienen derecho a reverdecer en invierno, si combinan con el entorno, si estorban... No temen que los talen por la mañana, no les asusta la lluvia. Son altos, fuertes, deformes, esbeltos, ancestrales, siempre jóvenes, siempre nuevos. 
Estos árboles han estado aquí por siglos, y seguirán estando después de que mis bisnietos se hayan ido. Y sin hacerse preguntas absurdas, sin temer, sin dudar, dan sombra, cobijo y alimento a los pájaros que en ellos cantan. 
Por eso los abrazo con los ojos, me guardo sus hojas verdes en la mirada, sus raíces tercas en el alma, y les pido que me conviertan en uno de ellos, que me quiten la zozobra, impregnándome de bienestar para ser techo, salud y abundancia de aquellos que confían en mí, de mis pájaros personales.

jueves, 6 de diciembre de 2012

La piñata de la niña.



Así que le pidieron que pasara al centro del salón a romper la piñata (un amasijo de recortes coloridos, brillantinas tornasoles y florecitas fucsias), que después de haber sufrido silenciosa los golpes de todos los niños de la fiesta, todavía no cedía ni siquiera un poco, y que él, por ser el flamante responsable de haber traído al mundo a la festejada, debía ser capaz de hacer estallar en pedacitos, como todo buen papá. 
Le dieron el palo decorado con flequillos de papel crepé y mil moños rosas alrededor. Le vendaron los ojos. Los asistentes entonaron al unísono la canción usual para romper la piñata y entonces todo pasó. 
En un segundo estaba golpeando con todas sus fuerzas la caja de cartón de colores y en ella, al mismo tiempo, su juventud veloz; apaleaba las oportunidades postergadas, las camas furtivas en las que ya no se había acostado, su carrera universitaria atrasada, lo ridículo que se veía disfrazado de padre con un bigote ralo y un enorme saco plomizo que denotaba su condición de alquilado, su imprudencia y la de la madre de la niña, que después de una década de noviazgo sin contratiempos finalmente había perdido la cuenta de las menstruaciones y, con ellas, la paciencia y la sonrisa. 

La piñata acabó -por fin- hecha añicos.  Él vio caer la lluvia de caramelos sobre la cabeza de su hija, su sonrisa inmaculada buscando los premios en el suelo junto a los otros niños.  Entonces todo cobró un sentido real: esa niña era suya, lo sentía en sus huesos.  Todas las noches de incomodidad durante su gestación se convirtieron en un recuerdo chusco; los repentinos cambios de humor de su mujer, que hasta hacía un par de años estaba igual de asustada que él, de pronto le parecieron adorables; el frustrante trabajo mal pagado que había tenido que conseguir de urgencia cuando se enteró de que estaban embarazados, tuvo entonces un motivo divino: el cielo lo había señalado como el bendito depositario de un tesoro de luminosos ojos grises y rojas mejillas, y a partir de entonces sería para él un deber dichoso satisfacer a cabalidad toda necesidad, todo capricho de esa princesa vestida de tules y lentejuelas que se arremolinaba en el piso del salón guardando entre la falda tantos dulces como podía.

Aún caracterizado de hombre de familia, se secó el sudor de la frente y regresó despacio a la mesa desde la que su novia de toda la vida lo miraba, entre incrédula y aliviada de verlo así, convertido en papá. Él le guiñó un ojo cómplice, la tomó del sitio donde alguna vez antes del embarazo estuvo su cintura y la condujo hacia el área de juegos infantiles de esa sala de fiesta, donde la pequeña casa de muñecas les sirvió de escondite para una sesión de besos clandestinos como no habían tenido en mucho tiempo.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El hombre cuento.

Nació en Tacotalpa, Tabasco bajo un sol abrasador que le tostó la piel y le entibió los pensamientos desde que salió del vientre de su madre. Fue el último de los quince hijos que trajo al mundo un hombre de amar fervoroso y deslumbrante fertilidad. Apenas lo escuchó llorar su abuela paterna, se paró a bailar de alegría reconociendo así la llegada de un alma cargada de novedades, de aventuras y originalidad: "Por fin, alguien distinto en este pueblo de todos iguales". Y es que quien haya visitado alguna vez este lugar, podrá evocar con toda presteza que allí la repetición hace de las suyas. Todo, casas, colores y calles. Siempre paredes blancas, siempre techos, puertas, ventanas y barandales rojos. Siempre piedras en la vía, siempre árboles muy grandes.
Creció escuchando las canciones suaves que su madre, de otra parte del mundo, le tarareaba con una voz y un ritmo diferentes a los de la gente del lugar. Ella no hablaba con acento, ella hablaba con melodía. Nunca  entendió como era posible, pero hasta sus reprimendas más duras a él siempre le parecían dulcísimas. El pequeño bandido se portaba mal sólo por el gusto de escuchar los regaños de mamá, pero conforme fue creciendo, se le fueron agotando las travesuras, hasta el punto de no quedarle ni una por realizar. Entonces empezó a imaginar. 
Todos los días al volver de la escuela se sentaba a la mesa a esperar a que la señora de la voz bonita le sirviera de comer y mientras ambos saboreaban los guisos olorosos a pimienta gorda, a albahaca fresca, a aceites humeantes, él se inventaba una historia nueva. Su madre, acostumbrada a escuchar las hazañas y fechorías de todos sus hijos, al principio no le dio importancia, pero empezó a preocuparse conforme las aventuras relatadas fueron subiendo de tono. Un día el niño le contó que se había subido al árbol más alto que estaba del otro lado del río, y que había encontrado en el tronco a una serpiente del largo de diez cuadras. Al día siguiente, aseguró que del río que se partía en dos había salido un lagarto anciano que lo siguió desde la escuela, y el viernes de esa misma semana entró a la sala familiar, donde todos descansaban, gritando que había caído un rayo de sol sobre la casa del vecino, incendiándola. Sin embargo, nadie del pueblo ni de su familia pudo legar a a tiempo para ver jamás las pruebas de lo que el niño contaba. Todos cuantos lo conocían trataban de hacerle entender que lo que juraba haber visto simplemente no existía. 
Lo mandaron a revisar por el médico del pueblo, que sólo pudo asegurarles que el niño necesitaba que le prestaran menos atención y nada de televisión para detener las alucinaciones. En casa se tomaron las medidas recomendadas y el pequeño fue creciendo cada vez más centrado, menos inquieto, menos soñador. Creció hasta convertirse en un joven alto, fuerte, con gesto adusto y mirada de quien sabe o cree saber a dónde lo llevará la vida. Ya estaba a punto de irse del pueblo a buscar futuro y felicidad, cuando todo pasó.
Llegaron las otras personas: extranjeros ricos que vieron en el lugar una vida tranquila y una fortuna por amasar. Levantaron lujosas residencias cerca de la carretera, pintándolas de modo que resaltaran entre el blanco y el ladrillo del resto de las casas, compraron tantos terrenos como se los permitió la ignorancia de los lugareños y empezaron a deliberar sobre cuál sería la forma más veloz de vaciar los bolsillos de esa gente con baratijas e ilusiones. Ya casi abrían una tercera tienda de chucherías con letreros luminosos y comida sin sabor, cuando la tierra se defendió. El río perdió sus dos colores definidos (ése río que siempre había sido azul de una orilla y verde de la otra), mezclándose hasta volverse una corriente de agua lodosa. De sus arenas suaves salió un anciano con verde piel escamosa y una barba blanca que le cubría las piernas; del tronco del árbol más alto se desprendió un trozo de corteza que al caer se convirtió en la serpiente más larga de la que se haya tenido noticia. 
La gente muerta de susto se miraba sin hablar, preguntándose qué iba a ser de su pueblo: "Estas cosas no se veían desde el tiempo de mis trisabuelos, algo malo han de presagiar. Alguien tiene que ir a hablar con el anciano y su serpiente antes de que pase algo más. Antes de que caiga un rayo de sol y nos incendie las casas, por ejemplo". Como era de esperarse, el elegido para ir de vocero fue el niño de las alucinaciones que, siendo ahora un adulto sensato, no entendía cómo podría él comunicarse con esos seres que a decir de toda su familia, nunca existieron. Entre contrariado y feliz por probar su cordura, fue a ver a su madre, quien le pidió que tuviera cuidado y le hizo de comer para que tuviera fuerzas e historias para enfrentarse a las criaturas fantásticas que para entonces ya habían salido del lecho del río, acercándose a las casitas que parecían temblar apretujándose entre sus techos de teja roja.
Decidido, avanzó hacia el anciano-lagarto y, mirándolo a los ojos, lo saludó con amabilidad. El anciano entonces, tomó a la serpiente como báculo y señaló hacia la tierra que había sido ocupada por los estafadores advenedizos. "Mira tu tierra, hermosa tal cual es. Mírala perder sus colores puros, el barro y la cal, las piedras y la teja. Mírala contaminarse de plástico y humo, de basura y anuncios". De los ojos de la serpiente saltaron tres gotas de lodo, que así es como lloran las serpientes gigantes, y entonces el niño-hombre-farsante-cuentista entendió lo que debía hacer.
Armado con la comida de su madre, la originalidad con que lo bautizó su abuela, un elegante traje que había sido de su padre y un par de mentiras, se fue a ver a los extranjeros. Apenas llegó, empezó a despepitar un sinnúmero de leyes inexistentes que en conjunto prohibirían el establecimiento de negocios como los suyos, lo que desconcertó a los taimados comerciantes pero no los hizo partir de inmediato, como lo había planeado. Entonces hiló historias de aparecidos sobre esos terrenos, maldiciones milenarias y premoniciones de una inundación que acabaría con la fortuna y la descendencia que hasta ese momento hubieran podido acumular. Esto tampoco habría tenido efecto alguno sobre los persistentes extranjeros, de no haber tenido todos mujeres muy supersticiosas y fácilmente impresionables: se soltaron a llorar como plañideras, rogándoles que tuvieran piedad de sus pobres nervios, que ellas no querían morir aplastadas por un río bicolor, ni ser enterradas en un pueblo monocromático. Al día siguiente, presos de una migraña y un fastidio arrasador, cargaron con mujeres, hijos y mercancías, y se fueron.
Casi al momento, el viejo de las barbas y las escamas regresó al río, hundiéndose en el lodo hasta que lo reconvirtió en la aterciopelada corriente azul y verde de siempre. La serpiente también volvió a ser parte del árbol más alto de la ribera, no sin antes guiñar uno de sus ojitos al quinceavo hijo, que con su piel tostada y su imaginación alocada había salvado a esa tierra buena de las baratijas y la estafa, porque había sido capaz de usar su peor defecto como la mejor arma, y de ver (¿por primera vez, quizá?) que algo tenía de maravillosa la continuidad de los colores, el ritmo en el tamaño de las casas, la simetría de las ventanas...

Ya no quiso irse a buscar futuro a otro lugar. Encontró en sus historias una forma de ganarse la vida y se volvió el entretenimiento más apreciado del pueblo. Todas las tardes, cuando el sol ya no quemaba, sacaba un banquito de madera, lo paraba a media calle y sobre él comenzaba a contar todas las historias que se han contado en el mundo. La gente lo escuchaba como a las historias en el radio, pero con más atención. Personas de los pueblos cercanos visitaban el lugar sólo para formar parte de la fiesta que era escucharlo hablar. Fue así como se quedó a formar parte de ese pueblo siempre igual, dándole con su presencia y sus aventuras inventadas el sabor, la diferencia, que le faltaba,






lunes, 19 de noviembre de 2012

Mi estrella, la más grande.

23 de Febrero de 2012. Seis de la tarde. Asiento número siete de un ADO. Carretera México - Puebla. Tercer intento de ordenar la propia vida y liberar la existencia ajena. Lápiz del 2 1/2.
En una curva a la altura de Río Frío decido mover los ojos de la sosa película en la pantalla del autobús hacia los pinos que atardecen azules. Algo brilla sobre ellos y no es la Luna.
Es mi estrella: un punto gordo y luminoso que resalta entre el terciopelo índigo del cielo oscurecido.
Esa pequeña mancha plateada con brazos afilados es mía desde que nací. Me cuida entre las multitudes y los  lugares inseguros. Me acompaña en la duda, en la zozobra escandalosa, en la certeza silente, en la seguridad engañosa. A ella no le pido deseos (sería rebajarla a estrella fugaz y yo no quiero ofenderla con adjetivos de temporalidad), si no que le cuento mis objetivos, para que me ayude a prepararme para cuando los cumpla.
A veces la olvido un poco, pero siempre regreso a mirarla. Le hablo, la escucho, la leo, le escribo.

Querida estrella:

Entiendo ahora lo que significa "líbranos de todo mal", y aunque no me gusten tus métodos y nunca sepa claramente a dónde voy -me llevas-, no me importa ya, porque eres el espíritu guía: la cara de mi abue, el corazón de mi madre, los ojos de la vida, las sienes de los ancianos y la mano del buen Dios.
Ya no me urge aprehender el horizonte, empiezo a disfrutar el camino; cada vez que parto, me llevo dentro la tranquilidad de saber que si tú me guías, si te veo brillar sobre mi cabeza aunque esté perdida, voy en la dirección correcta.

Hormonas con goteras.

Revisando papeles encontré mi vieja agenda. En las hojas verdes correspondientes al mes de marzo del año pasado encontré una lista negativa salida de un berrinche doloroso. Recuerdo que la escribí durante una clase nublada en el tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras, con una lluvia tenue pero persistente que goteaba sobre las hojarasca del jardín interior, de la misma manera en que mis hormonas seguían intentando hacer goteras en mis ojos, sin éxito. Fue la primera vez en mi vida que logré controlar el llanto. Dice más o menos así.

No lloramos en público.
No lloramos por estupideces.
No lloramos en silencio.
No lloramos por imposibles.
No lloramos por contrariedades.
No lloramos mucho.
No lloramos poco.
No lloramos por la tarde.
No lloramos antes de la fiesta.
No lloramos por tristezas.
No lloramos desde Navidad.
No lloramos las saudades.
No lloramos por adelantado.
No lloramos por la leche derramada.
No lloramos a los muertos.
No lloramos en viernes.
No lloramos en equipo.
No lloramos para otros.
No lloramos igual.
No lloramos a gritos y patadas.
No lloramos a solas.

Al final lo logré. Nadie me vio llorar durante meses. Ni siquiera yo me vi llorar a mí misma.

No lloramos en absoluto.